El Labial Rosa de la Traición

La noche de nuestro quinto aniversario, Ricardo rentó el restaurante más exclusivo de Polanco solo para nosotros.

El lugar estaba lleno de velas y pétalos de rosas blancas, mis favoritas. Una orquesta de cuerdas tocaba suavemente en una esquina, y el chef, un hombre famoso que solo cocinaba para celebridades, preparó un menú especial para mí.

Ricardo se arrodilló frente a mí, con una caja de terciopelo azul en la mano.

"Sofía, mi amor, mi vida. Estos cinco años a tu lado han sido el sueño más hermoso. Eres mi inspiración, mi todo. Quiero pasar el resto de mi vida haciéndote la mujer más feliz del mundo."

Abrió la caja. Dentro había un collar de diamantes que brillaba intensamente bajo la luz de las velas. Era una pieza de alta joyería, única, diseñada exclusivamente para mí. Las lágrimas llenaron mis ojos mientras él me lo ponía.

Todos nuestros amigos y socios de negocios, que habían llegado para la "sorpresa", aplaudieron. Ricardo me levantó en sus brazos y me besó, un beso de película que salió en todas las revistas de sociales al día siguiente.

"El novio perfecto" , decían los titulares. Y yo lo creía.

Esa noche, llegamos a nuestra casa, una mansión enorme en Las Lomas que yo había decorado con cada detalle. Ricardo me cargó hasta la habitación, esparciendo más pétalos de rosa en el camino.

Me sentía como la protagonista de un cuento de hadas.

Mientras él se duchaba, yo empecé a desempacar su esmoquin para mandarlo a la tintorería. Al meter la mano en el bolsillo de su saco, sentí un objeto pequeño y cilíndrico.

Lo saqué.

Era un lápiz labial.

Pero no era uno de los míos. Yo solo usaba marcas de lujo, en tonos nude o rojos clásicos. Este era de un color rosa chillón, casi fosforescente, en un envase de plástico barato que se sentía pegajoso al tacto. El logo de la marca era de una farmacia económica.

Lo abrí. Un olor dulzón y artificial, como a chicle de fresa, invadió mis fosas nasales. Me dio un poco de náuseas.

Me quedé helada, mirando el objeto en mi mano. No tenía sentido. Ricardo era un hombre obsesionado con la imagen, con el lujo. Jamás habría algo tan corriente cerca de él, y mucho menos en el bolsillo de su esmoquin de diseñador.

Un recuerdo fugaz cruzó mi mente.

Hace unas semanas, en la oficina. Carmen, mi asistente, se había acercado a mi escritorio para mostrarme unos bocetos. Llevaba puesto ese mismo tono de labial rosa. Recuerdo haber pensado lo vulgar que se veía, pero no dije nada. Ella era joven, ambiciosa, y yo le había dado su primera gran oportunidad en el mundo de la moda.

"¿Te gusta mi nuevo labial, Sofía? Ricardo dijo que me veía muy… fresca con él" , me había dicho con una sonrisa extraña.

En ese momento no le di importancia. Ricardo era amable con todo mi personal.

Pero ahora, con ese labial en mi mano, sus palabras resonaban en mi cabeza de una forma siniestra.

El ruido de la ducha se detuvo. Ricardo salió del baño, envuelto en una toalla blanca, con el pelo mojado y una sonrisa radiante.

"¿Lista para la segunda parte de la celebración, mi amor?"

Se detuvo en seco al ver mi expresión y lo que sostenía en mi mano. Su sonrisa se desvaneció por un segundo, solo un instante, pero fue suficiente para que yo lo notara.

"¿Qué es eso?" , preguntó, tratando de sonar despreocupado.

"Lo encontré en tu saco" , dije, con la voz más calmada que pude fingir. "Es un color… interesante. No es mío."

Ricardo se rio, una risa forzada que no llegó a sus ojos.

"Ah, eso. ¡Qué tonto! Debe ser de alguna de las invitadas. En el bar, con tanto abrazo y felicitación, seguro se le cayó a alguien en mi bolsillo. Ya sabes cómo son esas fiestas. Tíralo, mi vida, es una porquería."

Se acercó a mí, me quitó el labial de la mano y lo tiró a la basura con un gesto de desdén. Luego me abrazó por la cintura, pegando su cuerpo al mío.

"No dejes que una tontería así arruine nuestra noche. La única mujer que me importa eres tú."

Me besó en el cuello, su tacto que antes me derretía ahora se sentía frío, calculado.

Yo me dejé abrazar. Asentí, forzando una sonrisa.

"Tienes razón. Es una tontería."

Pero mientras él me llevaba hacia la cama, mi mente estaba en otro lugar. Recordé el día que nos comprometimos, en esa misma habitación. Él me había jurado honestidad eterna.

"Nunca te mentiré, Sofía. Mi vida es un libro abierto para ti."

En ese momento, acurrucada en sus brazos, supe, con una certeza que me heló los huesos, que Ricardo era un mentiroso. Y que mi cuento de hadas se había terminado.

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