El despacho era una extensión de la reputación de su dueño: vasto, imponente y gélido. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz crepuscular que se filtraba a través del ventanal de piso a techo, el cual ofrecía una vista panorámica y abrumadora del Paseo de la Reforma. Frente al cristal, dándole la espalda a la puerta, un hombre de hombros anchos y postura impecable revisaba unos documentos. Vestía un traje gris Oxford hecho a la medida que delataba un estatus inalcanzable.
Camila dio dos pasos hacia el interior y la pesada puerta de nogal se cerró a sus espaldas con un clic sordo, aislándola del resto del mundo.
-Cierre la puerta y siéntese -ordenó una voz sin girarse.
Camila se congeló. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe.
Esa voz. No era una voz común; era un barítono profundo, con una textura rasposa y una vibración tan fría que le provocó un escalofrío involuntario. Por un instante, una extraña e incómoda sensación de déjà vu la asaltó. El tono dictatorial y el sutil aroma amaderado que flotaba en el despacho le recordaron vagamente a la atmósfera de la noche en que su vida se arruinó. Sin embargo, Camila sacudió la cabeza mentalmente. «Es el pánico, estás paranoica», se regañó. Un magnate de las altas esferas como el líder del Grupo Santoro no tenía nada que ver con los oscuros manejos de su familia biológica.
Forzó a sus piernas a moverse y caminó hacia una de las sillas de cuero frente al monumental escritorio de caoba.
El hombre se giró lentamente.
Cuando Alejandro Santoro la miró de frente, Camila contuvo el aliento. Tenía facciones afiladas, una mandíbula cuadrada tallada con severidad y un cabello negro perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos eran de un gris tormentoso, penetrantes y calculadores. La intensidad de su mirada la intimidó de inmediato, infundiéndole un respeto casi felino.
Alejandro avanzó hacia el escritorio con la elegancia peligrosa de un depredador. Sin embargo, justo antes de sentarse, sus ojos se clavaron en el rostro de Camila y el implacable CEO se detuvo un milisegundo. Sus cejas perfectas se fruncieron sutilmente y una sombra de desconcierto cruzó por su mirada de piedra.
Por un segundo eterno, el silencio en la oficina fue tan denso que Camila temió que él pudiera escuchar el galope desbocado de su corazón. Alejandro la estudió con fijeza, como si un vago recuerdo intentara abrirse paso en su mente analítica, pero la suite de hace cinco años había estado en completa penumbra y la misteriosa mujer había huido antes del amanecer; no había un rostro claro en su memoria, solo una silueta y un aroma.
Alejandro rompió el contacto visual, se sentó y abrió la carpeta con el currículum de Camila.
-Señorita Mendoza -dijo, arrastrando las palabras con un desapego absoluto-. He visto su historial. Vivió los últimos cinco años en la costa, trabajando en empleos informales y de bajo perfil. No tiene experiencia reciente en corporativos de este nivel. ¿Qué la hace pensar que puede manejar la agenda del director general del Grupo Santoro?
Camila tragó el nudo de angustia en su garganta, enderezó la espalda y adoptó la máscara de profesionalismo que había ensayado.
-Es verdad que no tengo las credenciales recientes de las otras candidatas, señor Santoro -respondió, manteniendo la voz lo más firme posible-. Pero a diferencia de ellas, yo no busco este empleo para hacer carrera o socializar. Necesito este trabajo, y esa necesidad me hace la persona más eficiente que podrá contratar. No me asustan las jornadas largas, no tengo distractores y sé lo que significa trabajar bajo una presión extrema. Si me contrata, le garantizo una lealtad y una precisión absolutas.
Alejandro dejó el papel sobre el escritorio, entrelazó las manos y se inclinó hacia adelante, clavando nuevamente su mirada gris en ella. Una sonrisa cínica, casi imperceptible, adornó sus labios.
-La necesidad suele volver a la gente descuidada o propensa a la desesperación, señorita Mendoza. Y yo detesto los errores. Mis asistentes anteriores se fueron porque no soportaron mi ritmo. No tengo paciencia para las lágrimas ni para las excusas familiares.
-No habrá lágrimas, señor Santoro. Se lo aseguro -replicó ella, sosteniéndole la mirada con una audacia que sorprendió al propio magnate.
Alejandro la estudió en silencio durante varios segundos. Había algo en esa mujer, en la forma en que lo miraba con una mezcla de desafío y un temor profundamente oculto, que lo intrigaba. No se parecía a las herederas superficiales que sus tíos intentaban imponerle. Ella era real, desesperada, pero con un orgullo inquebrantable. Y en ese preciso momento, Alejandro tenía un problema enorme que resolver: el testamento de su abuelo exigía que estuviera casado en menos de un mes para poder asumir la presidencia total del imperio familiar.
Miró a Camila. Una mujer sin conexiones con la alta sociedad, desesperada por dinero, inteligente y con el carácter suficiente para no quebrarse ante él. Era la pieza de ajedrez perfecta para su plan.
-Dígame, señorita Mendoza... -Alejandro cerró la carpeta y se recostó en su silla, adoptando una postura imponente-. Además de ser mi asistente ejecutiva, ¿qué tan buena es siguiendo órdenes fuera de la oficina?
Camila frunció el ceño, alerta.
-No entiendo a qué se refiere, señor Santoro.
Alejandro se tomó un momento, disfrutando el control de la situación.
-Necesito una esposa, señorita Mendoza. Un matrimonio por contrato, estrictamente legal pero completamente falso, por la duración de un año. A cambio, estoy dispuesto a pagarle una suma de dinero que resolverá cualquier necesidad financiera que tenga, además de un bono inmediato esta misma tarde.
Camila abrió los ojos de par en par, sintiendo que el mundo se volvía a poner de cabeza. El frío y calculador millonario que tenía enfrente, un hombre al que acababa de conocer, le estaba proponiendo un matrimonio falso. No tenía idea de los giros crueles del destino, ni de que ese hombre implacable era, en realidad, el padre del hijo que la esperaba en casa.





