El Postre Más Dulce: Vivir Libre

Miro el billete de tren en mi mano. Sevilla-Santa Justa. Siento un frío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado del vagón. Es el frío de la muerte.

En mi vida anterior, este viaje fue el principio del fin.

Mi madre, Carmen, me sonríe desde el asiento de enfrente. Su sonrisa es la de una mártir, la que siempre usa cuando está a punto de arruinarme la vida por mi "propio bien".

"Qué ilusionada estoy, hija. Ver las procesiones contigo, como cuando eras pequeña."

"Sí, mamá," respondo, con la voz plana.

Mi padre, Ricardo, ajusta su corbata, aunque vamos de vacaciones. Su única preocupación es la imagen que proyectamos. El "qué dirán" es su dios y mi madre su profeta.

"Sofía, compórtate. Tu madre ha hecho un gran esfuerzo para organizar esto," me ordena, sin mirarme.

El esfuerzo. Su esfuerzo siempre me cuesta caro.

En esa otra vida, durante este mismo viaje, mi madre robó una pequeña figura de plata de un paso de Semana Santa. Una "bendición", dijo ella. La escondió en mi bolso. Me acusaron de ladrona. Las redes sociales me destrozaron. Perdí mi trabajo como chef de repostería en el hotel de cinco estrellas que tanto me había costado conseguir.

Luego, cuando intentaba empezar de nuevo, contaminó mi análisis de sangre con el suyo. Me diagnosticaron una enfermedad crónica que no tenía. Perdí otra oportunidad.

Finalmente, hundida en la depresión, me obligó a ir a la Feria de Abril para "socializar". Allí, en medio del ruido y los farolillos, un grupo de hombres me agredió. Nadie me ayudó. Morí en un callejón sucio, oliendo a vino derramado y a caballos.

Pero ahora he vuelto. He renacido justo al inicio de este viaje. Y esta vez, el infierno no será para mí.

Observo mi bolso, un modelo sencillo y negro. Mi padre tiene uno idéntico, donde guarda sus gafas y su periódico. Están uno al lado del otro en el portaequipajes.

El plan es simple. Devastador. Y justo.

"Papá, ¿me pasas una botella de agua del bolso, por favor?" pido con una dulzura que ya no siento. "El mío está debajo."

Mi padre, molesto por la interrupción, se levanta y agarra el primer bolso negro que ve. El suyo. Me da el agua. Pero no vuelve a colocar el bolso en su sitio. Lo deja en el asiento vacío a su lado.

Perfecto.

El tren llega a Sevilla. El aire es denso, huele a incienso y a azahar. El olor de mi propia tumba. Pero esta vez, no voy a ser yo quien caiga en ella.

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