En el hospital, el diagnóstico fue claro, fractura complicada del cúbito y radio, una herida profunda cerca del ojo que requeriría suturas delicadas.
La cicatriz sería permanente.
Mi madre lloraba en silencio a mi lado mientras el médico explicaba.
Ricardo esperaba afuera, impaciente.
Cuando el médico se fue, Elena tomó mi mano sana.
"Hija, ¿por qué? ¿Por qué tanta mala suerte?"
No podía decirle la verdad, no todavía.
"Fue un accidente, mamá."
Ella suspiró, agotada.
Ricardo entró, su rostro era una máscara de irritación.
"Bueno, esto complica las cosas. Isabela no estará contenta con una niña accidentada."
Sus palabras eran crueles, directas.
No esperaba menos de él.
"Supongo que te quedarás con tu madre entonces. Yo me llevaré a Valeria a Monterrey. Ella sí sabrá aprovechar las oportunidades."
"Es lo mejor, Ricardo," dijo Elena con una dignidad sorprendente.
Él ni siquiera se despidió de mí.
Solo miró mi rostro herido con una mueca de disgusto y salió.
Valeria entró un momento después, sus ojos brillaron al verme.
"Pobrecita, hermanita. Qué lástima. Pero no te preocupes, yo le contaré a Isabela lo valiente que eres."
Su cinismo era palpable.
Ella también recordaba. Recordaba mi "éxito" con Isabela en la vida pasada, y el infierno que eso significó para mí.
Ahora, ella creía que el camino estaba despejado para ella.
Pobre ilusa.
No sabía la verdadera naturaleza de Isabela Montenegro.
Recordé la hacienda en el desierto.
La fachada de lujo escondía un campo de entrenamiento brutal.
Isabela no quería una hija, quería una heredera moldeada a su imagen y semejanza, una máquina de negocios sin escrúpulos.
Su infertilidad la había vuelto retorcida.
Los "consultores" eran psicólogos y exmilitares que diseñaban pruebas crueles.
Nos obligaban a competir por comida, a resolver problemas complejos bajo presión extrema, a soportar aislamiento y humillaciones.
Recuerdo a una niña, Lía, que no soportó la presión y tuvo un colapso.
Isabela la descartó como "material defectuoso".
Recuerdo el miedo constante, la sensación de estar siempre observada.
Isabela disfrutaba de su poder, de su capacidad para quebrar espíritus jóvenes.
"Sofía, eres fuerte, inteligente, pero te falta crueldad. Te enseñaré," me dijo una vez, su voz suave como la seda pero fría como el acero.
Esa crueldad que intentó inculcarme fue lo que me destruyó por dentro en la otra vida.
Fui la mejor "candidata", la más adaptable, la más resiliente.
Y pagué el precio.
Mi éxito externo con ella fue mi ruina interna.
Esta vez, no.
Esta vez, mi objetivo era simple, proteger a mi madre y vivir una vida tranquila.
Y si era posible, muy en el fondo, desmantelar el imperio de Isabela.
Pero eso era un sueño lejano.
Por ahora, la cicatriz en mi rostro y mi brazo roto eran mi escudo.
Valeria se fue con Ricardo, rumbo a su "vida de princesa".
Sonreí.
Que disfrutara del espejismo mientras durara.





