El latido de tu corazón

Claudio Arciniegas terminaba de apurar lo último que le quedaba en su copa de vino, se recostó a la baranda de la cubierta de la nave a disfrutar por unos minutos del aire y la tranquilidad que le trasmitía el agua en calma después del alboroto de los eventos de hacía un par de horas.

Era un hombre de sangre fría que no se inmutaba por nada, le daba igual una cosa que otra, no diferenciaba lo bueno de malo, o lo ético y moral de lo anti ético e inmoral, todo era lo mismo siempre y cuando fuera útil a sus fines personales, había sido siempre así, y en todo se portaba de la misma manera.

Observó el agua quieta y reposada, la misma que se la había tragado hacía un rato, esa tranquilidad que ahora tenía la superficie era la prueba de que la naturaleza misma era cómplice de actos que algunos llamarían réprobos, pero porque no sabía el poder de estos, y lo que podían lograr.

La gente era hipócrita, se llenaban la boca juzgando rápida y alegremente a todo el mundo sin darse cuenta de que todos tenían siempre un pequeño secreto, algo de que avergonzarse, algo que había hecho y no debieron, o que querían hacer y todavía no se atrevían, ¡Ah!, pero apuntaban con el dedo a quien se atrevía a aprovechar las circunstancias.

Así como los griegos, los que en la antigüedad homérica hacían lo que mejor les convenía, todo el mundo veía a Agamenón como un demonio por haber sacrificado a su hija Ifigenia a la mar para poder tener buen puerto en su viaje hacia Troya, pero ninguno de los hombres que regresaron ricos con él luego de que la ciudad cayó bajo el asedio recordó agradecerle los métodos usados para tener un buen viaje de ida y de regreso.

¡Hipócritas!, así él había sacrificado a su propia Ifigenia, vería pronto como su sacrificio lo llevaría a buen puerto económico.

Por cierto que eran las mismas aguas, las del Mediterráneo, que se fundían más allá con el Egeo, unas millas náuticas más allá, pero era la misma cosa, así que básicamente estaba llevando a cabo un plan similar del que los grandes habían cantado, y hecho poesía y contado historias, en fin, eso apoyaba su teoría de que no estaba mal, solo que cada quien debe buscar la forma de lograr lo que quiere, el medio solo es el fin.

La noche había sido bastante intensa y estaba cansado, pero satisfecho, todo le estaba saliendo a la perfección, si lo hubiera planeado con más detenimiento no le hubiera salido tan bien, un matrimonio arreglado con una heredera siempre era un buen plan, pero si a eso se le sumaban circunstancias desafortunadas pues… era mucho mejor, de pronto comenzaba a tener un calorcito entre los pantaloncillos, la ocasión merecía un buen revolcón, ya bajaría hasta el camarote para desahogar lo que comenzaba a ser ya una necesidad que saciar.

Desde que estaba metido en los negocios “non santos” en los que multiplicaba su dinero estaba necesitando de negocios y empresas reales, no de maletín como algunas de las suyas, limpias con un blanco historial fiscal y bancario en donde poder lavar sus activos y claro, su suegro tenía las inversiones perfectas para tal fin.

Siendo este dueño de complejos hoteleros, su trabajo le permitía ciertas libertades para pasar dinero sucio por su negocio y blanquearlo a voluntad, solo que el viejo no estaba convencido de hacerlo, había intentado involucrarlo alguna vez, pero se había negado rotundamente, así que debió usar sus argucias para poder hacerle presión desde otro ángulo, las deudas que había contraído con él.

Claudio le aseguró el perdón de los millones que le había prestado para salvar de la quiebra el negocio turístico que se había ido a pique con el desplome económico post pandemia, y Marco de la Torre, que todo lo veía como un negocio, accedió al arreglo.

Claudio se lamió el vino pasando la lengua sobre sus labios húmedos y luego se limpió el borde con el lado de la mano, puso la copa sobre la encimera y bajó al camarote, no al suyo, sino al de huéspedes, abrió la puerta y se quitó la bata de seda que llevaba puesta sobre el bañador.

— ¿Ya está todo listo? —Preguntó la chica de cabellos largos, negros y mirada vivaz.

—Todo listo —Dijo llenándose la boca con una frutilla que estaba dispuesta sobre una bandeja decorada de frutas y chocolate líquido.

— ¿Te encargaste del… ASUNTO? —Hizo énfasis mientras se acomodaba en una pose sexi sobre la cama, dejando a la vista de Claudio sus dos pechos desnudos y perfectos.

—Me he encargado del asunto —Esbozando una sonrisa de satisfacción bastante parecida a una mueca y tomando un trozo que luego humedeció en el delicioso y dulce líquido —Ven acá —Ordenó al tiempo que ponía el trozo achocolatado dentro de la boca de la mujer y apretaba con la otra mano uno de sus pechos —Tengo la adrenalina a millón, necesito follar con ganas y desahogar este estado de ánimo, ¿Me comprendes?

—Te comprendo ahora ven aquí y te enseñaré lo que es follar de verdad.

Claudio se acostó largo a largo sobre la cama mientras la chica le sacaba los pantaloncillos y se acomodaba sobre él completamente desnuda, haciendo encajar su fisionomía sobre la del cuerpo del hombre excitado y rígido, dejándolo jugar con sus enormes pechos blancos mientras movía ágilmente las caderas para darle placer.

Pasó sus manos sobre el torso duro y esculpido de Claudio, que a sus 36 años se mantenía como un dios olímpico tan terrible como hermoso, y disfrutó con él de las sensaciones enviadas como rayos a través de toda su piel húmeda y sudorosa besándolo en las partes en donde podía encenderlo más de placer.

Él la giró bruscamente contra la cama y comenzó a besarla con furia, casi arrancándole los labios al tiempo que jugaba con su clítoris, enviándola derecho a la luna en una explosión de sensaciones indescriptibles a medida que su espalda se arqueaba por las vibraciones de su cuerpo.

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