El Emir

Saamad,  El Emir

No he pegado ojo en toda la noche

¿Cómo puede una mujer hacerme sentir así en un maldito beso?

Di vueltas y vueltas sin sueño por toda la cama. Una cama en la que me hubiese encantado amanecer con ella. Tomo la pulsera que dejó caer aquí entre mis manos y espero que mi consejero y amigo encuentre todo lo que se sepa de ella.

La noche se me hizo día pero sus ojos y ese pelo rojo siguen en mi cabeza tan vivos como anoche. Dos extraños somos y siento que ningún motivo me hará olvidarla. Sensual, inocente y adictiva. Así le sentí. No me besó como una mujer experimentada...estoy seguro de que no acostumbra a besarse con tipos por muy occidental que sea y eso de momento, me encanta.

—No piensas levantarte —ruge mi padre.

Salto de la cama y ahí sigue mi erección. Solo puedo pensar en quitarle la ropa y hundirla dentro de ella, no hay forma de que baje el deseo que dejó impostado en mí.

—Tengo una comida de estado papá, nos veremos después —intento que salga de mi alcoba.

—No te pases de listo conmigo, Saamad —brama el león Alfaslan —. Abajo hay una mujer, vestida inapropiadamente y solicitando una audiencia contigo. ¿Hace falta que te diga que hay normas irrompibles y sobre todo en palacio?

La polla se le pone más dura aún. Quiero ver que tan indecente viene hoy.

Esa maldita seductora no sabe que acaba de quemarse en mi fuego.

—¿ Es pelirroja? —tengo que confirmar y él asiente serio —.Dile a Faruk que la envíe aquí, papá.

—No vas a meter a una inglesa rebelde a los aposentos del rey de Alfaslan —es una orden y baja la vista a mi entrepierna —. Entiendo la situación pero, Saamad no...

—No voy a tocarla papá —él alza una ceja incrédulo —. Solo voy corto de tiempo y tengo que hacerla cumplir la ley. Haz que suba, por favor.

Sí, yo soy el Emir, el rey, el jefe de estado de Alfaslan...como quieran llamarlo pero para mí, mi padre es la jodida ley. Nunca iría en su contra y si estoy al mando es porque él así lo quiso hace cinco años. Se ha dedicado por entero a mi madre. Y a educar a mi hermano adoptivo que al no ser musulman de nacimiento le ha costado un poco más encajar las leyes. Ella tuvo una vida difícil y al no poder tener más hijos, con los años decidió adoptar a Alí, y mi padre no pudo negarle nada. Nunca ha podido hacerlo.

—La quiero hoy mismo en el calabozo —asiento comprendiendo la situación —. Ayer vino igual de atrevida y no creas que no los vi en el patio —¡Joder! —; pero ahora está medio desnuda y aunque a tu madre le ha hecho gracia, a mí no me la hace y mi palacio se respeta.

—Puedes apostar que dormirá en palacio y esposada.

Cuando mi padre se marcha entra mi perro, un san bernardo que me saluda y sube directamente a mi cama. Es un animal peculiar y se lleva muy bien con los leones de mi madre.

Me meto a la ducha esperando que el frío gélido del agua me abrace el miembro y baje mi erección. Estoy a punto de explotar.

Media hora después estoy más calmado, me cepillo los dientes y envuelto en una toalla salgo al encuentro de cenicienta.

—Pero,¿ No podías vestirte al menos?

Se da la vuelta para no verme desnudo y chorreando agua y es todavía peor que si la tengo de frente. Lleva un pedazo de tela que podría llamarse short pero se le ven las cachas de las nalgas, en teoría está en bragas. El pelo esta vez esta recogido en una coleta que me encantaría jalar hasta que su boca vuelva a estar dentro de la mía y la camisa..., la maldita camisa que lleva esta abierta mostrando escote y un piercing, ya esto es el colmo del descaro.

—Si tu vas por ahí medio desnuda, yo puedo estarlo en mi habitación —me acerco y la hago darse la vuelta.

Sus ojos me atraviesan los sentidos, me vuelvo loco solo de verme reflejado en ellos y la miro y la miro hasta que se muerde los labios como nunca jamás alguien lo había hecho provocando en mi todo lo que ella consigue.

En sus ojos verdes, grandes y vivos veo el impacto de mi propia virilidad haciendo mella en ella. No se esperaba verme desnudo, ni con el pelo escurriendo por mis hombros, ayer tenía mi shibari y hoy estoy como me creó Alá.

—Ya te he dicho que no soy de Alfaslan, no visto como ustedes —le tiemblan los labios y los acaricio con mi pulgar.

Sus malditos ojos me vuelven loco. Observo cada poro de su preciosa cara y me muero del deseo por ella.

—Pero estás en mis tierras, en los aposentos del Emir de Alfaslan y sabes que tengo normas estrictas.

—Solo quería recuperar mi pulsera y me han dicho que debía verlo para eso —seguimos muy cerca. Casi rozandose nuestros pechos.

—No crece  un solo cactus en este desierto sin que se me informe —me permito mirar los montículos en su escote —. Tengo tu pulsera desde que se cayó pero tu desobediencia tendrá consecuencias.

Me acerco a su boca como guiado por una fuerza que no controlo. Quiero volver a probar esos labios de locura. Tocarla, quiero meter mis dedos dentro de la piel de esas nalgas y abrir se sexo hasta que me permita encajarme dentro de ella. La deseo como pocas veces deseo algo que no tomo.

Abre los labios un poco, se ve que también tiene deseos de besarme otra vez y ahí están esos ojos inocentes otra vez. Hay algo extraño en ellos. Se leen distintas cosas y tan pronto como veo pasión y lujuria, ganas de que la tome, veo miedo, inexperiencia, ingenuidad, algo pueril que no sé como descifrar y eso es justamente lo que me atrae tanto hacia ella.

Acaricio sus mejillas con la promesa de besarla como nunca lo ha hecho, con las ganas de hacerme con el control de su cuerpo y conquistar cada resquicio de el.

—Considérate detenida por las siguientes veinticuatro horas —jadea y deja caer la mandíbula —. Comunicaré a tu familia que estás bajo la custodia del gobierno de Alfaslan por reincidir en un delito de exposición física y del que tanto tú como ellos tienen consciencia. ¡Guardias!

Esos mismos ojos que tantas cosas me suponen, ahora lloran. Lloran tristes y no sé por qué eso me lastima. Algo dentro de ellos me gritan que la salve, que la ayude; pero me debato entre la ley que debo ejercer, la misteriosa manera de provocarme de ella y sus ojos enloquecedoramente seductores.

—¡Por favor, no me hagas esto!

—Soy el Emir de Alfaslan y mi palabra es ley —explico mirando como la esposa mis guardias que se mantiene afuera de mi alcoba —. Debes aprender a cumplir mus leyes si vas a caminar por mis suelos.

Veo como se la llevan y me doy la vuelta para reprimir la necesidad de arrancarla de los brazos de mis vigilantes y tirarla en mi cama hasta que se quede sin voz de tanto gritar mi nombre mientras la hago mía por todas y cada una de las veces que sus ojos me han rogado que la bese.

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