Helena sujetó el dobladillo de su vestido dorado con una mano, y con la otra, el ridículo anillo que parecía una muestra gratis de feria. Subió las escaleras del hotel.
Entró al salón privado y cerró la puerta con un clic tan suave como amenazante.
-¿Esto es una broma para ti, ¿verdad? Me humillaste a propósito.
Él se tiró sobre el sofá como si estuviera en su propio apartamento, aflojándose la corbata con una calma insolente.
-No veo el problema -respondió con un encogimiento de hombros-. Era un anillo. Cumple su función simbólica. Además, para que gastarme una millonada si solo es un contrato.
Helena lo miró con una intensidad que habría reducido a cenizas a cualquier otro hombre.
-Eres un idiota.
Gabriel se reclinó en el sofá, divertido.
-Vamos, Helena, ¿de qué sirve comprar algo de medio millón si esto es solo una farsa? No durará mucho. No hagas tanto drama. En unos años ni te acordarás de mí. Así que déjame existir tranquilo.
Ella inspiró hondo, enderezándose.
-Puedes burlarte todo lo que quieras, Gabriel, recuerda que representamos a nuestras familias.
-Deberías de pedir la cancelación del compromiso Helena, te ahorrarías tantas molestias.
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Gabriel salió ajustando los puños de su camisa. Odiaba esos eventos llenos de gente estirada.
-¿Todo bien? -preguntó una voz a su derecha. Era su mejor amigo, Lucien Moreau.
-Todo fantástico -respondió Gabriel con sarcasmo.
Lucien lo observó con incredulidad.
-Se trata de una Windsor -murmuró-. Esa mujer ha rechazado a hombres que le habrían regalado islas enteras. Y tú llegas con... eso. Una baratija de supermercado. ¿En serio?
Gabriel levantó las manos en señal de inocencia.
-Pensé que era lindo. Además, ¿para qué gastar tanto si todo esto es teatro? Solo estamos fingiendo. En unos años terminará y seguiremos con nuestras vidas. No veo el problema.
Antes de que Lucien pudiera responder, la voz grave y poderosa de su padre los interrumpió.
-¿¡Qué demonios fue eso, Gabriel!?
Lord Edmund Devereux se acercó. Su porte impecable, su rostro duro y su mirada de acero hicieron que varios invitados bajaran la voz alrededor.
-¿Papá? Hola -Gabriel intentó sonreír, pero su padre no estaba de humor.
-Esa joya que mostraste... ¿cómo se te ocurre entregar esa baratija a una Windsor en una ceremonia pública? ¿Quieres que los periódicos te llamen tacaño o simplemente estúpido? -su voz resonó como un trueno.
Lucien, incapaz de callar, se unió a la reprimenda.
-Tu padre tiene razón. Esa mujer ha sido pretendida por príncipes, banqueros, magnates... y tú apareces con un anillo que parece comprado en un mercadillo.
Gabriel arqueó las cejas, sorprendido por tanta indignación colectiva.
-No es para tanto. Es un anillo bonito. Y, además, ¿no se supone que "menos es más"? No quería opacar a la novia.
-¡Arregla esto! -rugió Lord Edmund, y su voz hizo eco en los corredores, atrayendo algunas miradas curiosas.
Gabriel suspiró, pero alzó la vista justo a tiempo para ver a Helena al otro extremo del lobby. Ella sonreía con perfección ensayada, rodeada de fotógrafos y admiradores, mientras el anillo sencillo brillaba en su dedo como una cruel ironía.
-Está bien, lo arreglaré -murmuró finalmente.
Lord Edmund lo fulminó con la mirada.
-Si sigues jugando de esta manera arruinaras nuestra reputación y eso no puedo permitirlo.
Gabriel no respondió. Se limitó a tomar otra copa de whisky.
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El eco de los tacones de Helena resonaba por los pasillos de la mansión Windsor mientras avanzaba con paso firme hacia el despacho de su abuelo.
Aquella mañana había visto los titulares, los comentarios en los foros, los programas de televisión satirizando su compromiso. Todos hablaban del anillo invisible, del "desdén romántico de los Devereux", del contraste humillante entre el poderío de su apellido y la aparente indiferencia de su futuro esposo.
Se detuvo frente a la imponente puerta de madera tallada y respiró hondo antes de entrar.
Lord William Windsor la esperaba sentado en su sillón de cuero, con el periódico abierto sobre el escritorio y la copa de brandy medio llena. Alzó la mirada, y en sus ojos brillaba una calma inquietante.
-¿Ya viste lo que dicen los medios? -preguntó Helena sin rodeos, cerrando la puerta tras de sí-. No crees que... este matrimonio es un error abuelo. Gabriel me odia, además de dejarme en ridículo frente a toda la ciudad.
El anciano esbozó una sonrisa tranquila.
-No te preocupes por eso. La prensa se alimenta de escándalos. Mañana habrá otro tema del que hablar.
Ella frunció el ceño, incapaz de contener la frustración.
-Ese hombre es un niño mimado. Un arrogante. Lo detesto, abuelo.
Lord William apoyó la copa sobre el escritorio con suavidad. Observó a su nieta con la misma paciencia con la que una vez había domado negociaciones imposibles.
-¿Sabes? -murmuró con voz grave-. Tu abuela también me odiaba al principio. Decía que yo era un hombre frío, demasiado calculador, incapaz de hacerla feliz. Pero el amor... el amor surgió como una hoguera, de esas que parecen imposibles de apagar.
Helena lo miró incrédula.
-No compares. Tú sabías lo que querías, abuelo. Gabriel no sabe ni lo que es levantarse a tiempo para una cita.
Él soltó una leve risa.
-Son jóvenes. Solo necesitan conocerse más, salir juntos, discutir, enfrentarse. Quizá lo estás juzgando con demasiada dureza.
Helena negó con la cabeza, el gesto rígido, su mandíbula tensa.
-No lo creo. Pero como ya te lo dije, es mi responsabilidad y cumpliré. No esperes, sin embargo, que haya amor. Eso no formará parte de este contrato.
Guardó silencio un instante, como si esas palabras fueran un juramento que debía repetirse para no quebrarse. Luego se levantó, estiró la espalda y, sin esperar respuesta, se encaminó hacia la salida.
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Mientras Helena regresaba a su habitación, repasaba cada palabra del anciano. "Necesitan conocerse más". ¿Conocerse? ¿Cómo podía conocerse con alguien que hacía de cada encuentro una provocación? Gabriel era lo opuesto a lo que siempre había soñado en un hombre.
Cerró la puerta con un golpe seco y se dejó caer en el sofá. El maldito anillo brillaba en su dedo como un recordatorio cruel de su destino. Lo giró varias veces, como si pudiera borrar con ese simple gesto la vergüenza de la noche anterior.
Amanda entró sigilosamente detrás de ella, observando en silencio.
-¿Te peleaste de nuevo con el abuelo? -preguntó al notar el gesto sombrío de su hermana.
Helena levantó la vista, cansada, y soltó un suspiro.
-No, Amanda. El abuelo está convencido de que todo saldrá bien. Pero yo... yo siento que me están arrojando a un pozo sin fondo.
Su hermana se acercó y tomó su mano con suavidad.
-Quizás Gabriel no sea tan malo como crees. A veces los hombres actúan como idiotas solo porque no saben manejar lo que sienten.
Helena rió sin humor.
-Créeme, este no es el caso.





