El gran regreso de mi exesposa

Eliana no había visto a Johnny en tres años, pero recordaba su rostro como si el tiempo se hubiera detenido.

Por lo tanto, se tambaleó hacia él y le agarró la muñeca. Johnny estaba hablando por celular, pero en cuanto la vio, sus cejas se fruncieron en señal de reconocimiento. Se dio cuenta de que era la mujer de abajo y la sospecha nubló su expresión.

Entonces, había venido para tener una aventura de una noche. Ella había descartado a esos tipos solo porque pensaba que no la merecían.

En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, Johnny le dio una mirada despectiva.

"Señorita, debería comportarse con más decoro", dijo tan gélidamente como el viento invernal, creyendo que ella quería arrojarse a él.

Pero antes de que pudiera agregar más, Eliana levantó la mano y le dio una fuerte bofetada. Se escuchó un estruendo, y él se quedó aturdido.

"¡Bastardo!", escupió con voz temblorosa debido a la emoción reprimida.

Después de la bofetada, el mundo empezó a girar, como un carrusel fuera de control. El alcohol la golpeó con fuerza y se desplomó, cediendo al mareo.

Los reflejos de Johnny fueron más rápidos que sus pensamientos, ya que la atrapó antes de que cayera al suelo. "Oye, despierta", insistió sacudiéndola suavemente, pero Eliana seguía con los ojos cerrados. "Tú...", murmuró débilmente. "Eres un bastardo...".

Él se quedó mirándola como si le hubieran quitado el aire.

Cuando la llevó a su sala, Carl casi derramó su bebida sobre la mesa. Tenía los ojos muy abiertos.

"¿Qué diablos pasó? ¿No es la mujer de abajo? ¿Qué le hiciste?". La reconoció de inmediato: era la misma mujer que había derribado a varios hombres con tenacidad. Su atractivo rostro era imposible de olvidar.

"No tengo idea", susurró Johnny. La confusión estaba grabada en su rostro mientras la dejaba cuidadosamente en el sofá.

A la mañana siguiente, Eliana se despertó y sintió como si le estuvieran golpeando la cabeza desde dentro.

Parpadeó ante la intensa luz y se dio cuenta de que estaba sola, abrigada con un traje oscuro que no era suyo.

Fragmentos de la noche anterior pasaron por su mente. ¿De verdad había visto a Johnny y le había dado una bofetada?

Era imposible. Se suponía que él estaba en el extranjero.

Tal vez lo había confundido con otra persona. Sin embargo, quienquiera que fuera, no había tomado represalias, lo que era extrañamente decente, considerando que lo había abofeteado sin ninguna razón.

Mientras intentaba armar el rompecabezas, sonó su celular. Era una llamada de Stefan Boyd. Había sido un compañero de un grado superior en sus días universitarios, y ahora trabajaba en el hospital más prestigioso de Tricvale.

"Hola, Stefan", murmuró ella, todavía con sueño.

"Eliana, Brenna me dijo que planeas volver a trabajar", respondió él enérgicamente.

"Así es", dijo ella. Le sorprendía que la noticia se hubiera difundido tan rápido.

"¿Estás libre ahora? Tenemos un caso urgente: una joven de diecinueve años sufrió un grave accidente automovilístico. Nadie ha podido estabilizarla. Esperaba que pudieras venir para echar un vistazo".

"Enseguida voy", expresó Eliana. La urgencia en la voz del hombre la despertó por completo.

Ni siquiera se molestó en cambiarse la ropa del día anterior antes de salir corriendo.

Mientras iba al hospital, revisó el estado de la paciente en su celular, analizando los detalles críticos. Pero el tráfico era una pesadilla, y con cada segundo, la condición de la paciente se volvía más precaria. El tiempo se estaba acabando.

Antes de que ella llegara, Stefan ya se estaba preparando para lo peor. "No podemos esperar más", susurró con resignación. "Incluso si Eliana viene ahora, podría ser demasiado tarde".

"Dile a la familia el resultado", ordenó sombríamente a uno de los médicos.

"Stefan, ¿sabes quién te espera afuera? Los Allen no son una familia común; tienen una enorme influencia. Es su única hija. Si les decimos que morirá, podrían arruinarnos", advirtió el médico en un susurro.

"Estoy consciente de quiénes son", contestó Stefan solemnemente. "Pero tenemos que decirles la verdad; no hay otra manera".

Los médicos aceptaron de mala gana y salieron para comunicarles la desgarradora noticia.

"Lo sentimos; hemos hecho todo lo que pudimos", anunció uno de ellos.

Leah Allen, la madre de la muchacha, agitó la cabeza y suplicó con voz temblorosa: "¡No, por favor! ¡Pagaré lo que sea para salvar a mi hija! ¡Debe haber algo más que puedan hacer!".

Otro médico declaró con tono sombrío: "Su hija llegó demasiado tarde. Su corazón casi fue perforado; tiene heridas graves en su cabeza y piernas. Ni siquiera un milagro podrá salvarla. E incluso si sobrevive, es probable que nunca vuelva a caminar".

Ante esas palabras, las piernas de Leah cedieron, pero su esposo la atrapó antes de que cayera.

"No... Mi hija estará bien...", susurró ella, negándose a aceptar la cruda realidad.

De repente, una voz autoritaria cortó la tensión como un cuchillo: "Déjenme intentarlo".

Stefan se dio la vuelta y abrió mucho los ojos cuando la reconoció. "Por fin llegaste", murmuró aliviado y sorprendido.

Eliana avanzó en grandes zancadas. Su presencia dominaba el lugar. "Preparen todo", ordenó decisivamente.

Stefan vaciló con preocupación. "Su corazón apenas está latiendo. ¿Estás segura de que puedes hacer esto?".

"¿Cómo lo sabremos si no lo intento?", replicó ella. No había tiempo para dudar.

Eliana había llegado del bar, así que el olor a alcohol estaba impregnado en su ropa. La máscara le cubría el rostro, pero el olor persistía como un cruel recordatorio de la noche anterior.

Vance Allen, el padre de la niña, la miró con recelo. "¿Qué clase de doctora eres? ¡Parece que acabas de salir de la universidad! ¿Y es alcohol lo que huelo? ¿Cómo puedes salvar a mi hija?".

"He bebido un poco, pero eso no me impedirá hacer mi trabajo. Ahora muévanse, o su hija podría morir", respondió Eliana con voz inquebrantable.

Luego, entró al quirófano, concentrada únicamente en la tarea en cuestión. El estado de la paciente era grave, pero Eliana se movía con la precisión de alguien que había bailado ese baile mil veces.

Habían pasado tres años desde la última vez que sostuvo un bisturí, pero los movimientos parecían instintivos, como si no hubiera pasado ni un día.

Los demás médicos la observaron con los ojos muy abiertos. "Ella es... increíble. Nunca he visto nada igual".

"Espera... ¿El corazón de la paciente... está latiendo de nuevo? ¿Acabamos de presenciar un milagro?".

La tensión era palpable mientras todos contenían la respiración. Stefan exhaló un suspiro y el alivio se apoderó de su rostro. No había duda de que Eliana era una excelente doctora.

Pero hacía tres años se alejó de todo, anunció su repentino matrimonio y juró no volver a realizar ninguna cirugía. Stefan pensó que era una tragedia que se desperdiciara tanto talento.

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