La mañana siguiente, Elvira llegó a la oficina antes que nadie. Ella y Raúl no solo compartían una casa, sino también una empresa de consultoría que habían fundado juntos. O, para ser más precisos, que ella había construido con su inteligencia y dedicación mientras él usaba su carisma para atraer clientes. Ahora, tenía que desenredar su vida profesional de la personal.
Estaba organizando los archivos de los proyectos que lideraba, preparando un informe detallado para la transición. Quería una ruptura limpia, en todos los sentidos. No le daría a Raúl ninguna excusa para decir que lo había dejado en problemas. Su orgullo no se lo permitiría.
-Vaya, vaya. Miren quién madrugó.
La voz melosa y burlona la hizo tensarse. Se giró y vio a Isabel recargada en el marco de la puerta de su oficina. Isabel era la nueva socia junior, una mujer con más ambición que escrúpulos y que, casualmente, se había vuelto muy cercana a Raúl en los últimos meses. Llevaba un vestido rojo tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo y una sonrisa de suficiencia que no intentaba ocultar.
-Tengo trabajo que hacer, Isabel -respondió Elvira, volviendo su atención a los papeles.
Isabel entró en la oficina, caminando con un contoneo estudiado. Se detuvo junto al escritorio de Elvira y tomó uno de los informes.
-¿Preparando todo para tu salida? Raúl me dijo que finalmente tuvieron "la charla" . Me alegro de que fueras tan comprensiva.
La provocación era tan obvia que era casi patética. Elvira levantó la vista y la miró directamente a los ojos.
-Mi relación con Raúl no es de tu incumbencia. Y esos documentos son confidenciales.
Isabel soltó una risita.
-Oh, créeme que es de mi incumbencia. De hecho, anoche, después de la "cena de inversionistas" , Raúl y yo celebramos tu comprensión. Fue… muy generoso.
Dejó caer el informe sobre la mesa y, al hacerlo, "accidentalmente" tropezó con el cable de la cafetera de Elvira, que estaba sobre una pequeña credenza. La cafetera se tambaleó y cayó al suelo, esparciendo café caliente y vidrios rotos por todas partes. Unas gotas salpicaron la falda de Isabel.
-¡Ay, mi vestido! -chilló Isabel, como si la hubieran atacado-. ¡Mira lo que hiciste!
Elvira se quedó inmóvil, observando la escena con una frialdad increíble. La torpeza había sido tan deliberada, tan mal actuada, que era insultante.
Justo en ese momento, Raúl entró en la oficina, atraído por el grito de Isabel.
-¿Qué pasa aquí? ¡Isa! ¿Estás bien?
Corrió hacia Isabel, ignorando por completo a Elvira. Vio la mancha de café en su vestido y los vidrios en el suelo.
-Elvira, ¿qué demonios te pasa? ¿Estás tan celosa que tienes que recurrir a esto?
Elvira lo miró, incrédula.
-¿De verdad crees que yo hice esto?
-¡Claro que sí! -intervino Isabel, con lágrimas falsas en los ojos-. Solo le pregunté si necesitaba ayuda y se puso como loca. ¡Me arrojó el café caliente!
Raúl se giró hacia Elvira, su rostro deformado por la ira. La señaló con el dedo.
-No puedo creer que hayas caído tan bajo. Siempre supe que tenías un carácter difícil, pero esto… esto es inaceptable. Recoge tus cosas. Ahora mismo. No te quiero volver a ver en esta oficina. Estás despedida.
La palabra "despedida" resonó en el aire. Despedida de la empresa que ella había ayudado a crear desde cero, de las noches en vela trabajando en propuestas, de los sacrificios que había hecho. Todo borrado por la palabra de un hombre cegado y una mujer manipuladora.
Raúl la tomó del brazo, con una fuerza innecesaria.
-¡Largo de aquí! ¡Seguridad!
Dos guardias aparecieron en la puerta. La humillación era total. La estaban echando como a una delincuente.
Pero mientras Raúl la arrastraba fuera de su propia oficina, con Isabel mirándola con una sonrisa triunfante, Elvira sintió algo inesperado. Debajo de la rabia y la humillación, sintió una extraña ligereza. Una liberación. Ya no tenía que fingir. Ya no tenía que luchar por algo que estaba muerto. Me estaban haciendo un favor. Me estaban dando la razón y el motivo que necesitaba.
La arrastraron por el pasillo, a la vista de todos los empleados que murmuraban y desviaban la mirada. Pero Elvira ya no los veía. Su mente estaba en otro lugar. Estaba pensando en la llamada a la agencia inmobiliaria, en el dinero que tenía ahorrado, en los contactos que había hecho por su cuenta a lo largo de los años.
Raúl pensaba que la estaba destruyendo. No tenía idea de que, en realidad, acababa de desatar a la única persona que podría destruirlo a él.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Elvira mientras los guardias la empujaban hacia el elevador.
-Esto no se va a quedar así, Raúl -susurró para sí misma, con una convicción que le heló la sangre-. Te lo juro.





