El teléfono sonó una y otra vez, pero nadie contestó.
Miré la pantalla, era el número de mi tía en Madrid. Siempre me decía que me fuera de Buenos Aires, que empezara una nueva vida con ella.
Quizás tenía razón.
Colgué la llamada y me quedé mirando la pared blanca de la clínica en Mendoza. Llevaba dos meses aquí, recuperándome. Dos meses desde que le di una parte de mi pulmón a un desconocido para salvar el negocio de mi novio, Máximo Lawrence.
Mi capacidad para bailar tango, mi vida entera, se había reducido permanentemente. Pero valía la pena, me repetía. Lo hice por amor, por la familia que Máximo y su hermana, mi mejor amiga Valeria, representaban para mí.
La puerta de la habitación se abrió y entró mi tía, con los ojos llenos de preocupación.
"Sofía, cariño, ¿cómo te sientes hoy?"
"Bien, tía. Ya casi estoy lista para volver."
Ella suspiró, sentándose a mi lado. "Hablé con Máximo. Dice que en cuanto te den el alta, organizará una gran fiesta de bienvenida. Y Valeria no para de hablar de ir de compras contigo, dice que te mereces el mundo entero después de lo que hiciste por ellos."
Asentí, forzando una sonrisa. Por fuera, todo parecía perfecto. Una novia devota, un novio agradecido, una amiga leal.
Pero la realidad era otra.
La puerta se abrió de nuevo. Era Máximo, con su sonrisa carismática y su traje impecable. Detrás de él, Valeria, radiante.
"Mi amor, mi heroína," dijo Máximo, acercándose para besarme. Su beso se sintió frío.
"Te hemos echado tanto de menos," añadió Valeria, abrazándome con fuerza. Su abrazo se sintió falso.
Mi mente retrocedió a ese día, hace dos meses, justo antes de la cirugía.
Estábamos en el apartamento de Máximo. Él caminaba de un lado a otro, con el rostro pálido y angustiado.
"No sé qué hacer, Sofía. El negocio de mis padres, todo por lo que trabajaron, se va a la quiebra. Necesitamos doscientos mil dólares, o lo perderemos todo."
Me abrazó, su cuerpo temblaba. "Es nuestro legado, nuestro futuro."
Me rompió el corazón verlo así.
Más tarde, Valeria vino a mi casa, con los ojos rojos de llorar.
"Sofía, hay una oportunidad," dijo con voz temblorosa. "Una clínica en Mendoza, un programa experimental. Buscan donantes de pulmón sanos para un trasplante parcial. Pagan doscientos mil dólares."
Me quedé helada. "¿Un pulmón? Valeria, soy bailarina. Necesito mi capacidad pulmonar."
"Lo sé, lo sé," sollozó, agarrando mis manos. "Pero es anónimo. Nadie sabrá quién eres. Y es por Máximo, por nuestra familia. Eres la única que puede salvarnos. Por favor, Sofía."
Me miró con esos ojos que conocía desde que éramos niñas. La hermana que nunca tuve. Máximo, el hombre que amaba. Eran mi única familia desde que mis padres murieron.
"Lo haré," dije, con la voz apenas audible. "Lo haré por ustedes."
El recuerdo se desvaneció, pero el dolor seguía ahí. Un dolor que no era de la cicatriz.
Era el dolor de la verdad.
La verdad que descubrí por accidente, una tarde, mientras paseaba por los jardines de la clínica para tomar aire fresco.
Escuché voces familiares. Eran Máximo y su asistente.
"La transferencia de los doscientos mil dólares a la cuenta de Sofía se hizo desde la cuenta offshore, como ordenó. No hay rastro," dijo el asistente.
Mi corazón se detuvo. ¿Transferencia? ¿Desde una cuenta offshore?
Máximo respondió con una frialdad que me heló la sangre. "Perfecto. Asegúrate de que la clínica le dé el mejor tratamiento. No podemos permitirnos un escándalo."
A su lado, Valeria se miraba en un pequeño espejo, ajustándose un collar de esmeraldas que yo nunca le había visto.
"Este aire de Mendoza es tan seco, me arruina la piel," se quejó.
El asistente sonrió. "No se preocupe, señorita Salazar. La clínica es de su propiedad. Todo el personal es de confianza. No habrá ninguna filtración."
La clínica... era de ellos.
La quiebra... una mentira.
Todo. Todo había sido un montaje.
Me usaron. Me engañaron para que mutilara mi cuerpo, para que arruinara mi carrera.
Y la beneficiaria anónima de mi pulmón... de repente, tuve un presentimiento terrible.





