El olor a azahar y a incienso llenaba la iglesia, pero para mí, olía a muerte.
El vestido de novia, blanco y pesado, se sentía como una mortaja.
Hoy era el día de mi boda.
Iba a casarme con Javier, el hombre al que amaba desde que éramos niños. El torero más famoso de Andalucía. El padre del hijo que crecía dentro de mí.
Pero Javier no llegó.
En su lugar, llegó la Guardia Civil.
Un accidente de coche, dijeron. Una curva traicionera cerca de la finca. Muerte instantánea.
Mi mundo se hizo añicos. El suelo se abrió bajo mis pies y caí en un abismo de silencio y frío.
Los días que siguieron fueron un borrón. Me convertí en una viuda antes de ser esposa. Mi hijo, en un póstumo antes de nacer.
Entonces, apareció "Marcos".
El hermano gemelo de Javier, el que supuestamente llevaba años en México, manejando los negocios de la familia.
Nadie me había hablado mucho de él, solo que eran idénticos.
Y lo eran. La misma cara, la misma voz, los mismos ojos oscuros que me miraban con una pena que parecía demasiado perfecta.
"Ana, lo siento tanto" , me dijo, su mano rozando mi hombro. "Estoy aquí para todo. Para ti y para el niño" .
Su presencia era un consuelo extraño y doloroso. Era como tener un fantasma de Javier a mi lado, un recordatorio constante de lo que había perdido.
Mi suegra, Doña Isabel, una mujer dura como el acero, no se separaba de él.
"Gracias a Dios que has vuelto, Marcos" , le decía. "Sin ti, no sé qué haríamos" .
Yo solo asentía, perdida en mi dolor, demasiado débil para cuestionar el asombroso parecido, la repentina aparición de un hermano del que apenas había oído hablar.
Me dejé cuidar, aceptando la comida que me daban, las palabras de consuelo, la presencia constante de "Marcos" en la casa.
Era mi ancla en medio de la tormenta, o eso creía yo.





