El imperio de las mentiras

-Para comprarla.

Las dos palabras quedaron suspendidas en el aire helado del enorme despacho, pesadas y contundentes como bloques de plomo. Siena parpadeó, dejando que una mezcla perfectamente calculada de indignación y pánico se reflejara en sus ojos oscuros. Sus dedos se aferraron al asa de su bolso gastado con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. No era necesario fingir el latido acelerado de su corazón; la adrenalina pura de estar por fin frente a la pieza clave de su venganza era muy real.

-Creo que me he equivocado de lugar -murmuró Siena. Su voz temblaba ligeramente mientras hacía el ademán de levantarse de la pesada silla de cuero-. Yo vine por una entrevista de trabajo, señor Blackwood. No soy una mercancía. Si me disculpa...

-Si cruza esa puerta, señorita Rojas, mañana por la mañana no tendrá dónde dormir.

La voz de Dante no se elevó ni un solo decibelio, pero golpeó como un látigo invisible en la habitación.

Siena se detuvo a medio camino, paralizada. Volvió a mirarlo. Dante ni siquiera se había inmutado. Seguía recostado en su sillón de diseño, observándola con la misma fascinación clínica que un científico dedicaría a un espécimen bajo el microscopio.

-Siéntese -repitió él, con un tono un poco más suave, pero infinitamente más peligroso-. La indignación moral es un lujo exclusivo para quienes pueden permitírselo. Usted, lamentablemente, tiene un saldo negativo en esa cuenta.

Lentamente, como si sus piernas ya no le respondieran, Siena volvió a dejarse caer en el asiento.

Dante abrió la delgada carpeta que descansaba sobre la superficie impecable de su escritorio. Sacó una hoja de papel y la deslizó hacia ella con un dedo largo y elegante. Era una copia exacta de su último aviso de desalojo. Luego deslizó otra: una factura médica con un sello rojo que dictaba "ACCIÓN INMINENTE". Y otra más: un aviso de demanda judicial de una implacable agencia de cobros.

-Quinientos treinta y dos mil dólares, para ser exactos -recitó Dante, sin necesidad de mirar los papeles-. Una deuda médica abrumadora por un tratamiento experimental que no funcionó, tarjetas de crédito al límite absoluto, préstamos estudiantiles con intereses usurarios. Su cuenta bancaria tiene exactamente treinta y cuatro dólares con quince centavos. El viernes a las cinco de la tarde, los cobradores no solo se llevarán las escasas posesiones que le quedan, sino que embargarán por ley cualquier salario futuro que pueda generar en su vida. Está ahogada, Siena. Y yo soy el único salvavidas a la vista.

Siena bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro cayera como una cortina para ocultar sus ojos. Por dentro, estaba profundamente impresionada. Camila, su contacto informático, había creado un rastro financiero falso tan hermético y convincente que incluso el equipo de inteligencia corporativa del imperio Blackwood se lo había tragado por completo. Habían visto exactamente lo que ella quería que vieran: una presa herida, sangrando desesperada en el agua.

-¿Por qué yo? -preguntó ella, levantando el rostro lentamente. Dejó que una lágrima solitaria, producto de su meticulosa técnica, se deslizara por su mejilla-. Hay cientos de mujeres en esta ciudad que matarían por estar en esta silla. Mujeres de su estatus. Modelos. Herederas.

Dante soltó una risa corta, áspera y totalmente carente de humor.

-Precisamente por eso. Las herederas tienen familias entrometidas, conexiones corporativas y ambiciones propias. Las modelos buscan fama y portadas de revistas. Traen consigo demasiada atención, demasiado ruido, y lo que es peor: hacen demasiadas preguntas. -Dante se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre el escritorio de obsidiana-. Yo no busco una compañera de vida. Busco una transacción limpia. Un negocio.

Abrió el cajón superior de su escritorio y sacó un documento grueso, encuadernado en cuero negro con el emblema de Industrias Blackwood repujado en oro. Lo colocó justo en el centro de la mesa, un abismo literal entre los dos.

-Hay una cláusula arcaica e irritante en el testamento de mi abuelo -explicó Dante, su tono volviéndose estrictamente profesional y aburrido-. Una condición legalmente blindada que estipula que no puedo acceder al control fiduciario total de las acciones de la compañía hasta que demuestre "estabilidad familiar". En resumen: necesito una esposa. Mi junta directiva está nerviosa por los recientes ataques de la prensa hacia mi estilo de vida, y mis rivales, incluido mi querido tío Julian, están esperando cualquier excusa mediática para destituirme.

