Stella y Luna tomaron el ascensor hasta el último piso.
Por el camino, Luna estaba muy entusiasmada. No paraba de hablarle a Stella de la empresa.
"El despacho del CEO ocupa toda la planta superior. Está fuera del alcance de la mayoría de los empleados. Solo los que informan directamente a él o tienen algo de extrema importancia pueden ir allí".
Stella escuchó en silencio.
Quería aprender todo lo posible sobre su nuevo jefe, así que agradeció la información.
De repente, Luna hizo una pausa. Entonces, se volvió hacia la otra y le preguntó con indiferencia:
"He oído que antes trabajabas en una de las sucursales del Grupo Prosperity en el extranjero. ¿Por qué te trasladaron a la sede central? ¿Conocías al señor Clark?".
La curiosidad brillaba en sus ojos. Estaba claro que quería averiguarlo por puro chismoseo.
Nunca en la historia de la sede del Grupo Prosperity se había contratado o trasladado a nadie sin pasar por ninguna entrevista. De hecho, el proceso para convertirse en empleado aquí era más largo que el de la mayoría.
Stella batió ese récord.
Entre los demás empleados se había especulado con que ella no era una persona corriente. En consecuencia, Luna quería saber por qué el mismo CEO había hecho trasladar a Stella.
No era ninguna novedad que la mayoría de los que intentaban conseguir este trabajo fracasaban en la fase de presentación del currículum. Esto se debía a que Matthew tenía requisitos estrictos.
En ese momento, la pregunta indiscreta de Luna hizo fruncir el ceño a Stella. No le gustaba que nadie intentara meter las narices en los asuntos de los demás. Entonces miró el carné de trabajo de Luna y dijo fríamente:
"Se supone que los profesionales de relaciones públicas tienen un alto coeficiente intelectual. Suelen tener la cabeza en el trabajo".
Lo que dijo fue que Luna se estaba pasando de la raya.
En cuanto Stella terminó de hablar, el ascensor se detuvo en la última planta y salió sin mirar a su compañera.
A Luna se le ensombreció el rostro.
Apretando los dientes, miró la espalda de la otra mientras salía del ascensor.
¿Quién se creía que era esta recién llegada? ¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono?
Las dos esperaron fuera del despacho.
Luna echó un vistazo a su reloj y se fue a un rincón a hacer una llamada. Cuando volvió, le dijo a Stella:
"El señor Clark sigue de camino. Tenemos que esperar un poco más".
Stella asintió en señal de comprensión.
Nadie dijo nada durante unos segundos. De repente, Luna intervino en tono despreocupado:
"¿Quieres saber por qué el señor Clark llega tarde?".
Aún enojada con Stella por haberla hecho callar, Luna quería dejar las cosas claras. Tenía la intención de hacer que su compañera se bajara de su pedestal.
A Stella le daba igual lo que su jefe hiciera fuera de la oficina. Por eso, solo respondía con el silencio.
Negándose a captar la indirecta, Luna dijo con voz molesta:
"Verás, su esposa acaba de volver hoy. Ha dejado a un lado el trabajo de hoy para ir a recogerla al aeropuerto. Es un esposo muy dulce". Con ojos soñadores, Luna se cruzó de brazos y añadió con pesar y admiración: "Es una pena que se haya casado tan pronto. Su esposa es una mujer afortunada. Me pregunto cómo será".
Esas palabras le recordaron a Stella lo que le había pasado antes.
Parecía que algunas mujeres tenían suerte de tener buenos esposos. Su jefe, Mathew, parecía mejor que Maverick.
Después de esperar en el aeropuerto durante casi una hora, este le envió un breve mensaje diciendo que no podía ir porque estaba ocupado.
Qué excusa más ridícula. ¿Podría estar más ocupado que el CEO del Grupo Prosperity?
De repente, el ascensor tintineó.
Luna se acomodó rápidamente la ropa y se peinó con los dedos. Tras esbozar una sonrisa, tiró de Stella.
Las puertas del ascensor se abrieron lentamente.
Un hombre vestido con un traje a medida se dirigió hacia ellas con una mano en el bolsillo.
Tenía unas piernas largas que le hacían dar pasos de gigante. Sus hombros eran anchos y su cintura ligeramente estrecha. Sus rasgos angulosos eran como los de un modelo musculoso y atractivo.
Stella calculó que medía más de metro ochenta.
El aura de nobleza que desprendía era muy fuerte. Stella era incapaz de apartar los ojos de él.
"Buenos días, señor Clark".
La voz de Luna interrumpió la observación de Stella.
Con una pequeña reverencia, esta se presentó.
"Hola, señor Clark. Soy la profesional de relaciones públicas trasladada desde la sucursal de la empresa en el extranjero. Me llamo Stella Anderson".
Al oír ese nombre, el hombre enarcó las cejas sorprendido.
El nombre le sonaba. Sin embargo, no sabía dónde lo había oído.
Sus cejas se fruncieron con sutil confusión. Al segundo siguiente, señaló una puerta.
"Hablemos en mi despacho".
Y entró en el despacho.
Stella lo siguió sin vacilar.
————
Sentado ante su escritorio, Matthew ojeó el expediente que tenía en la mano.
Había elegido específicamente a Stella para que fuera su agente personal de relaciones públicas porque había logrado grandes hazañas en la sucursal de la empresa el año pasado. Sus registros mostraban que había ayudado a la empresa a salir de varias situaciones que podrían haber dañado su reputación.
Y lo que era más importante...
Matthew pasó a la última página de su currículum y entrecerró los ojos.
"¿Sabes diseñar?".
Su voz profunda rompió el pesado silencio de la oficina.
Era lo último que Stella pensaba que le preguntaría. Tras superar la sorpresa, asintió.
"Un poco".
Él levantó los ojos, miró su rostro sereno y continuó preguntando:
"Eres una profesional de relaciones públicas. ¿Qué tiene que ver el diseño con tu trabajo? ¿Por qué has sentido la necesidad de poner borradores de diseño en tu currículum?".
Stella venía bien preparada para esta pregunta.
De inmediato respondió con seguridad:
"El Grupo Prosperity intenta ocupar el sector de la confección. Como profesional de las relaciones públicas, mi trabajo incluye la comercialización de la imagen de marca. Por eso hice algunos bocetos de diseño que podrían aprovecharse".
Matthew asintió pensativo.
Cerró la carpeta y la dejó en un rincón de su escritorio. Después, se volvió hacia Luna y le ordenó:
"Acomódala. Luego asígnale una tarea".
Luna se mostró sorprendida.
¿Eso era todo lo que Matthew tenía que decir?
Aunque no estaba nada contenta, replicó cortésmente:
"Sí, señor Clark".
Stella soltó un suspiro de alivio mientras salía de la oficina.
Aflojó los puños apretados y ya le sudaban las palmas de las manos.
Al pensar en el rostro frío y severo del CEO, Stella volvió a ponerse nerviosa. Tenía el presentimiento de que trabajar a sus órdenes sería más duro de lo que pensaba.





