¿El marido cojo? ¡Un magnate misterioso!

El tobillo de Layla se hinchó no mucho después de que se sentara en la cama. Estuvo ahí durante mucho tiempo, pero Clark no salió del baño. Quería masajearse los pies, así que sacudió sus piernas para quitarse los zapatos.

Sin embargo, estos se fueron volando. Justo en ese momento, la puerta del baño se abrió y sus zapatos aterrizaron frente a Clark.

Layla se sobresaltó. Los ojos de ambos se encontraron mientras se observaban.

Clark observó los zapatos y luego a la mujer sentada en la cama.

Su prístino y blanco vestido de novia estaba arrugado, y su cabello era un desastre. No obstante, a pesar de su torpeza, sus ojos brillaban como la luz del sol.

Pero entonces su mirada se posó en su esbelto cuello. "¿Dónde está el collar?", preguntó con el ceño fruncido.

Layla se estaba preguntando cómo recuperar sus zapatos sin hacer el ridículo, pero se sorprendió ante su pregunta. "¿Qué collar?".

El rostro de Clark se oscureció. No sabía si ella se estaba haciendo la tonta. "El regalo de bodas que tu padre me prometió. Le pertenecía a mi madre. Ella me lo dejó".

Layla intentó recordar, pero Jim no le había dicho nada sobre un collar.

El rostro de Clark se tiñó de cólera, y ella temió que él pudiera estrangularla por impulso. Si la despiadada familia Reed descubriera que había ofendido a Clark, dejarían de pagar los gastos médicos de su abuela.

Por lo tanto, Layla chasqueó la lengua, como si acabara de recordar algo. "Oh, ¿te refieres a ese collar? Olvidé traerlo. Pero iré a casa pronto y te lo daré".

Clark asintió mientras su rostro se suavizaba.

Aunque Layla se veía tranquila, por dentro estaba aterrorizada. ¿Cómo encontraría ese collar? Ni siquiera lo había visto. Pero cuando miró Clark de soslayo, vio un anillo en su dedo. Aunque parecía simple, la gema estaba cubierta con palabras misteriosas sobre una banda de oro rosa.

Layla abrió los ojos cuando recordó haber visto un patrón similar.

Sandra, la hija de Jim y Alina durante los últimos veinte años, tenía un collar con las mismas características.

Por su parte, Clark sintió algo inexplicable en su corazón cuando vio sus diferentes expresiones. "Anda a tomar una ducha", instó mirando hacia otro lado.

"¿Qué?". Layla estaba atónita.

Clark se volvió y la miró a los ojos. "Estás sucia. Date prisa y toma una ducha".

No fue hasta que se miró a sí misma que descubrió que su vestido estaba cubierto de suciedad debido a la caída. Como se había olvidado de ese evento, se sentó en la cama bien decorada. Layla se levantó de prisa y cojeó hacia el baño. Antes de entrar, no se olvidó de recoger los zapatos que bloqueaban a Clark y los puso a un lado.

Este no pudo evitar sonreír.

Sentada en la bañera, Layla se agarró el pecho y sintió su corazón latir con fuerza. Estaba muerta de miedo.

Ese hombre no parecía alguien con quien cualquiera pudiera meterse. Temía que la arrojara al océano para alimentar a los tiburones si se atrevía a ofenderlo. La sola idea de que pasaría su noche de bodas con un hombre tan intimidante la petrificaba.

Con esos temores rondando su mente, Layla se sentó en la bañera durante un largo rato. Finalmente salió y se secó con una toalla. Fue entonces cuando recordó que no había traído su pijama.

Todo era culpa de Clark. Estaba tan nerviosa que se había olvidado.

Maldiciéndolo en su corazón, presionó su oreja contra la puerta para ver si podía escuchar algo en la habitación.

¿Estaría él esperándola?

Con el silencio exterior, Layla se envolvió en una toalla y abrió la puerta.

"¡Ah!", exclamó agarrando la toalla con fuerza.

Clark seguía presente. "¿Por qué sigues aquí?".

"Es nuestra habitación. ¿Adónde más me iré?", preguntó él, tan sorprendido como ella. No obstante, volvió la cabeza porque le avergonzaba mirarla. "¿Por qué no te pones tu pijama?".

"Olvidé llevarla al baño".

Layla se apresuró a buscar su pijama. Jim le había comprado varias prendas caras para impresionar a Clark, pero todas eran incómodas, así que sacó su vieja pijama.

Clark frunció el ceño. No podía entender por qué la hija de la familia Reed tendría un pijama tan raído.

"La criada ha traído un camisón nuevo para ti. Está allá", indicó señalando la puerta.

Layla guardó el pijama, cojeó hacia la puerta y, apoyándose en la pared, agarró el camisón de seda con encaje. De repente, un objeto cayó de él.

Lo recogió y descubrió que era un ungüento.

"¿Es para mí?".

Layla miró a Clark con incredulidad. Sus ojos brillaban como diamantes, por lo que él volvió a apartar la mirada.

"¿Qué estás esperando?", preguntó Clark, aclarándose la garganta. "¿Esperas que yo te aplique el ungüento?".

Luego, giró su silla de ruedas y se marchó.

Layla tardó mucho en comprender que el ungüento era para su tobillo. Estaba tan perpleja que casi lo tiró al suelo.

¿Acaso Clark estaba preocupado por ella?

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