Solana Toledo POV:
Mi amiga Helena me miraba, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de lástima y frustración. Había sido testigo de mi lento declive, de mi esperanza ciega en un hombre que no me veía.
"Solana, no puedo verte así," dijo, su voz firme. "Te mereces más."
Ella no sabía la verdad, la verdadera y caótica historia de cómo Damián y yo terminamos juntos. Era un secreto que guardaba como una herida secreta. Un secreto que Eugenia, la serpiente, había retorcido para usarlo en mi contra.
Yo había amado a Damián desde la universidad. Lo adoraba. Era mi sol, mi luna. Pero él siempre estuvo con Eugenia. Ella era la "inteligente", la "perfecta". Yo, la "tímida", la "que pasaba desapercibida".
Un eclipse lunar. Esa noche, Damián y yo estábamos en la fiesta de fin de carrera. Eugenia había "desaparecido" con un chico nuevo, Damián estaba desolado. Yo estaba allí, como siempre, en las sombras. La atracción entre nosotros, una chispa que siempre había estado, se sintió poderosa, innegable bajo la luz plateada.
Helena, mi mejor amiga, mi leal confidente, no podía soportar mi dolor silencioso. Esa noche, me arrastró lejos de la fiesta, con la excusa de que necesitábamos aire fresco. Me llevó a un callejón oscuro, donde Damián, ahogado en alcohol y tristeza por la "desaparición" de Eugenia, estaba solo.
"No te resistas, Solana," me dijo Helena, sus ojos brillantes de una determinación feroz. "Es por tu bien. Por el bien de todos."
Antes de que pudiera reaccionar, Helena me inmovilizó los brazos. Recuerdo la confusión, el pánico. Luego, un olor dulce y penetrante. Me mareé al instante, mi visión borrosa.
"¿Qué... qué haces?" tartamudeé, mis palabras arrastradas.
Helena sonrió, una sonrisa extraña que nunca le había visto. "Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo, Solana. Te ama, solo que es demasiado ciego para verlo."
Mis ojos se posaron en Damián, tambaleándose contra la pared del callejón. Su mirada, aunque perdida, se encontró con la mía. Había algo en ellos, una chispa de reconocimiento, de anhelo.
"Helena, no..." intenté decir, pero mi cuerpo no respondía.
Ella me acercó a él. Mi mundo dio vueltas. Su olor, un aroma a madera y algo más profundo, me envolvió. Era la fragancia de Damián, de su esencia. Mi cuerpo reaccionó, una punzada de deseo a pesar de la confusión. Era una electricidad innegable, animal.
"Disfruta," susurró Helena, y la vi alejarse. Clic. La puerta del callejón se cerró, dejándonos solos en la penumbra.
La mañana siguiente, Damián me miró con una mezcla de sorpresa y algo que creí era miedo.
"Solana," comenzó, su voz ronca. "No sé... No recuerdo lo de anoche con claridad, pero... me haré responsable."
Mi corazón dio un vuelco. Responsable. No amor. No pasión. Solo responsabilidad. Pero en ese momento, mi amor por él era tan grande que me aferré a esa palabra como un náufrago a un trozo de madera.
"No te preocupes, Damián," le dije, forzando una sonrisa. "Estaremos bien."
Mis manos, que ahora temblaban mientras curaba las heridas de Mateo, eran un espejo de la inseguridad que sentía ese día. Yo había querido creer que era el comienzo de algo. Que él me vería finalmente. Que me amaría. Ingenua. Qué estúpida había sido.





