Punto de vista de Sofía Elizondo:
Durante los siguientes días, la polvorienta oficina de Emilio McCormick se convirtió en mi santuario. Olía a café rancio, papel viejo y un leve rastro persistente de whisky, pero para mí, olía a la verdad. Era un mundo aparte de la atmósfera estéril y perfumada de la residencia Elizondo, donde las mentiras eran la moneda de cambio.
Emilio era metódico, cínico y brutalmente directo. No ofrecía compasión; exigía hechos. Empezamos con el archivo de la investigación original, que había logrado copiar del servidor de la empresa años atrás, un pequeño acto de desafío que nunca supe que usaría.
—Esto está demasiado limpio —refunfuñó Emilio, extendiendo los documentos impresos sobre su escritorio. Señaló un estado de cuenta bancario con el dedo—. ¿Una sola transferencia a una cuenta en un paraíso fiscal? ¿A tu nombre? Una jugada de aficionado. Alguien que comete un crimen tan grande, alguien lo suficientemente inteligente como para robar una propuesta multimillonaria, sería lo suficientemente inteligente como para escalonar los pagos. Esto no fue diseñado para ser ocultado; fue diseñado para ser encontrado.
Un nudo de tensión en mi pecho, uno que había llevado durante una década, se aflojó un poco. Era la primera vez que alguien miraba la "evidencia" y la veía por lo que era: una actuación montada.
—Y este celular de prepago —continuó, levantando una foto del teléfono barato que la investigación había "descubierto" en mi antiguo escritorio—. Comprado con efectivo en un Oxxo a dos cuadras de tu departamento. Es casi un insulto. Es como si el asesino dejara una confesión firmada en la escena del crimen.
—Alejandro dijo que era prueba de mi arrogancia —murmuré, el recuerdo de su mordaz acusación aún vívido—. Dijo que yo pensaba que era demasiado lista para que me atraparan.
—No —dijo Emilio, sus ojos agudos y fijos en mí—. Tu hermano es un cabrón arrogante, pero no es un detective. Vio lo que se suponía que debía ver. Lo que quería ver.
Tenía razón. Alejandro siempre había estado celoso de mi aptitud para el diseño, del orgullo de nuestro padre por mi talento arquitectónico. El escándalo no fue solo un problema de negocios para él; fue una oportunidad. Le permitió convertirme en la villana y a él en el salvador, consolidando su control sobre la empresa y la familia.
Nuestra primera tarea real fue rastrear el dinero. No el dinero que fue a la cuenta falsa a mi nombre, sino el dinero que Camila podría haber recibido.
—No le habrían pagado por transferencia —razonó Emilio, caminando de un lado a otro frente a su tablero de pruebas—. Demasiado rastreable. Es más lista que eso. Estamos buscando otra cosa. Una ganancia inesperada. Un coche nuevo, el enganche de un departamento, un gran "regalo" de un "pariente".
Usando viejos registros financieros a los que tenía acceso desde mi puesto administrativo, comenzamos a cruzar los gastos conocidos de Camila con la nómina de la empresa. Durante semanas, fue un callejón sin salida. Había sido cuidadosa. Su estilo de vida había mejorado después de que ella y Alejandro empezaron a salir, pero todo era explicable por la generosidad de él.
El avance vino de un lugar inesperado: mis propios recuerdos. Emilio me estaba interrogando sobre los días previos a la filtración, tratando de refrescar cualquier detalle olvidado.
—Piensa, Sofía. Cualquier cosa fuera de lo común. ¿Alguien nuevo merodeando? ¿Alguna conversación extraña?
Cerré los ojos, forzándome a volver a esa época. El recuerdo estaba nublado por el shock y el trauma que siguieron, pero me abrí paso. Recordé las largas noches que pasé en la oficina, finalizando los detalles de la propuesta. Recordé a Camila, siempre allí, trayéndome café, ofreciendo una palabra de apoyo, su presencia un zumbido constante y amistoso en el fondo.
—Siempre estaba haciendo preguntas —dije lentamente, una imagen borrosa comenzando a enfocarse—. Sobre la propuesta. Lo planteaba como curiosidad profesional. Decía que quería entender mejor el lado de la construcción del negocio, para ayudarla con el marketing.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Específicas. Sobre los materiales patentados que estábamos obteniendo, las innovaciones estructurales. Las mismas cosas que hacían única nuestra propuesta. Las cosas que el competidor, Grupo Garza Sada, de alguna manera logró replicar en su propuesta final.
Y entonces, otro recuerdo afloró. Una conversación que había escuchado por casualidad. Camila al teléfono, su voz baja y tensa. Estaba hablando de su "tía enferma" en otro estado, de la necesidad de enviar dinero para "gastos médicos".
—Su tía —dije, mis ojos se abrieron de golpe—. Siempre hablaba de una tía enferma. Decía que le estaba enviando dinero.
Emilio dejó de caminar. Una quietud de cazador se apoderó de él.
—¿Tenía una tía?
—Yo… no lo sé. Simplemente asumí que sí.
A Emilio le tomó menos de veinticuatro horas encontrar la verdad. Camila Navarro era hija única de un pueblo pequeño. Sus dos padres habían fallecido. No tenía tías, ni tíos, ni parientes cercanos de los que hablar.
La "tía enferma" era una ficción. Una tapadera para saber a dónde iba su dinero. O, más probablemente, de dónde venía.
—No estaba enviando dinero —dijo Emilio, su voz sombría mientras colgaba el teléfono con un contacto—. Estaba recibiéndolo. Pequeños depósitos de efectivo estructurados en una cuenta de un banco regional bajo el apellido de soltera de su madre. Siempre justo por debajo del umbral que obliga a los bancos a reportar a Hacienda. Durante seis meses, sumó casi cinco millones de pesos.
Fijó una impresión de los registros bancarios en el tablero. Ahí estaba. El dinero. No en una transferencia limpia y obvia, sino lavado lentamente, cuidadosamente, a través de un fantasma.
Se me cortó la respiración. Era real. Esto ya no era solo una teoría. Esto era evidencia.
—Es esto —susurré, mi mano extendiéndose para tocar el papel, como si su realidad pudiera ser absorbida a través de mis dedos.
—Es un comienzo —advirtió Emilio, su mirada suavizándose ligeramente—. Prueba que tenía una fuente secreta de ingresos que coincide con el escándalo. Pero no prueba que viniera de Grupo Garza Sada. Para eso, necesitamos encontrar a la persona al otro lado de la transacción. La persona en Grupo Garza Sada que le pagó.
Dibujó un círculo alrededor del nombre de la empresa rival en el tablero.
—Y ahí —dijo, volviéndose hacia mí, un destello de desafío en sus ojos—, es donde las cosas se ponen peligrosas.





