La luz suave del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de las cortinas, bañando la habitación en un tono dorado y cálido. El reloj de la mesita de noche marcaba las seis en punto, y Carlos ya estaba despierto, con los ojos entrecerrados y la mente aún embotada por el cansancio de la noche. El dolor en su cabeza era sutil, pero presente, una consecuencia del exceso de alcohol y el estrés acumulado de los días previos. Miró alrededor de la habitación, confundido por un momento, tratando de ubicarse. No era su cuarto. No estaba en su casa. De hecho, no tenía idea de dónde se encontraba exactamente.
Lo primero que notó fue la cama en la que se encontraba. No estaba solo. A su lado, Victoria seguía dormida, su cuerpo enrollado en las sábanas, con el rostro oculto por su largo cabello oscuro. Carlos frunció el ceño. No podía recordar con claridad cómo había llegado hasta allí. Había estado esperando a una amiga en esa habitación, pensó. Había cerrado la puerta para tener un poco de privacidad y... luego nada. Un vacío en su mente lo desorientaba.
En su pecho, sentía la pesadez de la decisión que había tomado. No solo la confusión del lugar, sino la sensación de haber hecho algo impulsivo, algo que no había planeado. Se giró para mirarla mejor, observando cómo respiraba suavemente, completamente ajena al desorden de la noche. Ella estaba profundamente dormida, completamente alejada de la realidad de lo sucedido. El recuerdo de sus cuerpos entrelazados, de la pasión que había compartido con ella, lo hacía sentirse como un extraño en su propia piel. No conocía su nombre, ni qué hacía exactamente allí, ni por qué había permitido que esa mujer compartiera su cama en primer lugar. Solo sabía que algo había sucedido y que ahora, de alguna manera, se sentía culpable por no saber quién era ella ni por qué no le había hecho preguntas antes.
Carlos se levantó con cuidado, intentando no hacer ruido, y miró hacia la ventana. El hotel seguía en silencio. El murmullo lejano de la fiesta que había tenido lugar la noche anterior ya se había desvanecido, y todo lo que quedaba era una calma incómoda. Sintió un impulso de irse, de dejar todo atrás antes de que Victoria despertara, antes de que las preguntas que sin duda surgirían pudieran alcanzarlo. Algo en su interior lo empujaba a salir de esa habitación lo más rápido posible, antes de que cualquier tipo de explicación tuviera que darse.
Se vistió rápidamente, el ruido de sus zapatos sobre el piso de madera resonando en la habitación. No la miró una última vez. No quería ver la cara de la mujer con la que había compartido una noche que, aunque intensa, ahora se sentía vacía, incluso surrealista. Carlos había estado acostumbrado a la soledad, pero nunca a la confusión de una madrugada como esta. Abrió la puerta con sigilo y, en un parpadeo, se desvaneció en el pasillo, sin dejar rastro de su presencia. No había vuelta atrás. En su mente, no tenía sentido quedarse, y tampoco sabía si era lo correcto. Salió del hotel sin siquiera mirar atrás.
La luz del día golpeó el rostro de Victoria con suavidad, haciéndola despertar lentamente. La confusión llenó su mente de inmediato. Estaba en una habitación desconocida. No estaba en su casa ni en el salón de la fiesta. Su corazón dio un salto de alarma, y su cabeza comenzó a dar vueltas. Se sentó en la cama, respirando con dificultad, mientras intentaba organizar sus pensamientos. Algo había pasado, algo que su mente no lograba procesar. La sensación de desorientación era abrumadora.
Miró a su alrededor, tratando de recordar cómo había llegado allí. La habitación era elegante, sofisticada. No era el tipo de lugar en el que se sentiría cómoda normalmente, y por un momento se preguntó si había hecho algo de lo que ahora no estaba segura. A su lado, la almohada aún conservaba el calor de la figura que había estado junto a ella, pero al mirar, la cama estaba vacía. El sudor frío recorrió su espalda mientras intentaba recordar. Todo lo que tenía era la sensación vaga de que algo había sucedido. Un tumulto de imágenes se formaba en su mente: flashes de un beso, de un cuerpo que no reconocía, de una sensación de deseo que la envolvía, pero nada era claro. Era como si todo estuviera cubierto por una niebla espesa.
Se levantó rápidamente, tocando su rostro, notando la suave palpitación en sus mejillas. ¿Qué había pasado anoche? Recordaba haber estado en la fiesta, haberse sentido atrapada en una especie de opresión emocional, deseando escapar. Pero luego... ¿cómo había terminado allí? No recordaba los detalles, solo la confusión, el alcohol que aún sentía en su cuerpo, y la sensación de haber perdido el control. El nombre del hombre con el que había compartido la noche no existía en su mente, y eso la inquietaba aún más. Se miró en el espejo del cuarto de baño, tocando su rostro con suavidad, buscando alguna pista, algo que la ayudara a entender lo sucedido.
Una pequeña punzada de dolor le recorrió la cabeza, y Victoria se dio cuenta de que su cuerpo estaba cargado con una sensación extraña. ¿Había hecho algo que no quería? La culpa la invadió sin razón. Sabía que no debería haber bebido tanto, pero las circunstancias de la noche le habían empujado a buscar consuelo en el alcohol, como si ese fuera el único escape posible. Sin embargo, esa no era una justificación. El desasosiego seguía doliendo, una sensación de vacío que no podía explicarse.
Volvió a la cama, se sentó en el borde y se cubrió la cara con las manos, intentando pensar en qué había hecho mal. Sentía que había cruzado una línea, aunque no estaba completamente segura de qué línea era esa. ¿Había sido ella quien había provocado todo? ¿O fue el extraño que ahora había desaparecido? Esa idea la inquietaba, le daba vueltas en el estómago.
El silencio de la habitación se hizo abrumador. Se levantó nuevamente, decidida a salir de allí y a buscar respuestas. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla, su mirada cayó sobre la almohada en la que Carlos había estado recostado. El sutil aroma de su perfume flotaba en el aire, una fragancia masculina que ahora parecía opresiva. Victoria se quedó observando la habitación por un momento más, sintiendo una mezcla de miedo y necesidad de escapar.
Al abrir la puerta, un vistazo al pasillo vacío confirmó lo que ya sospechaba: él se había ido. Pero, ¿quién era él? ¿Cómo podía ser que una noche entera hubiera pasado sin que supiera ni siquiera su nombre?
Victoria se sintió completamente sola. Las respuestas no llegaban, y la confusión se instalaba más profunda en su pecho. Todo lo que sabía era que esa noche había marcado un antes y un después, y que ya nada sería igual.
La sensación de confusión y soledad la acompañó mientras se vestía rápidamente, el pensamiento enloquecedor de haber compartido algo tan íntimo con alguien a quien no conocía ni reconocía pesando sobre ella. ¿Era esa la manera en que su vida debía continuar? ¿Era esa la salida que había estado buscando, la escapatoria momentánea de su mundo perfecto, pero vacío?
Carlos ya no estaba allí, pero el vacío que había dejado parecía más grande que nunca.





