Los días siguientes, Sofía se obsesionó con el blog anónimo. Cada tarde, después de que Mateo se marchaba con su excusa habitual, ella actualizaba la página frenéticamente. Y cada día, había una nueva entrada de Ximena.
"Hoy M me trajo un vestido rojo, dijo que me veía hermosa con él, que era el color de la pasión que sentíamos."
"M me contó que su novia no deja de llorar, qué patética. Me dijo que solo está con ella por lástima, que su verdadero amor soy yo."
"Hablamos de nuestro futuro, de una casa junto al mar, lejos de todo y de todos. Me prometió que se desharía de ella pronto."
Sofía leía cada palabra y sentía cómo el veneno se extendía por sus venas. Para escapar del dolor, empezó a tomar más analgésicos de los que le recetaban, buscando el olvido en la niebla de los medicamentos. Se pasaba horas durmiendo, solo para no tener que pensar, para no tener que sentir.
Una tarde, Mateo regresó de su "reunión importante" con una sonrisa radiante. Llevaba una pequeña caja de regalo en la mano.
"Te traje algo, mi amor," dijo, sentándose a su lado en la cama.
Sofía lo miró con los ojos vacíos. Él abrió la caja y sacó un delicado collar de perlas. "Para la mujer más hermosa del mundo."
Pero Sofía no veía el collar, solo recordaba la entrada del blog de la noche anterior. "M me regaló un collar de perlas, dijo que hacían juego con mi piel. Me lo puso y me besó el cuello, fue tan romántico."
"¿Dónde estabas, Mateo?" preguntó ella, su voz apenas un susurro.
Él pareció sorprendido por la pregunta. "Ya te lo dije, en una reunión. Fue aburridísima, no podía esperar a volver contigo." Su sonrisa era perfecta, su mirada sincera. Demasiado perfecta.
"Este collar… es bonito," dijo ella, tocando las perlas frías.
"¿Te gusta? Me recordó a uno que usaba tu abuela, el que tanto te gustaba cuando eras niña," dijo él, evocando un recuerdo íntimo, un recuerdo que ahora se sentía manchado, contaminado.
Sofía sintió una oleada de náuseas. Cada gesto de amor, cada palabra dulce, era una mentira.
"¿Cómo está Ximena?" preguntó de repente, mirándolo fijamente.
La expresión de Mateo se endureció. "No menciones a esa mujer. Está donde se merece, pudriéndose. No pienso en ella." Su voz era fría, llena de un odio que ahora a Sofía le parecía una actuación.
"¿La has visto?" insistió ella.
"¿Para qué querría ver a esa basura?" respondió él, con un tono cortante. "Mi único interés es que sufra lo más posible por haberte destruido la vida."
Él cambió de tema rápidamente, con una sonrisa forzada. "He estado pensando… en cuanto salgas de aquí, nos casaremos. Ya empecé a ver lugares, quiero que tengamos la boda de nuestros sueños."
Matrimonio. La palabra resonó en la mente de Sofía como una broma cruel.
"Mírame, Mateo," dijo ella, su voz temblando. "No tengo piernas. Soy una inválida. ¿De verdad quieres casarte con… esto?"
El dolor y la inseguridad en su voz eran genuinos. Una parte de ella, una parte desesperada y rota, todavía anhelaba que él negara todo, que sus miedos fueran infundados.
Mateo la tomó por los hombros, su mirada era intensa, casi fanática. "¡No vuelvas a decir eso! ¡Te amo, Sofía! ¡Te amo más que a mi vida! No me importa si tienes piernas o no, ¡te amaría aunque fueras solo una cabeza! ¡Nunca te abandonaré, nunca! ¡Te lo juro por mi vida!"
Sus palabras eran una cascada de promesas apasionadas, las mismas promesas que probablemente le susurraba a Ximena en su "prisión dorada".
Sofía cerró los ojos, agotada. No tenía fuerzas para discutir, para confrontarlo con la verdad que había descubierto. Asintió débilmente, permitiéndole creer que le había creído.
"Está bien, Mateo," murmuró. "Me casaré contigo."
La sonrisa de alivio y triunfo en el rostro de él fue casi insoportable.
Los días siguientes, Mateo se volcó en los preparativos de la boda. Trajo a los mejores organizadores, catálogos de vestidos, muestras de flores. La habitación del hospital se convirtió en una oficina de planificación de bodas, un escenario surrealista para el drama que se desarrollaba en el interior de Sofía. Él la trataba como a una muñeca de porcelana, sin dejar que nadie la tocara, eligiendo todo por ella, una sobreprotección que ahora la asfixiaba.





