Los trámites fueron rápidos. El dinero de la familia Serrano abría todas las puertas. En menos de veinticuatro horas, Javier le confirmó que su residencia portuguesa estaba aprobada y el traslado de sus pertenencias, en marcha.
Sofía miró su mano. El anillo de bodas, una pieza de platino con un diamante enorme, parecía un grillete. Se lo quitó y lo dejó sobre la cómoda. Se sintió más ligera al instante.
Seis años. Había sacrificado su vida social en Madrid, sus amigos, su galería. Había aprendido a cocinar los platos andaluces que a él le gustaban, había cambiado su ropa colorida por tonos discretos, había fingido interés en la viticultura y en obras de caridad católicas.
Todo por un hombre que la veía como un mueble.
"Se acabó", se dijo a sí misma en el espejo. "Nunca fue tuyo para empezar".
Esa tarde, sus amigas vinieron a buscarla.
"¡Sofía! ¿De verdad vas a venir a la Feria?", preguntó Clara, sus ojos abiertos de par en par.
"Claro que sí", respondió Sofía, saliendo de su vestidor.
Llevaba un espectacular traje de flamenca rojo sangre, con volantes que se movían como llamas. Su pelo estaba recogido en un moño bajo, adornado con un clavel rojo. Se había maquillado con los labios rojos y los ojos marcados.
Era la Sofía de antes. La que Mateo había intentado borrar.
"Dios mío, estás increíble", dijo Clara. "Pero... ¿y Mateo?"
"A Mateo que le den", respondió Sofía, cogiendo una copa de manzanilla de la bandeja que ofrecía un sirviente. "Esta noche voy a bailar hasta que me duelan los pies".
Y lo hizo. En la caseta de unos viejos amigos, bailó sevillanas con todos. Rió, bebió y sintió cómo la vida volvía a correr por sus venas.
"Cuidado", le susurró Clara al oído. "Mateo está en la caseta de al lado. Con toda su familia".
Sofía miró discretamente. Lo vio, sentado muy erguido en una silla, con su traje gris impecable, una mancha de austeridad en medio de la alegría desbordante de la Feria. Parecía un juez en un carnaval.
Un amigo de Mateo, Ricardo, se acercó a su mesa.
"Hombre, Mateo, tu mujer está desatada esta noche", comentó Ricardo con una sonrisa.
Mateo ni siquiera se giró. "Sofía conoce sus límites", dijo con frialdad.
Sofía escuchó el comentario y sintió una punzada de dolor. Ni siquiera le importaba. Su indiferencia era casi más insultante que un ataque de celos.
Pero entonces, todo cambió.
Isabel Vargas llegó a la caseta, vestida con un traje de flamenca blanco, como una virgen inocente. Saludó a todos con una sonrisa dulce y se sentó junto a Mateo.
La alegría de Sofía se agrió. Siguió bailando, pero ahora sus movimientos eran más desafiantes, su risa más forzada.
Un rejoneador famoso, un hombre guapo y bronceado, se acercó a Isabel.
"Señorita Vargas, es usted la flor más bella de la Feria. ¿Me daría el honor de su número de teléfono?"
Isabel sonrió, coqueta. "Bueno, no sé si debería..."
Antes de que pudiera terminar la frase, Mateo se levantó de un salto. Su calma se había hecho añicos.
"Ella no le dará nada", dijo Mateo, su voz era un témpano de hielo. Agarró a Isabel del brazo con una fuerza que hizo que ella soltara un gritito.
"Mateo, me haces daño", se quejó Isabel.
"Vámonos. Tu comportamiento es impropio de una señorita Vargas", siseó él, arrastrándola fuera de la caseta ante la mirada atónita de todos.
La posesividad que nunca había mostrado por su propia esposa, la derrochaba ahora por su prima.
Isabel empezó a llorar. "¡Me has dejado en ridículo! ¿Por qué te pones así? ¡Solo estaba siendo amable!"
Mateo la miró, su mandíbula apretada, luchando por encontrar una excusa que no revelara la verdad monstruosa de su obsesión.
Sofía lo vio todo desde la distancia. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió dolor. Sintió una especie de piedad burlona. Pobre Mateo, tan atrapado en su propia mentira que ni siquiera podía admitir ante el mundo, o ante sí mismo, por qué la visión de otro hombre hablando con Isabel lo volvía loco.
Isabel se secó las lágrimas falsas y miró a Mateo.
"Todo sería más fácil si ella no estuviera, ¿verdad? Podríamos volver a ser como antes".
La sugerencia flotó en el aire, venenosa y clara.
Mateo no respondió. Solo apretó más el brazo de Isabel.
Isabel se zafó de él y caminó directamente hacia Sofía. Su cara ya no era la de una víctima, sino la de una depredadora.
"Tú", dijo con desprecio. "Lo arruinas todo".
Antes de que Sofía pudiera reaccionar, Isabel cogió un pesado jarrón de cerámica de una de las mesas y, con una expresión de pura locura, se lo estrelló en la cabeza.
El mundo de Sofía se volvió negro.





