Sarah
Me pasé todo el fin de semana muy mal. El cargo de conciencia me estaba matando, llamé muchas veces a mi novio pero me enviaba al buzón de voz.
Ya le habrán salido los cuernos, se burló mi fuero interno. Solo fue un beso me repetía una y otra vez. Que daría yo por dejar de escuchar esa molesta y acusadora vocesita.
Inés me sacó de mi conversación mental cuando subió el volumen de la música, sonaba una canción de Selena Gómez.
—¿Creen que hacemos lo correcto? —preguntó Isolda por quinta vez desde los asientos traseros del coche.
—Depende del punto de vista que lo veas —dijo Inés y puso los ojos en blanco.
Isolda frunció el ceño y arregló sus anteojos, ella interpretaba las palabras al extremo.
—Bueno, nos pasaremos el día en el auto escuchando a Selena o que —dijo Inés tamborileando sus dedos en el volante.
—Tienes razón... no nos saltamos las clases por gusto —dije— ¿Por qué no vamos a comer algo? —pregunté.
Inés puso de nuevo el coche en marcha.
—Oye Sary... donde almacenas tanta comida —dijo Paulette—. Sigues estando tan delgada... —yo solo elevé los hombros porque me hacía la misma pregunta.
—Y entonces... ¿dónde vamos a comer? —preguntó Inés, una vez que todas habíamos bajado del auto.
—Que tal si vamos por un café... —todas miramos a Isolda con mala cara—. ¡¿Qué!? —dijo elevando los hombros.
—Sabemos que quieres ir a un Café Literario —dijo Inés.
—Isolda, sabes que amo leer... pero hoy tomémonos el día libre, nada de libros, ni de estudio.
Nunca pensé que diría eso pero la situación me había obligado. Lo menos que quería era enfrentarme a Sansón.
—¡¡¡Yujuuu!!! —gritó Inés— ¡Estoy muy orgullosa de tí Sarah! —dijo esta y me abrazó casi asfixiándome.
Todos los transeúntes nos observaban con curiosidad, pero tal vez era porque llevábamos todavía el horrible uniforme escocés de nuestra escuela, además de ser horario de clase.
—Chicas tenemos que pasar por el centro comercial... —y todas estuvimos de acuerdo.
* * *
Después de comernos unas ricas hamburguesas acompañadas de unas Pepsi fuimos al centro comercial. Nos llevó horas, Inés y Paulette eran muy caprichosas con la ropa. Luego de probarse cientos de vestidos se decantaron por ropa sport, al igual que yo. Me decidí por una camiseta rosa con mangas, jeans rasgados y para completar el conjunto unos Converse negros. Observaba mi figura en los grandes espejos y faltaba algo...
¡Curvas! Exclamó mi subconsciente que al parecer tenía buen sentido del humor. Yo fruncí el ceño porque tenía algo de razón.
—¿Qué, no estás complacida con lo que elegiste? —me preguntó Inés.
—Si, pero creo que falta algo... —ella me interrumpió.
—Ponerle la cuenta en cero a tu madre —sonreí por tal comentario.
—No quiero que le dé un ataque —ambas empezamos a reír.
—Mmmh —dijo esta llevándose el dedo índice a la barbilla—. Ya sé lo que te falta.
—¿Ah sí? —pregunté con curiosidad.
—Unos lindos lentes... —me agarró del brazo y me hizo probarme unos cuantos hasta que encontramos los que mejor me quedaban.
Minutos después salimos del centro, yo me adelanté pues a Paulette y a Inés se les ocurrió comprarse unas botas de tacón de aguja y al ser tan altos les impedía contonearse como de costumbre. Isolda solo las observaba y negaba.
