“La mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella.
Oscar Wilde
Paulina
Estoy preparando el antídoto para colocarle al niño, mientras el hombre apuesto, lo coloca sobre la camilla de la sala de tratamiento. Su proximidad me provoca sensaciones muy fuertes, nunca antes sentí algo así. Es como si su sola presencia desatara un incendio en mi interior; como si mi cuerpo fuese altamente inflamable y volátil, y su proximidad flameante provocara una llamarada intensa en mi ser.
—¿Es nueva por acá? —me pregunta.
—Sí, recién llegué ayer.
—Finalmente una mujer hermosa en el consultorio.
Sonrió algo apenada por su comentario. El doctor entra y le pregunta:
—Sr. Rizzo, es importante verificar que animal pudo haberlo picado, porque no es ni de alacrán ni de serpiente.
—Doctor usted sabe que estamos cerca de la selva, cualquier animal pudo ser, una tarántula, un escorpión amarillo; por esta zona son muy comunes.
Me quedo sorprendida y algo asustada, lo que menos pensé fue en estar rodeada de ese tipo de animales.
—Ok por ahora, le colocaremos un antídoto para contrarrestar el esparcimiento del veneno. Pero deberá estar pendiente de la evolución del niño, porque este tipo de medicamentos puede provocar reacciones alérgicas algo peligrosas.
—¿Cuándo puedo llevarme al chico?
—Sólo debe esperar algunos minutos mientras la enfermera le coloca el tratamiento y luego podrá llevarlo de regreso a su casa. ¿Me podría acompañar a mi oficina? Tengo algunos asuntos que plantearle.
Él voltea a verme, pareciera que prefiriera quedarse conmigo. Pero yo estoy ansiosa de que se aleje. Necesito recuperarme de aquella extraña pero a la vez, divina sensación.
Minutos después sale del consultorio. Toma al niño entre los brazos, me guiña un ojo y se despide:
—Bienvenida a Icabarú señorita...
—Paulina, soy Paulina —respondo intuitivamente, nunca había hecho algo así. Todo era diferente en ese momento para mí.
Él se aleja, sube a su Jeep plateado último modelo. Yo regreso a mi escritorio. Escucho al Dr. Godoy conversar en voz poco audible. Imagino habla por teléfono, al menos que sea equizofrénico y por eso me haya tratado de aquella manera tan rara.
Durante la mañana sólo tuvimos dos pacientes, tal como lo había comentado Helen, son pocos los casos que se reciben en ese consultorio. Lo que no lograba sacar de mi mente era la presencia de aquel hombre. Intento recordar su nombre, es cuando me percato que no llené la ficha.
Comienzo a llenarla, dejando el espacio en blanco del nombre del paciente. Me pongo de pie y voy a la oficina del doctor, doy dos golpes a la puerta. Escucho su voz dándome consentimiento para entrar.
—Doctor, disculpe, el niño que ingresó temprano, como se llama.
—¿No tomó los datos cuando llegó el Sr. Rizzo?
—No, disculpe iba a hacerlo cuando usted me llamó para preparar el tratamiento que se le aplicaría al niño.
—Es obligatorio, tomar los datos antes de ingresar el paciente, imagine que venga solo y se muera acá dentro, ¿cómo vamos a notificar sobre su muerte?
—Lo siento. No volverá a pasar, creí que lo primordial era atender al niño.
—A ver Paulina, ambas cosas son indispensables. ¿Estamos?
—Sí, señor.
—Por ahora coloca sólo el dato de quien lo trajo, el señor Rizzo.
—¡Con su permiso! Nuevamente disculpe.
Cierro la puerta, quisiera morderme los codos de la rabia. No sé por qué todo me estaba saliendo mal con aquel doctor. Siempre he sido responsable, ordenada y sobre todo muy eficiente.
Me siento a llenar el registro de pacientes, debo esperar que Helen llegue, ella si podrá decirme cuales son mis funciones y sobre todo, quién es aquel hombre de mirada perturbadora.
Durante la hora de descanso, el Dr. Godoy sale a almorzar a uno de los pocos restaurantes que hay en la zona. Yo no tengo horario de salida, debo esperar que el regrese además de tener que buscar donde comer. Y eso sin decir, que tampoco sé dónde quedarme esa noche. Por suerte, el turno de Helen, me permitirá dormir un poco, pero igual no tendré cómo averiguar sobre alguna pieza pequeña o habitación donde pueda vivir esos seis meses.
Una hora después, el doctor regresa. Se acerca al escritorio:
—¿Alguna novedad?
—No, doctor.
—Ten, te traje algo para que comas. Voy a descansar unos diez minutos. Por favor, no me molestes al menos que sea de gravedad el caso.
