El Engaño de un Amor Pasado

El grito de sorpresa y alegría de María fue el sonido que rompió el hechizo. La multitud estalló en aplausos y chiflidos. Las amigas de María la abrazaban y saltaban, mientras ella, con lágrimas en los ojos, extendía su mano para que Ricardo le pusiera el anillo.

"¡Sí! ¡Sí, quiero!"

Sofía se quedó ahí, en medio del júbilo, completamente helada. El ruido de la celebración era un zumbido distante en sus oídos. Podía ver las caras felices, los abrazos, la pareja radiante recibiendo felicitaciones, pero todo parecía una película muda. Su mente se negaba a procesar la escena. El hombre que le había jurado amor eterno en otra vida acababa de proponerle matrimonio a otra mujer, a una mujer que apenas conocía, en una demostración pública diseñada para humillarla.

No. No para humillarla. Para borrarla.

Ese pensamiento fue lo que finalmente la hizo reaccionar. Un dolor agudo y punzante se extendió desde su pecho hasta la punta de sus dedos. Se dio la vuelta bruscamente, abriéndose paso entre la gente que ni siquiera notaba su presencia. Tropezó, se empujó, con la única necesidad de escapar de allí.

Corrió sin ver, con las lágrimas nublándole la vista. No se detuvo hasta que llegó a su pequeño departamento. Cerró la puerta de golpe y se deslizó por ella hasta el suelo, finalmente permitiéndose soltar un sollozo ahogado.

Se abrazó las rodillas y lloró. Lloró por la traición, por la promesa rota, por su estúpida esperanza. Lloró por la Sofía de la vida pasada, que murió creyendo en un amor que era una mentira.

Su madre entró poco después, encontrándola hecha un ovillo en el suelo.

"Mi niña, ¿qué pasó? Te vi salir corriendo. ¿Ricardo…?"

Sofía no pudo responder. Solo negó con la cabeza, incapaz de formar palabras. Su madre no insistió. Se sentó a su lado en el suelo, la rodeó con sus brazos y la dejó llorar. El calor del abrazo de su madre era lo único real en ese momento.

Esa noche, mientras yacía en la oscuridad de su habitación, los fragmentos de su vida pasada comenzaron a reordenarse en su mente. De repente, todo cobraba un sentido horrible.

Recordó el día que Ricardo le propuso matrimonio en su vida anterior. Fue en su cumpleaños, después de una cena modesta. Le dio un anillo sencillo, de plata. Ella lloró de felicidad. Ahora se daba cuenta de que ese mismo día, por la tarde, habían ido a una fiesta en la fábrica donde María, la misma María, había sido coronada Reina de Belleza. Ricardo había insistido en ir.

Recordó todas las veces que él la había convencido de ir a eventos de la fábrica vecina. Las kermeses, los bailes. Él siempre decía que era para "hacer contactos". Ahora entendía. No eran contactos lo que buscaba. Era a ella.

Recordó cómo Ricardo, en su vida pasada, siempre se quejaba de no tener suficiente dinero para llevarla a lugares bonitos, pero de alguna manera siempre encontraba la forma de comprarle pequeños regalos a María. "Solo es un detalle de amigo," decía él. "No seas celosa, Sofía."

La verdad la golpeó con la fuerza de un tren. Ricardo no había renacido para arreglar las cosas con ella. Había renacido para conseguir a la mujer que siempre quiso y nunca pudo tener. En su vida anterior, él era un don nadie, un trabajador más con una novia sencilla. No tenía nada que ofrecerle a la Reina de Belleza.

Pero en esta vida, con el conocimiento del futuro, se había reinventado. Se convirtió en un estudiante brillante, el futuro ingeniero con un porvenir prometedor. Se convirtió en el tipo de hombre que María aceptaría.

Todo el esfuerzo, toda la ambición, no era para ellos. Era para ella. Sofía solo había sido el trampolín, la opción segura, la tonta que lo apoyaría mientras él planeaba su verdadera conquista. La promesa en su lecho de muerte no fue una declaración de amor. Fue un lamento egoísta por no haber logrado sus verdaderos deseos.

Lloró de nuevo, pero esta vez con una rabia fría que le secó las lágrimas. Lloró por su propia ceguera, por haber sido tan fácil de engañar, no una, sino dos veces. Lloró hasta que no le quedaron fuerzas, hasta que sus ojos se hincharon y su garganta dolió.

Cuando el sol comenzó a filtrarse por la ventana, Sofía se levantó. Se miró en el espejo. Su rostro estaba devastado, pero en sus ojos había una nueva determinación. Ya no más lágrimas por Ricardo. Se lo debía a su madre, que la había cuidado toda la noche. Se lo debía a sí misma.

Al día siguiente, en la fábrica, el compromiso de Ricardo y María era el único tema de conversación.

"Dicen que le dio un anillo de diamantes de verdad," susurraba una compañera en la línea de producción.

"Y que ya está buscando un departamento para que vivan en una zona más bonita de la ciudad," añadía otra.

Sofía apretaba los tornillos de los componentes electrónicos, uno tras otro, con una precisión mecánica. Cada comentario era como echarle sal a la herida.

Escuchó cómo Ricardo le había comprado a María un vestido carísimo para celebrar su compromiso. Recordó todas las veces que en su vida pasada le había dicho que no podían permitirse ni una salida al cine porque tenían que ahorrar. Recordó cómo ella había usado el mismo vestido para tres bodas diferentes porque él decía que "no era necesario gastar en esas tonterías."

No es que no supiera ser romántico. No es que no supiera ser generoso. Simplemente, nunca había querido serlo con ella.

Esa comprensión fue la última pieza del rompecabezas. La que finalmente mató cualquier rescoldo de sentimiento que pudiera quedar. El amor se convirtió en cenizas.

Poco a poco, los chismes sobre la pareja de oro se fueron apagando, reemplazados por las quejas del día a día. El calor, el jefe, el sueldo. La vida seguía.

Y Sofía, en silencio, comenzó a trazar su propio plan. Ricardo no era el único que recordaba el futuro.

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