Saqué mi móvil para ver la hora, eran como las 2 pm. Me preguntaba si ya le habían notificado a mi mamá que me escapé del insti, aunque ni siquiera estaba segura de que le importara. Lo de la tarjeta de crédito... Bueno eso sí que lo tomaría mal, ya que el precio de mis compras estaban algo elevados. Y para completar mi atuendo llevaba un bolso, quería que ella lo viera en cuanto llegara a casa. Me quedé mirando el cielo azul sin duda era un día precioso. La risa escandalosa de Inés me hizo voltear a verlas y sonreí, al menos tenía a mis amigas.
—Quiero comprarme unos aros... —no terminó la frase al ver el bolso.
Puso los ojos como platos y se llevó la mano a la boca, pero el silencio no duró mucho, luego de un chillido siguió hablando.
—¡Este momento hay que registrarlo! —sacó su teléfono y le gritó a la castaña y a la francesa que se unieran a la foto—. Chicas digan wisky.
—Sarah... ¿tú te sientes bien? —me preguntó Isolda.
—¡Aich! Castaña... —dijo Inés—. No seas agua fiestas, por primera vez Sarita es rebelde y tu...—negó y luego me miró a mí—. No le hagas caso.
No todos los días una de nosotras se compraba un bolso de cuarenta mil dólares.
—Ya dejen de parlotear, hacen un drama por todo —dijo Paulette—. Vamos chèrry, a lucir ese BOLSO DE PIEL DE COCODRILO —dijo haciendo gestos con la mano, me agarró del brazo y caminamos.
Las chicas entraron a una joyería y yo me senté en un parque a varios metros de la tienda. Habían algunos árboles así que aproveché la sombra y el aire fresco para descansar. Mi teléfono sonó, era una notificación de mensaje. Pensé que era de mi madre pero no, era de Sansón. Al leer las letras todas en mayúscula mi sonrisa se borró: EMOS TERMINADO.
—Pero que... nooo, esto debe de ser una broma de mal gusto.
Me puse de pie para poder respirar mejor, el corazón me latía fuerte, caminé algunos pasos y me llevé las manos a la cabeza, estaba tan ensimismada que alguien chocó conmigo y se disculpó, pero ¿por qué no sentía el peso del bolso? No tuve que bajar la vista para confirmarlo ¿¡me habían asaltado?! Como loca me puse a gritar.
—¡¡¡LADRÓN!!! —las personas me miraban pero no hacían nada, yo estaba histérica y me quedé paralizada como témpano de hielo, mis pies se sentían pesados y no podía moverlos.
—¿Qué sucede? —me preguntó un joven.
—Han robado mi bolso de piel... —se me fue apagando la voz hasta que enmudecí.
—¿Por dónde se fue? —me preguntó.
¿En realidad me ayudaría? Eso me hacía mucha ilusión. Yo apunté hacia el sur.
—Ok, no te muevas de aquí —yo asentí y lo seguí con la mirada.
El chico de sudadera oscura le quitó a un niño una patineta. En serio, me preguntó por gusto y le robó la patineta a un niño, ¡Oh Dios, creí que iba a mooriirrr!
El ruido de los autos, las voces y mi campo de visión se fue distorsionando hasta que no escuché nada, mis párpados se sentían pesados y luego todo se volvió oscuro.
* * *
Al despertar lo primero que vi fue a Paulette dándome a oler su perfume dulzón. Di una vista panorámica y aun me encontraba en el parque cerca de la joyería. Me senté y mi cabeza quería estallar.
—¿Estás bien? —me preguntaron las chicas.
—No, todo está mal —me levanté como un resorte. Pensé que llevarme las manos a la cabeza me ayudaría a pensar, a aliviar la tensión, pero terminé halándome el cabello.
—Querida, tu lindo cabello no tiene la culpa —dijo Inés.
—Tienes razón, pero si me quedo calva, mi madre se apiadaría de mí y... —¡¡AY DIOS MÍO!!! que será de mí. Me lamentaba en mis pensamientos y negaba, no recordaba como respirar.
—Vamos querida siéntate, todo se va a resolver —dijo Inés y me ayudó a sentarme, sacó una botella de agua de su bandolera y me la dio.
