La sala de reuniones de la firma de abogados estaba iluminada por una luz fría y dura, y el sonido de las hojas de papel al ser pasadas llenaba el aire. Ricardo se sentó frente a Beatriz, ambos en silencio, mirando sus manos. Los abogados de cada uno estaban a un lado, organizando documentos, pero no se atrevían a hablar demasiado. Sabían que todo estaba decidido.
Beatriz no lo miraba. Su mirada fija en el escritorio, como si quisiera evitar el contacto con la persona que había sido su compañero durante tanto tiempo. Ricardo, por otro lado, no sabía qué pensar. ¿Era esto lo que quería? ¿Realmente quería seguir adelante con este proceso? Todo parecía un sueño distante.
"Ricardo..." Beatriz rompió el silencio con su voz suave, casi apagada. "Nunca imaginé que llegaríamos a esto. Hace años, en nuestra luna de miel, pensaba que estaríamos juntos para siempre."
Ricardo levantó la cabeza, finalmente encontrando sus ojos, pero no dijo nada. Sabía que lo que iba a decir solo haría las cosas más difíciles.
"Lo sé, Beatriz, lo sé", dijo con voz baja, la culpabilidad apretándole el pecho. "Pero las cosas cambiaron. Y yo... no supe cómo manejarlas."
Beatriz soltó un suspiro, como si fuera el peso de años de frustración. "Ricardo, lo que cambió fue todo. El trabajo te absorbió, tu empresa, tus reuniones, tus viajes. Estaba sola, Ricardo. Estaba sola mientras tú vivías en tu mundo de contratos y ventas. ¿En qué momento dejaste de ser mi marido?"
Las palabras de Beatriz cayeron como piedras, hiriendo profundamente a Ricardo. No podía mirarla, no podía decir nada. Sabía que tenía razón. Había sido tan egoísta, tan ciego. Pero aún así, no quería perderla.
"Beatriz, no quiero que esto sea así. No quiero que terminemos. No es solo trabajo lo que me importa. Tú eres importante para mí, pero no sé cómo hacerlo funcionar. No sé cómo equilibrarlo todo."
Beatriz lo miró, sus ojos llenos de cansancio y de dolor. "Eso es lo que siempre decías, Ricardo. Pero las palabras se las lleva el viento, y las promesas se rompen. Yo no soy un proyecto más en tu lista de cosas por hacer. No soy algo que puedas delegar o dejar en pausa hasta que tengas tiempo. Te di todo lo que pude, pero ya no puedo seguir esperando que cambies. Ya no puedo esperar que me veas."
Ricardo tragó saliva, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Era verdad lo que ella decía. Durante años había sido un extraño en su propia casa, pensando que su éxito justificaría la distancia emocional que había puesto entre ellos.
"Lo siento... Beatriz. De verdad lo siento. No te di lo que necesitabas. No te escuché cuando me pedías más de mí. Pero no sé cómo arreglarlo ahora." Su voz tembló al final, como si estuviera a punto de perder el control.
Beatriz lo miró fijamente, y por un segundo, Ricardo vio en sus ojos la mujer que había amado. La mujer que todavía amaba, aunque no lo supiera manejar.
"No hay nada que arreglar, Ricardo. Ya no podemos seguir viviendo en el pasado. El divorcio es lo mejor para los dos. Quizá un día podamos ser amigos, pero ahora mismo... ya no somos pareja." Su voz era firme, pero la tristeza se filtraba en cada palabra.
Ricardo sintió una presión en el pecho que lo hizo difícil respirar. "Entonces... esto es el final. ¿Ya no hay nada que hacer?"
Beatriz se levantó lentamente de su silla, mirando la pila de documentos sobre la mesa. "No hay nada más que decir, Ricardo. La verdad es que nos perdimos en el camino, y ya no podemos volver atrás. El trabajo siempre fue más importante para ti, y yo siempre quise ser más que una sombra en tu vida. Quiero encontrar mi propio camino, mi propia vida. Y tú, tienes que encontrar la tuya."
Ricardo la observó mientras se dirigía a la puerta, su figura cada vez más distante. No podía creer que todo terminara así, tan rápido. Quería detenerla, rogarle que se quedara, que todo fuera diferente. Pero sabía que no podía. No podía cambiar lo que había pasado. No podía cambiar lo que él mismo había destruido.
"Beatriz..." La llamó con voz baja, y ella se detuvo, mirándolo por encima del hombro. "¿Y si... si realmente cambio? Si trato de poner más de mí en esta relación, de poner más de mí en nosotros?"
Beatriz cerró los ojos por un momento, como si las palabras le dolieran más que cualquier otra cosa. "Ricardo, ya no sé si eso me importa. Tal vez si hubieras hecho eso hace dos años, podríamos haberlo intentado. Pero ahora... no puedo seguir esperando que cambies. Ya es demasiado tarde."
Con esas palabras, ella salió de la sala, dejando a Ricardo con el eco de su voz resonando en su mente. No podía creerlo, no podía asimilar lo que acababa de pasar. El divorcio ya estaba en marcha, y aunque quería luchar por ella, sabía que no había forma de volver atrás.
Se quedó allí, en la fría sala de reuniones, mirando el contrato de divorcio sobre la mesa. Las palabras en el papel parecían más reales que nunca. Se estaba divorciando. Todo lo que había construido, todo lo que había hecho, ya no significaba nada si no podía salvar lo que más amaba.
Pero en ese momento, una verdad brutal le golpeó en la cara: lo había perdido todo. Y era demasiado tarde para hacer algo al respecto.