—Está bien doctor. ¡Gracias por el almuerzo!
—De nada señorita Santos, no tiene que agradecerme. Somos un mismo equipo.
Él entra a su oficina, yo destapó el envase, la comida huele bien por lo menos, es arroz, carne en paila y tajadas. Como rápidamente para evitar que llegue alguien y deba dejar la comida a la mitad. Afortunadamente nadie llega durante ese tiempo. También siento algo de sueño luego del almuerzo. Me levanto para servir un poco de café.
La tarde transcurre lentamente. Ningún tipo de emergencias o casos por atender. Me recuesto del escritorio y me quedo dormida. Escucho que alguien golpea el escritorio. Abro los ojos, reacciono rápidamente al ver frente a mí, al Dr. Godoy.
—Debes dejar de hacer eso Paulina. No puedes dormirte y dejar el consultorio abierto. Cualquiera puede llegar y robar lo poco que tenemos.
—Disculpe es que no dormí bien anoche.
—Es parte de los sacrificios que hay que hacer. ¿Escogiste esta carrera por tu propia cuenta o eres una de las que estudio esto para complacer a sus padres?
—Si, si —respondo algo nerviosa, él me mira sorprendido y decido aclarar mi respuesta—. Sí lo hice por vocación. Amo ayudar a las personas y esta es una forma de hacerlo.
—Entonces, hazlo bien.
Veo la hora, apenas serán las cuatro. Me levanto para preparar más café. Sirvo un vaso para mí y una taza para el doctor.
Tomo el vaso, como si fuese agua, necesito espabilarme y estar activa. Cuando Helen llega, yo estoy hiperactiva, arreglando el escritorio. Ella me mira extrañada por mi actitud.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Si, por supuesto. Me alegra que hayas llegado. Necesito preguntarte algunas cosas.
—Sí, claro, déjame cambiarme el uniforme y nos tomamos un café. Llegué antes porque estaba comprando algunas cosas para llevarle a mi abuela.
Mientras ella se cambia, pienso “más café” no creo que sea buena idea. Pero me levanto a servirle un poco. El Dr. Godoy ya se ha quitado la bata para irse. Yo aún no sé a dónde iré. Tocan a la puerta, es el Dr. Núñez, a diferencia de Godoy, él es más agradable, amable y risueño. Claro también es un poco mayor. Calculo que tenga algunos 45 años, mientras que Godoy diez menos que él.
—Buenas tardes señorita Santos. ¿Qué tal su día de trabajo?
Antes de responder, el Dr. Godoy se me adelanta y responde por mí.
—Debe ponerse las pilas, la encontré dormida dos veces y sin decir que no sabe hacer el trabajo de recepción.
Siento un nudo en la garganta, quiero llorar, sólo bajo la cabeza. El Dr Núñez, me coloca la mano sobre el hombro.
—Es normal, nadie viene aquí sabiendo lo que va a hacer. Tu mismo cuando llegaste tuviste que ponerte las pilas.
—¡Jajajaj! —ríe a carcajadas tratando de simular que fue gracioso el comentario de su colega.
—Me sirves una taza de café, por favor.
—Sí, doctor —finalmente respondo.
El Dr. Godoy sale del consultorio. Él me mira y sonríe:
—No le hagas caso, sé que poco a poco sabrás como resolver todo. Ve y descansa. —me dice el Dr. Núñez.
Le sonrió, tomo la taza para Helen, quien ya está sentada en el escritorio.
—¡Gracias linda! Siéntate, dime qué necesitas saber.
Intento decirle pero aún estoy algo sensible por el comentario displicente del doctor.
—Necesito saber cuáles son mis funciones aquí.
—Tu función real es apoyar al doctor de guardia y aplicar el tratamiento. Pero... —hace una pausa y suspira— tu función aquí es de asistente, recepcionista, cocinera y hasta de vigilante. Es un pueblo Paulina y el gobierno no se ocupa en mandar personal suficiente, aunque en la nómina estatal aparezcan diez funcionarios, si acaso cuatro son reales, los otros es sólo para abultar la nómina y quedarse con esos pagos.
La miro sorprendida. Todo aquello me desconcierta.
—¿Dónde puedo hallar una pieza o habitación donde pueda quedarme estos meses?
—Bueno, yo vivo sola, puedo hacerte un espacio en mi casa.
—¿De verás? Estoy estresada con eso. Pero ¿no vives con tu abuela? No me gustaría incomodarlas.
—No, vivo sola. Te voy a dar la llave para que te des un buen baño y descanses. En la nevera hay comida, puedes tomar algo para comer. Ya luego ajustamos cuenta.
Es inevitable que mis ojos se llenen de lágrimas, la abrazo y le doy un beso en la mejilla
—Tranquila, no es para tanto.
