Hoy era el día de mi boda, el día más importante de la feria de mi pueblo.
La iglesia estaba llena de gente, todos esperaban ver a la bailaora de flamenco Lina García casarse con el chef Máximo Castillo.
Yo llevaba el vestido blanco que mi abuela me hizo, sentada sola en la primera fila.
Pero ni mi prometido, ni mis padres, ni mi hermano estaban aquí.
Todos se habían ido al aeropuerto a recibir a mi hermana menor, Yolanda.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi amiga Rachel, otra bailaora.
"Lina, ¿has visto el Instagram de Yolanda?"
Abrí la aplicación.
Allí estaba la foto. Yolanda en el centro, con sus gafas de sol de marca y una sonrisa perfecta, rodeada por mi prometido Máximo, mi hermano Patrick y mis padres.
Todos sonreían para la cámara en el aeropuerto.
El texto debajo de la foto decía: "¡Sorpresa! He vuelto a casa. No hay nada como el amor de tu familia, que lo deja todo por mí. Os quiero".
Cientos de comentarios alababan lo unida que era nuestra familia.
Sentí que el aire me faltaba.
El cura se acercó, su cara era una mezcla de pena y confusión.
"Lina, ¿qué hacemos?"
Miré a los invitados, sus caras llenas de lástima y murmullos. La humillación era un peso físico sobre mis hombros.
Respiré hondo.
"Padre, por favor, anuncie que la boda se cancela. Pido disculpas a todos por las molestias".
Mi voz sonó extrañamente tranquila, como si le perteneciera a otra persona.
Me levanté y empecé a disculparme con cada uno de los invitados, uno por uno, mientras salían de la iglesia.
Nadie de mi familia llamó. Nadie.
Solo cuando la iglesia quedó completamente vacía, mi teléfono sonó.
Era Máximo.
"Lina, no seas dramática. Yolanda acaba de llegar, era una sorpresa. Una fiesta se puede celebrar en otro momento, no es para tanto".
Su voz era fría, sin una pizca de culpa.
"¿Dramática?", repetí en voz baja.
"Sí, siempre exageras. Estamos de camino al restaurante. Papá y mamá quieren que prepares la paella especial de bienvenida para Yolanda. Date prisa".
Colgó.
No me preguntó cómo estaba. No se disculpó.
Me quedé mirando el teléfono en silencio. La humillación pública, el abandono, todo se reducía a "no ser dramática".
Salí de la iglesia y caminé a casa bajo el sol de la feria. La música y las risas de la calle sonaban lejanas, como si vinieran de otro mundo.
Entré en mi habitación. Abrí el viejo baúl de madera que había debajo de mi cama.
Dentro, doblada con cuidado, había una enorme mantilla de luto, negra como la noche.
La extendí sobre la cama. Noventa y ocho complejos bordados negros decoraban el borde, cada uno un recuerdo de una decepción.
Cogí la aguja y el hilo negro.
Con una calma que me asustaba, empecé a bordar el número noventa y nueve.
El último.
Mientras cosía, tomé una decisión. La beca para la compañía de flamenco en Sevilla. La que iba a rechazar para casarme con Máximo y quedarme cerca de mi familia.
La aceptaría.
Me iría para siempre.





