El Favor de La Dama Primera

Desperté de mi trance de venganza por el caos que estalló fuera de mi puerta. Pasos apresurados corrían por el pasillo, voces gritaban órdenes y el nombre de Isabella se repetía como una letanía desesperada.

"¡Rápido, un médico! ¡La señorita Isabella está herida!"

"¡Que alguien llame al hospital! ¡Ahora!"

Me levanté y me vestí con calma, eligiendo un sencillo vestido de montar en lugar del ostentoso traje de charra que había usado en mi vida anterior. Cada movimiento era calculado. Escuché a través de la puerta cómo uno de los sirvientes, Manuel, intentaba organizar la situación.

"La Primera Dama está a salvo, gracias a Dios. Pero la señorita Isabella... intentó hacer la maniobra de la señorita Sofía y el toro la golpeó."

Sonreí para mis adentros. Por supuesto. Isabella, en su afán de robar mi vida, había intentado imitar mi movimiento más famoso, la "mariposa Valente", una peligrosa pasada cerca de los cuernos del toro. Pero ella no tenía mi habilidad, solo mi ambición. Y le había costado caro.

Abrí la puerta de mi habitación. El pasillo era un manicomio. Varios empleados corrían de un lado a otro. Me vieron y se quedaron helados, como si hubieran visto un fantasma.

"Señorita Sofía...", balbuceó una de las criadas.

Ignorándolos, empecé a caminar hacia la salida. Mi objetivo no era el hospital donde seguramente llevarían a Isabella. Mi objetivo era mucho más importante.

"¡Señorita, espere!", una voz me detuvo. Era María, la ama de llaves, una mujer que siempre había mostrado un favoritismo descarado por Isabella. Se interpuso en mi camino, su rostro una máscara de desaprobación.

"¿A dónde cree que va? Su hermana está gravemente herida. Sus padres están con ella. Debería estar allí, apoyando a su familia."

La miré directamente a los ojos, con una frialdad que la hizo retroceder un paso.

"¿Mi familia?", repetí, mi voz era seda helada. "¿La misma familia que me dejó encerrada en mi habitación mientras empujaban a mi hermana sin experiencia a enfrentarse a un toro de quinientos kilos para ganar favores políticos?"

María se quedó sin palabras, su rostro palideció. Se dio cuenta de que yo sabía. Sabía que mis padres me habían encerrado, creyendo que me negaría a participar por algún capricho, y habían enviado a Isabella en mi lugar sin decirme nada. En mi vida anterior, yo estaba tan ansiosa por ser la heroína que ni siquiera me di cuenta de la cerradura.

Este pequeño detalle, esta pequeña traición, era solo el comienzo. Me demostraba que su plan para reemplazarme había comenzado mucho antes de mi "accidente".

"No sé de qué habla", mintió débilmente. "Sus padres solo querían..."

"Sé exactamente lo que querían", la corté. "Y ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender."

Intenté pasar, pero ella volvió a bloquearme el paso, esta vez con más determinación.

"No puedo dejarla ir. Son órdenes del señor Valente. Dijo que usted no debía salir de la hacienda."

Una rabia fría y controlada subió por mi columna vertebral. Mis propios padres, en medio de la crisis de Isabella, ya estaban pensando en cómo controlarme.

"Quítate de mi camino, María", dije, mi voz baja y peligrosa.

"No, señorita. Lo siento."

Mi mirada se posó en una fusta de montar que colgaba de un perchero en el pasillo. La tomé con un movimiento rápido. No la levanté para amenazarla, simplemente la sostuve en mi mano. El cuero trenzado se sentía sólido, real.

"María", dije lentamente. "¿Sabes quién pagó por esta casa? ¿Quién construyó el nombre de esta familia? Fue mi abuelo. El apellido Valente tiene peso en este país gracias a él, no a mi padre. Tú trabajas para la casa Valente, y en este momento, la única Valente con verdadero poder aquí soy yo."

Sus ojos se abrieron con miedo. No esperaba esta versión de Sofía. Estaba acostumbrada a la chica dócil, a la que siempre ponía a los demás primero.

Justo en ese momento, mis padres aparecieron al final del pasillo. Mi padre, Rodrigo Valente, y mi madre, Elena. Sus rostros estaban pálidos por la preocupación por Isabella, pero al verme, su expresión se endureció.

"¡Sofía!", gritó mi padre. "¿Qué demonios estás haciendo? ¡Tu hermana está camino al hospital y tú estás aquí, jugando con fustas! ¡Vuelve a tu habitación ahora mismo!"

"No", respondí con calma.

Mi madre se acercó, su voz era un siseo venenoso. "¡Insolente! ¡Todo esto es tu culpa! Si hubieras hecho lo que tenías que hacer, ¡Isabella no estaría herida!"

La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. Me culpaban por no haberme sacrificado por ellos.

"Tenéis razón", dije, y ambos se sorprendieron por mi aparente acuerdo. "Fue mi culpa. Mi culpa por pensar que esta familia valía algo. Mi culpa por no darme cuenta antes de la clase de víboras que son."

"¡Cómo te atreves!", rugió mi padre, levantando la mano para abofetearme.

Pero yo estaba preparada. Antes de que su mano pudiera alcanzarme, saqué algo de mi bolsillo. Era pequeño, de metal, y brillaba bajo la luz del pasillo.

El sello personal de la Primera Dama. Me lo había dado en mi vida anterior, después del accidente, un símbolo de su gratitud y una promesa de ayuda si alguna vez la necesitaba. En esta nueva vida, me aseguré de recuperarlo de mi joyero antes de salir de la habitación.

Se lo mostré. La mano de mi padre se detuvo en el aire. Los ojos de mi madre se abrieron como platos. Conocían ese sello. Representaba el acceso directo a la mujer más poderosa del país.

"Me voy", anuncié, mi voz resonando en el pasillo silencioso. "Voy a ver a la Primera Dama. Estoy segura de que estará muy interesada en saber cómo la familia Valente pone en peligro a sus hijas solo para conseguir un poco de atención."

El pánico reemplazó la ira en sus rostros.

"No te atreverías...", susurró mi madre.

"Pruébenme", la desafié. "Recuerden una cosa", añadí, mirándolos con todo el desprecio que sentía. "Ustedes dos no eran nadie antes de casarse con el apellido de mi madre y heredar la fortuna de mi abuelo. Son Valente solo de nombre. Todo lo que tienen, lo tienen gracias a mi sangre, no a la suya. Nunca lo olviden."

Sin decir una palabra más, me di la vuelta y me dirigí a las caballerizas. Mi padre y mi madre estaban demasiado aturdidos para detenerme. María se había hecho a un lado, temblando.

En las caballerizas, mi caballo más preciado, un magnífico azteca negro como la noche llamado Furia, me esperaba. En mi vida anterior, Furia murió protegiéndome. Ahora, estaba vivo y lleno de energía.

Monté de un salto, sin necesidad de silla. Furia sintió mi urgencia y mi determinación.

Salí de la hacienda al galope, dejando atrás las caras conmocionadas de mi familia y sus sirvientes. No miré hacia atrás.

Mi pasado estaba en llamas detrás de mí. Y yo cabalgaba hacia mi venganza.

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