El pacto de matrimonio fingido de la heredera muda

A la mañana siguiente, llegó el sastre. Era un hombre pequeño y nervioso que olía a almidón y miedo. Fue conducido a la sala de estar donde Destello ya estaba presidiendo su corte, rodeada de tres asistentes que esponjaban la cola de un vestido carmesí.

-Es magnífico -arrulló Alba, aplaudiendo.

Lucero estaba parada en la esquina, mimetizándose con el papel tapiz beige. El sastre la miró, luego a Gloria.

-¿Y para... la otra? -preguntó el sastre.

Gloria agitó una mano despectiva.

-Algo de la estantería. De la temporada pasada. Modesto. No necesita brillar; solo necesita estar presentable para que la familia Zarza la inspeccione.

Zarza.

Las orejas de Lucero no se movieron, pero su atención se afiló como una navaja. Inspeccionar. Como ganado.

-Por supuesto -dijo el sastre. Sacó una bolsa de ropa del fondo de su pila. Le entregó a Lucero un vestido gris. Era sin forma, de cuello alto, algo que una institutriz usaría para un funeral.

-Póntelo -ordenó Gloria.

Lucero fue detrás del biombo. La tela picaba. Colgaba de su marco, tragándose su figura. Salió.

Destello se rió.

-Ay, Dios mío, parece que se robó el uniforme de una sirvienta.

Lucero encorvó los hombros, haciéndose ver más pequeña, más patética. Miró al suelo, ocultando el cálculo en sus ojos.

Más tarde esa tarde, Lucero se deslizó dentro de la biblioteca. Era una sala de dos pisos llena de libros que nadie en esta familia leía. Encontró un nicho detrás de una fila de enciclopedias y se sentó en el suelo.

Voces se acercaron. Las pesadas puertas de caoba no cerraron completamente.

-Espino es un desastre -la voz de Caudal flotó hacia adentro-. Desde el accidente. Está paralizado de la cintura para abajo. Está amargado, bebe, es un recluso.

-Lo cual lo hace perfecto -respondió Gloria. Su voz era acero frío-. La familia Zarza necesita una esposa para él para asegurar la liberación de su fideicomiso. No les importa quién sea. Destello es demasiado valiosa para desperdiciarla en un lisiado. Lucero servirá.

-¿Crees que pueda manejarlo? -preguntó Caudal-. Escuché que tiene mal genio.

-Es muda -se burló Gloria-. No puede quejarse. No puede ir a la prensa. Solo tiene que sobrevivir un año hasta que la fusión esté completa. Luego la divorciamos, tomamos el acuerdo y la cortamos.

Lucero presionó su frente contra el estante. Sus uñas se clavaron en sus palmas hasta romper la piel. Vendida. Estaba siendo vendida para cubrir un trato comercial.

Esperó hasta que se fueran. Entonces se movió.

No solo salió de la habitación. Se movió hacia el escritorio de Caudal. La computadora estaba bloqueada, pero Caudal era una criatura de hábitos. Había escrito sus contraseñas en una nota adhesiva metida bajo su secante -una falla de seguridad que ella había notado en la oficina de su padre adoptivo hace años. Inició sesión. No buscó dinero. Buscó registros médicos. El servidor privado de la familia Corriente.

Encontró los archivos. Caudal Corriente. Alba Corriente. Destello Corriente. Sacó su teléfono y tomó fotos de los informes de tipo de sangre. A, A y B. Biología imposible. Aún no sabía la historia completa, pero tenía la munición. Cerró sesión, borró el registro de actividad reciente y se desvaneció.

De vuelta en su habitación, sacó la tableta. Eludió los controles parentales de la familia nuevamente y se sumergió en la web profunda.

Sujeto: Espino (Julian Thorne).

Resultados de búsqueda:

Ex tiburón de Wall Street.

Accidente automovilístico hace dos años.

Lesión espinal. Confinado a silla de ruedas.

Su prometida lo dejó un mes después.

Rumores de estallidos violentos en la mansión Zarza.

Abrió imágenes. La mayoría eran tomas granulosas de paparazzi. Espino en una silla de ruedas, cabeza gacha, viéndose frágil.

Pero Lucero no estaba mirando la silla de ruedas. Hizo zoom en una foto tomada hace tres meses. Espino estaba agarrando el reposabrazos de su silla.

Aplicó un filtro para mejorar la resolución.

Sus manos. Los nudillos estaban blancos. Los tendones estaban definidos.

Cambió a una foto de él entrando a un auto. Se estaba levantando a sí mismo. La definición de los tríceps era extrema. Pero fueron las piernas las que captaron su atención. En la sombra de la puerta del auto, el músculo de su pantorrilla estaba activado.

La parálisis causa atrofia. El desgaste muscular ocurre en meses. Espino había estado en esa silla por dos años. Sus piernas deberían ser palillos. No lo eran.

Hizo zoom en sus ojos en otra foto. No había el brillo vidrioso del alcoholismo. Ni la opacidad de la depresión. Eran agudos. Depredadores.

Estaba fingiendo.

Esa noche, Destello tocó a su puerta. Sostenía un collar de perlas.

-Ten -dijo, su voz goteando falsa dulzura-. La abuela dijo que deberías usar estas. Para verte menos... pobre.

Lucero las tomó. Plástico. Podía notarlo por el peso.

-Vas a conocer a Espino mañana -sonrió con suficiencia Destello-. Buena suerte. Escuché que lanza cosas.

Lucero se puso las perlas. Se miró en el espejo y dio una sonrisa aterrorizada y temblorosa.

Destello sonrió radiante, satisfecha de que su campaña de terror estaba funcionando, y se fue.

Tan pronto como la puerta se cerró, Lucero se arrancó las perlas y las tiró al bote de basura. Fue al armario y miró el vestido gris.

No necesitaba ser hermosa. No necesitaba ser encantadora. Necesitaba ser la única cosa que Espino no esperaría.

Necesitaba ser su cómplice.

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