El Canto de la Venganza

El dolor agudo en mi pecho fue lo último que sentí. La sangre brotaba, manchando mi vestido blanco de un rojo intenso y pegajoso. A través de mi visión borrosa, vi a Pedro, el vocalista de "El Zorro de Seis Colas", el mariachi que yo había pulido con mi propia sangre y sudor, arrodillado frente a mi hermana, Elena.

"¡Si no fuera por ti, yo debería haber sido el mariachi de Elena, y ya estaríamos juntos!", su voz, llena de un resentimiento que nunca antes había escuchado, fue lo último que resonó en mis oídos antes de que la oscuridad me envolviera por completo.

Entonces, un destello cegador.

Abrí los ojos de golpe. El aire olía a tequila caro y a las gardenias que adornaban el gran salón de la Escuela de Mariachi de mi padre. Las luces del escenario me deslumbraron por un segundo. Estaba sentada en la primera fila, en la gran ceremonia de firma de contratos. A mi lado, mi hermana Elena sonreía con suficiencia. Frente a nosotras, en el escenario, estaba Pedro.

Había vuelto. Había reencarnado en el día exacto de mi mayor humillación y de mi muerte.

Mi corazón, que debería estar latiendo con pánico, estaba extrañamente tranquilo. El dolor fantasma en mi pecho había desaparecido, pero el recuerdo de la traición era tan claro como el cristal.

Pedro, con su traje de charro impecable, ignoró por completo mi presencia. Caminó con paso decidido por el escenario, pero en lugar de dirigirse a mí, como todos esperaban, se arrodilló con una rodilla en el suelo frente a mi hermana Elena. El murmullo de la multitud se convirtió en un silencio sepulcral. Todos en el mundo del mariachi sabían que yo, Sofía, había descubierto a Pedro, que había tomado su talento en bruto y lo había convertido en el fenómeno que era "El Zorro de Seis Colas".

"Elena", la voz de Pedro era profunda y resonante, cargada de una devoción que me revolvió el estómago. "Tu talento es una estrella brillante en el firmamento del mariachi, mientras que el de tu hermana ya está en declive. Mi futuro solo puede florecer a tu lado. Te ofrezco mi lealtad y mi carrera. Por favor, permíteme ser tu mariachi".

La declaración fue como una bofetada en público. Las cámaras de la prensa musical enfocaron mi rostro, esperando ver lágrimas, desesperación, un escándalo. Elena se cubrió la boca con una mano, fingiendo sorpresa, pero sus ojos brillaban con un triunfo mal disimulado.

Mi padre, el director de la escuela, se aclaró la garganta desde su asiento de honor, pero no dijo nada para defenderme. Su silencio era un grito de aprobación.

Pedro se giró hacia mí, su expresión ya no era de devoción, sino de fría condescendencia.

"Sofía, sé que compusiste 'Corazón de Agave' para mí. Hizo seis millones de reproducciones, es cierto. Pero eso fue un golpe de suerte. Tu estrella se está apagando. No puedes llevarme más alto. Elena, en cambio, es la sucesora designada por tu padre. Ella es el futuro".

Sus palabras eran crueles, diseñadas para herirme donde más dolía: mi talento, mi legado. En mi vida pasada, había llorado, le había rogado, le había recordado todo lo que había hecho por él. Le recordé las noches sin dormir componiendo, las veces que vendí mis propias joyas para financiar sus primeros trajes, las horas que pasé enseñándole a interpretar cada nota con el alma y no solo con la voz.

"Todo lo que hiciste por mí, te lo agradezco", continuó Pedro, su tono ligero, como si hablara del clima. "Pero no exageremos. Fue una inversión, y como cualquier buena inversión, esperabas un retorno. Considera mi éxito hasta ahora como tu ganancia. Podemos saldar cuentas. Te daré el doble de lo que gastaste en mí. Con eso, estamos a mano y podemos cortar lazos por completo".

Mencionó las cicatrices en mis manos, recuerdo de cuando tuve que reparar su primer guitarrón yo misma porque no teníamos dinero.

"Incluso te compensaré por esas pequeñas heridas en tus manos. Cien mil pesos deberían ser suficientes para cualquier tratamiento estético", dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Así, ya no me deberás nada, y yo no te deberé nada a ti".

El aire se escapó de mis pulmones, pero esta vez no fue por el dolor de una herida mortal, sino por la pura audacia de su ingratitud. El hombre por el que había sacrificado mi propia carrera, mi tiempo y mi dinero, estaba tasando mi dedicación como si fuera una simple transacción comercial.

En mi vida pasada, esta declaración me había destrozado. Pero ahora, con el conocimiento de mi muerte y su verdadera naturaleza, solo sentía un frío glacial recorrer mis venas.

Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos. La sonrisa que le ofrecí no era de dolor, sino de una calma escalofriante.

"De acuerdo".

Mi voz sonó clara y firme en el silencio del salón.

"Acepto. Cortamos lazos. Eres libre, Pedro".

La sorpresa cruzó su rostro, y luego el de Elena, y el de mi padre. Esperaban una escena. Esperaban que me aferrara a él, que luchara. No esperaban que yo, Sofía, la que siempre cedía, la que siempre amaba demasiado, lo dejara ir con tanta facilidad.

Pero ya no era la misma Sofía. La mujer que murió con el corazón roto había aprendido su lección de la manera más brutal. Y esta vez, la que iba a reír al final sería yo.

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