El Corazón de La Chica Acogida

A la mañana siguiente, con los ojos hinchados de tanto llorar, busqué a la abuela de Sebastián, la matriarca de la familia Valdivia.

Era una mujer mayor, sabia y la única que a veces parecía ver a través de la fachada de Sofía. Siempre me había tratado con amabilidad.

La encontré en el invernadero, cuidando de sus orquídeas.

"Abuela", dije en voz baja.

Ella se giró y me sonrió.

"Elara, querida. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?"

Le conté mi decisión, omitiendo la parte del corazón roto y enfocándome en mi deseo de estudiar música en el extranjero y empezar una nueva vida.

También le hablé de la idea de un matrimonio, una alianza que me facilitara la salida y me diera la estabilidad que necesitaba.

La abuela me escuchó en silencio, su mirada era penetrante.

Cuando terminé de hablar, dejó sus herramientas de jardinería y me tomó las manos.

"Entiendo", dijo suavemente. "Has sido una buena chica, Elara. Demasiado buena. Mereces ser feliz".

Luego, mencionó un nombre.

"Rodrigo Ocampo. Nieto de un viejo amigo mío. Es un poco... fiestero, pero tiene buen corazón. Y su familia tiene conexiones en Europa. Podría ser un buen arreglo para ambos".

Sentí un destello de esperanza.

"Gracias, abuela. Significa mucho para mí".

"Organizaré un encuentro", dijo, y sentí un enorme peso quitarse de mis hombros.

Acepté con calma, mi mente ya estaba trabajando en los detalles. Estudiaría en la mejor academia de música de París, me enfocaría en mi voz, en mi futuro.

Ya no era la niña dependiente que vivía por la aprobación de Sebastián.

Ahora era una mujer con un plan.

Más tarde ese día, me encontré con Marta, la jefa de las sirvientas, una mujer que me había visto crecer y me quería como a una hija.

"Niña Elara, ¿estás segura de esto?", me preguntó con preocupación en la voz. "El joven Sebastián te ha querido mucho. Recuerdo cuando te enfermabas, él no se separaba de tu cama, te leía cuentos hasta que te dormías".

Sus palabras trajeron una oleada de recuerdos dolorosos.

Recordé a Sebastián enseñándome a andar en bicicleta, curando mis rodillas raspadas, su sonrisa protectora.

Por un momento, mi determinación flaqueó.

Pero luego recordé su rostro frío cuando le confesé mi amor, su indiferencia ante las humillaciones de Sofía, el dolor de verlo con ella.

"Ese Sebastián ya no existe, Marta", dije, mi voz más firme de lo que me sentía. "O tal vez nunca existió. Tal vez yo solo vi lo que quería ver".

Ya no sentía ese amor desgarrador, solo un vacío sordo.

Había llorado todas las lágrimas que tenía. Ahora solo quedaba la resignación y un deseo feroz de escapar.

Miré por la ventana hacia el jardín. Mi futuro estaba allá afuera, no dentro de los muros de esta casa que se había convertido en una prisión dorada.

Mi matrimonio con Rodrigo Ocampo no sería por amor, sería un contrato, un negocio.

Él obtendría una esposa presentable para calmar a su familia y yo obtendría mi libertad.

Era un trato justo.

Antes de irme, le hice una petición a la abuela y a Marta.

"Por favor, no le digan nada de esto a Sebastián. Quiero que sea una sorpresa".

No quería darle la oportunidad de detenerme, de intentar controlarme una última vez con falsas palabras de cariño fraternal.

Quería desaparecer de su vida sin dramas, sin confrontaciones.

Esa noche, mientras empacaba en secreto una pequeña maleta con lo esencial, me detuve frente a un viejo oso de peluche que Sebastián me había regalado en mi undécimo cumpleaños.

Lo abracé con fuerza por última vez, inhalando el aroma a polvo y recuerdos.

Siete años de amor profundo, de una devoción que casi me destruye.

Con los ojos secos, dejé el oso en la cama.

Era hora de dejarlo ir.

Era hora de dejarlo ir a él.

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