El agua no aliviaría mis males pero aun así la tomé, le quité la tapa y di un largo trago, que terminó por derramarse en la parte delantera de mi camiseta.
—Chicas... envíen tulipanes rosas a mi funeral... —dije y de la nada empezamos a reír por mi ocurrencia.
—No pienses ahora en eso... —dijo Paulette—. Pero si te sirve de consuelo, invitaríamos a tu cantante favorita. ¿Quién era? ¿Ellie Goulding o Rita Ora?
—Taylor Swift.... —respondió Inés.
—No digan tantas estupideces podemos calcular las probabilidades de que tu madre te mate —dijo Isolda y miró fijamente al frente para hacer cálculos mentales.
—Castaña —chasqueó sus dedos Inés para sacar a Isolda de su Trance-Matemático, ella la miró—. Utiliza tus neuronas para buscar otra solución.
—Ya sé —dijo Isolda— Denunciemos el robo, en los policiacos... —Inés la interrumpió llevando las manos al frente para que no siguiera.
—Dile que compraste un coche... —dijo Paulette.
—Y cuando no me vea llegar con él... —le dije.
—Oh, no había pensado en eso —dijo Paulette.
—Alquilemos uno y ya veremos que hacer... —dijo Inés.
—Se dará cuenta —dije.
—Pues dile que compraste ropa y la donaste a un centro de caridad... —dijo Paulette.
—Chicas se que quieren ayudarme pero será mejor que me invente otra —dije poniendo mis brazos en forma de jarra y juntando mis labios en una línea fina—. Sí, eso es lo que haré.
—Compremos una copia... —dijo Inés — Y hacemos como que nada ha pasado —y hasta ese momento era la opción mas cuerda que teníamos.
Me quedé observando a un chico muy parecido al que había visto anteriormente.
—Sarah, ¿no vienes? —preguntó Paulette.
—En un momento las alcanzo —le respondí.
Las chicas se fueron y yo me quedé ahí, el chico que observaba no resultó ser el mismo. Que tonta como pude creer que un simple desconocido iría tras un ladrón y regresaría con mi bolso. Me puse de pie y agarré las compras. Solo di unos pasos hasta que una voz me detuvo.
—¿Ya te vas? —me dí vuelta y no lo podía creer, era ese chico. Llevaba vaqueros gastados y sudadera oscura.
—Eh sí.
—Ok, entonces será mejor que —dio algunos pasos aproximándose a mí—, lleves esto contigo —dijo acercando el bolso.
Me volvió el alma al cuerpo y como si se tratara de un frenesí, abracé al desconocido tomándolo de sorpresa. En el acto le tumbé hasta el gorro.
—Eeh —este carraspeó.
—Oh, lo siento... —dije avergonzada al separarme y arreglarme la ropa—. Gracias —dije bajando la vista.
Cuando lo miré me encontré con un pelo negro enmarañado, llevaba un piercing en la ceja derecha y una pequeño pendiente en la oreja izquierda. Su forma de vestir le daba un aire de chico malo y por alguna razón eso me resultaba interesante y familiar. La boca se me secó y disipé mis pensamientos, no era momento para coquetear.
—Me salvaste la vida —dije. Y LO DECÍA EN SERIO.
—Ey roja, ¿no sabes quién soy...? —preguntó—. Y tu novio de nuevo dejándote sola —dijo negando y poniendo los ojos en blanco.
Yo asentí sin poder hacer otra cosa, olvidando que mi novio una horas antes me había dejado.
Él tomó mi mano me colocó las asas en ella y luego la cerró, todo eso sin quitarme los ojos de encima. Al mirar sus labios lo recordé, era el mismo chico de la noche de Halloween. Pero eso no es lo único que pude percibir en sus besables labios tenía un corte, al parecer había estado en alguna pelea y aun sangraba... empecé a preocuparme y pensar en lo que pudo haberle pasado. Él sonrió.
—No te preocupes, a diferencia de tí se cuidarme solo. Estaré esperando tu llamada...
