El Juego de la Traición: Un Final Inesperado

Cuando "desperté" al día siguiente, le sonreí a Mateo.

Una sonrisa débil, rota. Perfecta.

"Mateo... tuve un sueño horrible."

Él se inclinó, preocupado. "¿Qué soñaste, mi amor?"

"Soñé que nunca volvería a caminar."

Vi un destello de triunfo en sus ojos antes de que lo ocultara con una expresión de dolor.

"No digas eso, Sofía. Lucharé contigo. Siempre."

Asentí, fingiendo creerle.

Los días siguientes fueron una actuación. Yo era la prometida rota pero valiente. Él era el novio devoto.

Me leía libros, me daba de comer en la boca, me contaba historias de nuestro futuro juntos.

Un futuro que incluía un "milagro".

"Sofía," me dijo un día, con los ojos llenos de lágrimas falsas. "Sé que esto es difícil, pero he estado pensando... Quizás... quizás podríamos adoptar un niño. Un niño que nos necesite. Nos daría una razón para seguir adelante."

Mi interior se congeló, pero mi rostro mostró una sorpresa conmovida.

"¿Adoptar?", susurré.

"Sí. Para llenar el vacío que... que tu carrera ha dejado."

El vacío que él había creado.

"Es una idea preciosa, Mateo," dije, con la voz temblorosa. "Gracias."

Él sonrió, satisfecho. Su plan avanzaba sin problemas.

Una semana después, Elena vino a visitarme. La "amiga de la familia".

Entró en la habitación con un ramo de flores y una sonrisa dulce.

"Sofía, querida, ¿cómo te sientes?"

"Mejor, gracias a Mateo," respondí, mirándola directamente a los ojos. No mostré nada.

Se sentó a mi lado, su perfume llenando el aire. Era el mismo perfume que a veces olía en la ropa de Mateo.

"Mateo me ha contado su idea de adoptar," dijo ella, con una mirada compasiva. "Es tan generoso. Un niño traería tanta alegría a vuestras vidas."

"Sí, lo creo," dije, manteniendo mi calma.

Ella me tomó la mano. Su piel era suave. La misma mano que escribía mensajes planeando mi destrucción.

"De hecho," continuó ella, "conozco un orfanato maravilloso. Tienen un niño... se llama Leo. Es un encanto. Quizás podríais ir a conocerlo cuando salgas de aquí."

La audacia me dejó sin aliento.

Pero mi rostro solo mostró gratitud.

"Gracias, Elena. Eres una buena amiga."

Mientras ellas hablaban, yo ya estaba planeando mi siguiente movimiento.

Esa noche, mientras Mateo dormía, usé su teléfono de nuevo. No para buscar pruebas, ya las tenía.

Esta vez, busqué un contacto.

Isabella. Mi mejor amiga. Abogada en Londres.

Le envié un mensaje corto y cifrado.

"Plan B. Código rojo. Necesito una nueva vida."

La respuesta llegó en menos de un minuto.

"Entendido. Dame 24 horas. Te sacaré de ahí."

Cerré los ojos y, por primera vez en días, sentí una pequeña chispa de esperanza.

El juego había cambiado. Ahora, yo movía las fichas.

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