Siena miró el documento como si estuviera a punto de explotar.

-Este contrato -continuó Dante, golpeando el cuero con el nudillo- establece los términos innegociables de nuestro matrimonio. Durará exactamente tres años. Ni un día más, ni un día menos.

-¿Tres años? -Siena fingió que le faltaba el aire.

-Durante ese tiempo, usted se mudará a mi residencia principal. Ocupará el ala oeste, yo el ala este. Tendremos habitaciones separadas. Será presentada a la sociedad como mi esposa. Asistirá a eventos benéficos, galas corporativas y cenas de negocios. Sonreirá, será educada, vestirá la ropa que mi equipo de imagen seleccione para usted y, sobre todo, será dócil. No emitirá opiniones públicas sobre mi empresa. No se inmiscuirá en mis asuntos privados. Y, por supuesto, la infidelidad está estrictamente prohibida por obvios motivos de imagen. Seremos la pareja perfecta para las cámaras. A puerta cerrada, seremos dos extraños que cumplen un acuerdo.

Siena tragó saliva de forma sonora, procesando las supuestas "condiciones" que, en realidad, le daban el acceso libre y directo que había estado buscando durante media década. Vivir en su casa. Ser intocable. Moverse por sus pasillos sin levantar sospechas. Era un escenario mucho mejor de lo que había planeado.

-¿Y a cambio? -preguntó, logrando que su voz sonara un poco más firme.

Dante asintió, una ligera chispa de aprobación brillando en sus ojos grises, como si agradeciera que finalmente estuvieran hablando en el idioma que él dominaba a la perfección: el del dinero.

-A cambio, en el instante en que su firma esté en este papel, mis abogados liquidarán la totalidad de sus deudas. Los quinientos treinta y dos mil dólares desaparecerán antes de que usted salga de este edificio. Recibirá una asignación mensual de cincuenta mil dólares, libres de impuestos, para sus gastos personales de los que no tendrá que rendir cuentas. Su vida dejará de ser una lucha miserable por la supervivencia y se convertirá en un lujo absoluto. Y cuando terminen los tres años, tras firmar los papeles del divorcio, se marchará con una liquidación de cinco millones de dólares y un acuerdo de confidencialidad inquebrantable. Nunca más tendrá que preocuparse por sobrevivir.

El silencio volvió a adueñarse del despacho, pero esta vez no era asfixiante, sino eléctrico. Dante sacó una pesada pluma estilográfica del bolsillo interior de su chaqueta a medida y la colocó con cuidado milimétrico junto al contrato.

-No voy a engañarla, señorita Rojas. Una vez que firme, su vida ya no le pertenece. Será mía durante treinta y seis meses. Yo dictaré dónde va, con quién habla y qué imagen proyecta frente al mundo. Si rompe los términos de confidencialidad, hace preguntas que no le corresponden, o arruina mi imagen pública, la destruiré con la misma rapidez y eficiencia con la que estoy a punto de salvarla. -Los ojos de Dante se clavaron en los de ella, implacables, buscando cualquier rastro de duda-. Tiene exactamente dos minutos para decidir si prefiere la calle o mi jaula de oro.

Siena bajó la mirada hacia el pesado documento negro. La pluma metálica reflejaba la luz fría de la ciudad. Cinco millones. Cincuenta mil al mes. Deudas borradas. El mundo entero vería la salvadora caridad de un magnate hacia una mujer rota.

Pero ella solo veía la llave maestra del reino que planeaba reducir a cenizas desde sus mismos cimientos.

Su padre había muerto mendigando clemencia, una oportunidad que los Blackwood le arrebataron con una firma. Ahora, el rey indiscutible de ese mismo imperio le exigía, a su manera retorcida y tiránica, que entrara por la puerta principal de su vida.

Levantó la mano derecha y tomó la pluma. Sintió un ligero temblor en los dedos, pero esta vez no era miedo. Era pura anticipación. Era el veneno de la venganza por fin en movimiento.

-¿Dónde firmo? -preguntó, manteniendo la voz como un susurro derrotado.

Dante sonrió. Fue una sonrisa depredadora, fría y absolutamente satisfecha.

-En la última página -indicó él, señalando el espacio punteado con elegancia-. Bienvenida a la familia, Siena.

Siena deslizó la pluma sobre el papel y trazó su nombre. El juego acababa de comenzar.

Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo

También te puede gustar

Logo
Tu guía para los mejores dramas cortos en línea. Avances de episodios gratuitos, información completa del elenco y enlaces a plataformas oficiales, todo en un solo lugar.
©2026 PinesDramas. Todos los derechos reservados.