Recordé que había borrado su número porque me sentí culpable por mi "traición".
Como mismo llegó se marchó, en silencio y ni siquiera le pregunté el nombre.
* * *
Mi plan no iba tan bien como esperaba. Mi madre si me formó una bronca y me castigó pero me dí cuenta de que mis esfuerzos no sirvían de nada. Para completar mi magnífica vida estaba la ruptura con Sansón sin explicarme el por qué.
Si les hubiese mostrado a las chicas el mensaje, Isolda se hubiese puesto a llorar ¿saben por qué?, pues el muy capullo de mi novio o mejor dicho mi ex escribió hemos sin "h". Por Dios merecía una despedida decorosa, que le costaba enviarme tan siquiera un mensaje de voz.
Mi autoestima estaba muy muy por el suelo y me la pasaba buscándole defectos a la chica por la que me habían cambiado, sin contar las miradas de todos en la escuela y el cotilleo en los pasillos. En unos días cumpliríamos 11 meses saliendo juntos y lo peor de todo era que me había encariñado con el puertorriqueño.
No seas cínica... tú lo traicionaste primero, dijo mi subconsciente.
—Cállate no sabes lo que dices... solo me dejé llevar porque estaba pasadita de copas... —ay Dios mío, me estaba volviendo LOCA.
Si lo que tu digas. Pero en el fondo las dos sabemos que solo estás resentida porque él te dejó primero.
—Creo que un día de estos terminaré en un sanatorio, al menos espero que mi padre vaya a visitarme.
Estaba en mi habitación mirando hacia el techo, intentaba concentrarme solo en el color blanco, buscando paz pero mi mente recordó a ese chico de cabello desordenado. La puerta de mi habitación se abrió y al instante un bultito se acomodó a mi lado, era Hannah, mi hermanita pequeña.
—¿Aun sigues triste? —me preguntó y pasó uno de sus bracitos por encima de mi vientre para abrazarme.
—Quien ha dicho que estoy triste —dije y revolví su cabello. Ella empezó a reír.
—Bueno los pañuelos —dijo apuntando a la mesita de noche—. Apenas comes, te peinas y tus ojos están rojos e inchado —mi hermanita se había dado cuenta, pero era muy joven para que se preocupara por alguien más—. Dime, ¿es por mamá...? —en parte... pero no le hablaría a mi hermanita de 9 años de mis problemas amorosos ni del cariño o falta de este que sentía mi madre.
—¿Te digo por qué? —le dije y ella asintió y abrió bien sus ojos, como si se tratara de algún secreto —. Pues porque hace mucho que... ¡no te hago cosquillas! —me puse de costado y le empecé a hacerle cosquillas, ella no paraba de reír y de removerse. Su risa me alegró, me detuve casi le faltaba el aire—. Y entonces, que me recetas para la tristeza.
—¡¡¡Helado de fresa!!! —dijo esbozando una sonrisa —. Ah y una peli de Barbie.
—Una perfecta idea señorita —sus ojitos negros brillaban —. Pero por favor que no sea Barbie en la "Princesa y la Plebeya" —la habíamos visto tantas veces que ni siquiera recordaba la cifra.
—No te preocupes Sary que tengo muchas más—me dijo con una sonrisa.
—¿Ah sí? —pregunté con entusiasmo por tal de no ver de nuevo a Madame Carp y Preminger.
—Sip —y empezó a enumerar con sus deditos unas cuantas pelis, estaríamos ocupadas toda la tarde.
—Comencemos con Barbie en la Magia de Pegaso y luego ya veremos.
Quería que mi hermanita tuviera lindos recuerdos de su infancia, que fueran mejores que los míos.
—Siiii —bajó rápidamente de la cama y la vi correr hasta la puerta y su largo cabello rubio ondulaba en el aire.
Aproveché para revisar mi WhatsApp. En estos días lo menos que quería era navegar en mis redes sociales. Tenía muchos mensajes pero mis ojos se detuvieron en un número que no tenía registrado.





