El juego del esposo falso

Andrea no había esperado que el encuentro con Damián fuera tan... sencillo. Había imaginado que él se opondría, que pondría resistencia, que haría preguntas que ella no podría contestar. Pero no. En su lugar, había aceptado sin titubear, como si se tratara de un favor simple, una petición que no necesitaba más explicación. Esa aceptación tan rápida la inquietaba, aunque no lo dijera en voz alta.

Ahora, mientras regresaba a su oficina, el peso de la traición seguía pesando sobre sus hombros. Aquel contrato de matrimonio de conveniencia, tan frívolo en apariencia, era, en realidad, la manifestación de una necesidad profunda: la necesidad de recuperar el control sobre su vida, sobre su empresa, y sobre un futuro que le había sido arrebatado.

Cerró la puerta de su despacho con una leve sacudida, como si al hacerlo pudiera dejar fuera del cuarto el dolor y la impotencia que había acumulado en los últimos meses. La ciudad, que desde su ventana siempre había parecido tan brillante y llena de promesas, ahora se le hacía ajena, vacía. Los rascacielos que tan orgullosamente había escalado no representaban más que trampas de cristal. Cada reflejo que veía de sí misma en esas ventanas la recordaba a la mujer que había sido arrastrada por un amor que terminó siendo una mentira.

El teléfono volvió a vibrar sobre su escritorio, cortando sus pensamientos. Era un mensaje de Antonio, el último hombre que había creído que podía confiar. "¿Nos vemos esta noche? Hay algo de lo que necesitamos hablar." Solo leer esas palabras, tan impersonales, tan frías, hizo que su estómago se tensara. Ella sabía perfectamente lo que iba a decirle. Había pasado por eso ya, había escuchado esas palabras antes, pero la traición seguía dolida de la misma manera.

Dejó el teléfono de lado y respiró hondo. Esta vez, no permitiría que sus emociones se interpusieran. Había un plan, un objetivo. Tenía que mantenerse firme, calculadora. Todo lo que había hecho hasta ahora era para llegar a este punto.

No se trataba de vengarse solo de Antonio; era más grande que eso. Era el principio de una guerra silenciosa, donde ella usaría todas las armas que tenía a su disposición, y la primera de esas armas era la imagen de su matrimonio falso con Damián. La ciudad, su imperio, todo lo que había construido, le pertenecía. Y, aunque Antonio se había burlado de ella, ella se encargaría de que él viera cómo perderlo todo.

Esa misma tarde, cuando Andrea llegó a casa, la escena ya le resultaba familiar.

Antonio estaba sentado en el sofá, con su teléfono móvil en las manos, mirando la pantalla sin realmente ver nada. Se había vuelto una costumbre que él se refugiara en la distracción de las pantallas para evitar las conversaciones incómodas. En un momento de lucidez, Andrea comprendió que este comportamiento ya no solo era una estrategia para evitarla, sino una forma de huir de sí mismo, de sus propios sentimientos de culpa.

-¿Ya olvidaste que teníamos algo que hablar? -Andrea rompió el silencio con su voz firme, aunque le costó mantener el tono neutral.

Antonio levantó la vista hacia ella, un rastro de cansancio en sus ojos. No parecía sorprendido, como si ya supiera lo que ella estaba por decirle.

-¿A qué te refieres? -dijo él, aunque su tono sonaba más como una evasiva que como una verdadera pregunta.

-Sabes perfectamente a qué me refiero, Antonio. -Andrea dio un paso al frente, sintiendo el peso de las palabras en su lengua. -Me enteré de todo. Del dinero, de la otra mujer... de tus mentiras. -Cada palabra que salía de su boca era como un martillo golpeando un clavo en su corazón. Pero ya no importaba. Ya no la lastimaba.

-Andrea... -Antonio intentó levantarse, pero ella lo detuvo con un gesto.

-No sigas. -Su voz se hizo más baja, pero la frialdad en sus palabras seguía intacta. -Te he escuchado durante meses decir que estabas ocupado, que no era nada personal. Y ahora todo esto... -Miró hacia la ventana, viendo la ciudad que ya no le pertenecía, como si el aire ya no fuera el mismo. -No sé en qué momento dejé de ser suficiente para ti.

Antonio bajó la mirada. Ya no parecía el hombre seguro de sí mismo que había conocido. Ahora, todo lo que tenía eran excusas vacías.

-Andrea, lo siento. Es complicado... -su voz se quebró, pero ella no cedió.

-No, Antonio. Lo que es complicado es que no me hayas dado la oportunidad de saber la verdad. Que me hayas mentido todo este tiempo. -Andrea dio un paso atrás. -¿Sabes qué es lo peor de todo esto? No lo que hiciste, sino lo que dejaste de hacer: me dejaste luchar por algo que ya estaba perdido, por algo que no significaba nada para ti.

El silencio entre ambos se volvió espeso, pesado. Pero Andrea sabía que no podía permitirse el lujo de sentirse vulnerable ahora. No después de todo lo que había pasado. No después de que él la hubiera destrozado de la manera más cruel.

-¿Qué vamos a hacer ahora? -Antonio finalmente preguntó, su tono más suave, casi resignado.

Andrea lo miró fijamente, por primera vez notando la fragilidad en él. Aquella fragilidad que, en otro momento, habría querido proteger. Pero ahora, ya no quedaba nada de eso. Solo quedaba el plan. La venganza.

-Lo que vamos a hacer ahora, Antonio, es que vas a perderlo todo. -Sus palabras salieron como un susurro, pero cargadas de una promesa irrevocable. -Lo que vamos a hacer ahora es que tú vas a ver cómo tu mundo se viene abajo, cómo el precio de tu traición será mucho más alto de lo que pensabas.

Antonio la miró, sin entender del todo.

-¿Qué significa eso? -Su voz temblaba, como si aún creyera que había una solución, algo que pudiera salvarlos.

-Que yo no te necesito. -Andrea cruzó los brazos. -Ya no necesito que me apruebes, que me des tu perdón, o que intentes que todo esto quede en el pasado. Ya tomé una decisión. No quiero que seas parte de mi vida. No quiero que sigas siendo parte de mi empresa. Estoy lista para perder todo lo que pensaba que te debía. Porque ahora veo que la única persona que me ha fallado aquí eres tú. Y esa es la verdadera traición, Antonio.

Un escalofrío recorrió la espalda de Antonio. Por primera vez en mucho tiempo, Andrea parecía inalcanzable. Ya no era la mujer a la que él había engañado, la que había estado dispuesta a perdonarlo una y otra vez. Ahora era algo diferente: alguien con una nueva misión, alguien que había despertado y estaba lista para tomar lo que era suyo.

Andrea se giró para salir, sin mirar atrás. Sabía que este capítulo estaba cerrado, que había marcado el inicio de un nuevo juego. Y, esta vez, ella iba a ganar.

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