—Gracias, gracias, gracias. ¿Cómo llego hasta allá?
—Es fácil queda a unas cuantas cuadras, sólo sube dos de ellas y después cruzas a la izquierda. O si quieres, le escribo a un sobrino que trabaja haciendo carreristas, no puedes andar por allí, con esa maleta.
—Nuevamente, gracias Helen. —le respondo algo más tranquila.
Minutos después llega el muchacho, debe tener algunos diecisiete años. Subo al carro pequeño de vidrios oscuros.
—Buenas noches —lo saludo.
—Buenas noches señorita —responde él— Mi tía me dice que es a casa de ella que va.
—Sí, allí mismo.
—Vamos pa’lla entonces.
Conduce y en menos de cinco minutos estamos frente a la casa. Le pago la carrera.
—Deje eso así, usted es amiga de mi tía, así que también es mi amiga.
—¡Gracias!
—Bienvenida al pueblo señorita. Yo soy Ramón.
—Yo soy Paulina, Ramón. Nuevamente gracias.
Bajo del auto, saco mi maleta del baúl, abro la puerta de la casa tipo vivienda donde vive Helen. Enciendo las luces, entro. Es un lugar pequeño pero muy hermosamente arreglado.
Abro la nevera, tomo un vaso con agua, busco el baño, saco de mi maleta la toalla, verifico que esté bien cerrada la puerta y me meto para darme una buena ducha. Me desvisto, el agua está tibia, siento como recorre mi cuerpo. Como un gatillo mental viene a mi mente la sensación de fogosidad que experimenté en la mañana, mientras veía al Sr. Rizzo, por lo menos sé su apellido. Por lo menos podré preguntarle a Helen por él; su apellido no suele ser muy común, mucho menos en esa zona fronteriza e indígena.
Después de la ducha, preparo un sándwich de jamón y queso, me sirvo un vaso con jugo de naranja y ceno. Después de cenar, saco un camisón de algodón, me visto y me recuesto en el sofá. No puedo dormirme, creo que exageré en la cantidad de café.
Mientras repaso con mi mente, los rasgos varoniles de aquel hombre mi cuerpo se estremece, acaricio mi rostro, mis hombros, las formas de mis senos, mis caderas y mis entrepiernas. Todo aquello es nuevo para mí, y muy placentero.
No sé cuándo por fin me quedé dormida, pero la alarma de mi celular programada para las 5:00 de la mañana, me despierta. Me pongo de pie, arreglo la sala para dejar todo en orden, saco de mi cartera mi cepillo dental, voy al baño, lavo mi rostro, me cepillo. Me arreglo para irme hasta la medicatura y llegar antes de que Helen termine su guardia.
Bajo una cuadra hasta llegar a la calle principal. Hay pocas personas a esa hora por allí. Camino un poco más rápido, soy nueva en aquella zona y me pone nerviosa no ver algunas personas en las paradas de los buses. Pronto oigo un carro que se acerca en misma dirección y va detrás de mí. No quiero voltear porque no sé qué haría si descubro que realmente estoy en peligro.
Poco a poco, el auto avanza, el hombre que conduce, comienza a llamarme:
—¡Eh! Muñeca, voltea.
Mi corazón late agitadamente, no quiero voltear. Mentalmente comienzo a orarle a mi vigen Rosa Mística. El auto acelera y cuando volteó a ver, me cruzo con la mirada y la sonrisa burlesca del Dr. Godoy.
—Ven, te llevo.
Respiro profundamente, aunque venía pidiendo que apareciera alguien, no esperaba que fuese él y que nuevamente provocara aquella sensación de angustia y temor en mí.
Subo al auto rápidamente. Antes segura con aquel detestable hombre que sola por aquel lugar, en plena madrugada. Detiene el auto, bajo y le doy las gracias. Necesito hablar con Helen antes de que se vaya, pero al llegar al consultorio, me encuentro con que Rafael, el niño que había estado el día anterior, acababa de ser ingresado con una reacción alérgica.
Helen y el Dr. Núñez ya recibieron al niño y le están poniendo tratamiento antialérgico. Para no entorpecer su labor, espero a que ellos salgan de la sala de emergencia, atenta a cualquier eventualidad. Pero esta vez el niño está acompañado de una joven muy bonita.
Ella se acerca a mí, para preguntarme por el niño:
—¿Cómo está el niño?
—Están colocando tratamiento ¿es usted su mamá? —le pregunto al ver la ficha vacía para llenarla.
—No, soy Camile, la esposa del Sr. Rizzo. El niño es hijo del capataz, pero no puede estar con él en este momento.
Su respuesta me deja atónita, es casado. Era lógico. Un hombre como aquel tan varonil y atractivo no podía estar soltero.





