Alana despertó con el sonido del reloj despertador sonando en su mesa de noche, su mente aún atrapada en los recuerdos de la noche anterior. El beso de Arturo, la intensidad con la que la había besado, seguía ardiendo en su piel. Cerró los ojos por un momento, intentando disipar la sensación de confusión y deseo que lo había acompañado. Se sentó en la cama, respirando hondo, intentando ordenar sus pensamientos. ¿Había sido un error? ¿Era una simple distracción para él? ¿O tal vez algo más, algo que no se había atrevido a reconocer?
Se levantó lentamente, con la cabeza llena de dudas y el corazón acelerado. Sabía que tenía que ir a trabajar. No podía dejar que ese beso afectara su desempeño en el trabajo. Arturo era su jefe, y como siempre le recordaba, su posición de asistente personal era crucial para el éxito de la empresa. Pero, ¿cómo iba a enfrentarse a él después de lo que había pasado?
La incertidumbre le revolvía el estómago mientras se preparaba para el día. A medida que pasaban las horas, se dio cuenta de que no podía evitar pensar en el beso, en la conexión fugaz que había sentido con él. Pero también sabía que debía mantener sus emociones bajo control, al menos en la oficina.
Cuando llegó al trabajo, el ambiente estaba como siempre: organizado, eficiente, pero frío. Arturo estaba en su oficina, liderando una reunión con otros ejecutivos, como si nada hubiera pasado entre ellos. Alana suspiró aliviada al ver que parecía tan distante como siempre, y por un momento, pensó que quizás todo había sido solo una distracción para él. Pero entonces, una sensación extraña se apoderó de ella. Estaba retrasada. Un retraso que no podía ignorar.
A lo largo de la mañana, Alana se sintió más inquieta de lo habitual. Tenía una sensación creciente de náuseas, su cuerpo se sentía diferente. Sin poder concentrarse en el trabajo, se levantó de su escritorio y se dirigió al baño. Cuando entró en el cubículo y vio su reflejo en el espejo, algo dentro de ella hizo clic. Se había sentido así antes, en el pasado, pero nunca tan intensamente. Y ahí estaba, en la palma de su mano, una pequeña prueba que confirmaba lo que ya temía.
Estaba embarazada.
El mundo pareció desmoronarse bajo sus pies. El papel en sus manos parecía quemarle, y las palabras "embarazo positivo" daban vueltas en su cabeza. ¿Cómo podía ser esto posible? Había sido un solo beso, una noche de pasión que parecía no tener consecuencias, pero ahí estaba, una vida creciendo dentro de ella.
Alana se apoyó contra el lavabo, sintiendo cómo la presión en su pecho aumentaba. El miedo se apoderó de ella de inmediato. ¿Qué haría ahora? Sabía que revelar su embarazo a Arturo podría significar perder su trabajo, y peor aún, destruir su carrera profesional. Sánchez Enterprises era conocida por ser una empresa altamente competitiva, y sus políticas sobre relaciones personales en el trabajo eran estrictas. Si la noticia llegaba a oídos de los directivos, su reputación quedaría arruinada.
Alana se sentó en el suelo del baño, sintiendo el peso de la situación. No podía decirle a nadie. No podía contárselo a Arturo, su jefe, el hombre que había besado, el hombre que había cambiado su vida en un instante. ¿Qué pensaría él? ¿Lo tomaría como una oportunidad para acercarse a ella, o sería una carga que él preferiría evitar? ¿Y la familia de Arturo? Sabía que su madre, Lucía Sánchez, haría todo lo posible para que su hijo no se viera atrapado en una situación que podría desestabilizar su imagen pública. La presión era insoportable.
Decidió que lo mejor sería seguir adelante con su vida como si nada hubiera cambiado. Nadie podría saberlo. Solo ella tendría que cargar con el peso de su secreto. Nadie podía descubrirlo.
Después de un par de horas, Alana logró recomponerse lo suficiente para salir del baño. Su mente estaba agitada, pero debía mantener su fachada profesional. No podía dejar que sus emociones la dominaran. Volvió a su escritorio y comenzó a trabajar como siempre, pero cada tarea, cada correo que enviaba, parecía llevar consigo un peso mucho mayor. Su cabeza no podía dejar de dar vueltas. ¿Cómo podría ocultarlo? ¿Y por cuánto tiempo?
Al final de la jornada, cuando el sol comenzaba a ponerse y las luces del edificio de oficinas se encendían, Arturo salió de su oficina. Alana estaba organizando algunos documentos, como siempre, pero cuando lo vio acercarse, su corazón dio un vuelco.
-¿Cómo estás, Alana? -preguntó Arturo, su tono amable pero con una pizca de preocupación, como si hubiera notado algo extraño en su comportamiento.
Alana levantó la vista, sintiendo que el tiempo se detenía por un segundo. Arturo la miraba con esa intensidad que siempre la hacía sentir pequeña y vulnerable.
-Bien, gracias -respondió, forzando una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos. -Solo cansada.
-Lo entiendo. Han sido días intensos. -Arturo asintió, pero luego hizo una pausa. Su mirada se suavizó y la observó por un momento antes de añadir-: Alana, quiero hablar contigo sobre un tema importante.
El corazón de Alana se aceleró. No podía ser. ¿Sería posible que estuviera empezando a sospechar algo? O peor aún, ¿sabía que ella estaba cambiando de alguna forma?
-¿De qué se trata? -preguntó, tratando de mantener la calma.
-Quiero agradecerte por todo lo que haces. Sabes que confío plenamente en ti para manejar todo lo que pasa aquí. -Arturo sonrió, pero algo en su expresión hizo que Alana se sintiera más incómoda que nunca. -Pero también estoy empezando a notar que tal vez necesitas un descanso. Has estado bajo mucha presión últimamente, y lo último que quiero es que te sientas abrumada.
Alana no sabía si se sentía aliviada o aún más preocupada. ¿Estaba él notando algo? ¿Se estaba acercando a descubrir su secreto?
-No te preocupes, Arturo. Estoy bien. -Respondió rápidamente, casi sin pensar.
Arturo la observó unos segundos más, pero luego pareció darse cuenta de que estaba presionándola demasiado. Se acercó un poco más, pero sin invadir su espacio personal.
-Solo asegúrate de cuidarte. Esto no es solo trabajo, también eres una persona. No quiero que te pongas en una situación donde tengas que cargar con todo sola. Si alguna vez necesitas algo, no dudes en decírmelo.
Alana asintió, agradecida por su amabilidad, pero el miedo seguía consumiéndola por dentro. ¿Y si él le pedía que hablara más de lo que quería? ¿Y si sus sentimientos se desbordaban?
-Gracias, Arturo -respondió, sintiendo el nudo en su garganta.
Él la miró con una sonrisa más cálida antes de alejarse. Alana esperó unos momentos, dejando que su respiración se estabilizara. Esto no podía estar pasando. No podía dejar que Arturo, o cualquiera, descubriera su secreto. Si lo hacía, perdería todo lo que había logrado en la empresa, y tal vez incluso su vida profesional.
Sabía que ahora más que nunca debía ser cuidadosa. Su futuro dependía de mantener esa fachada, de seguir trabajando como siempre, de no permitir que nada de lo que estaba sintiendo se filtrara al mundo exterior.
De pronto, se dio cuenta de algo aún más aterrador: su secreto acababa de comenzar, pero el precio por mantenerlo oculto sería más alto de lo que jamás imaginó.





