Fue en ese momento cuando Sadie se enamoró perdidamente de Noah.
Días después de que él se fuera a estudiar en el extranjero, ella se dedicó a sus estudios y terminó ingresando en la misma universidad que su amado, pues creía que la excelencia académica podía cerrar la brecha entre ellos.
Finalmente, Noah un día se le acercó y le propuso matrimonio.
Sadie creyó que con su amor había logrado derretir su indiferencia, pero ahora sabía que estaba equivocada: el corazón del hombre siempre le había pertenecido a Kyla. Para él, ella siempre había sido una sustituta.
Sadie inhaló profundamente, para controlar el torbellino de emociones que amenazaba con abrumarla. Estaba embarazada y el doctor le había indicado que no se estresara; sabía que tenía que ser fuerte por su hijo nonato.
Por eso, se secó las lágrimas, se levantó y regresó al cuarto.
Sin embargo, no estaba preparada para enfrentar la falta de empatía de Noah, quien ya estaba allí y no perdió el tiempo en anunciarle sus planes.
"Kyla volvió", empezó. "Creo que es hora de que nos divorciemos".
Esa declaración afectó a Sadie con la misma intensidad que un puñetazo, robándole el aliento. Se había aferrado a una diminuta pizca de esperanza, pero él la había destrozado sin piedad.
A ella le tomó un tiempo dolorosamente largo reunir el coraje para hablar.
"¿Me dejas ahora que ella volvió?", preguntó con voz temblorosa, haciendo todo lo posible para no mostrarse vulnerable.
"Desde el inicio de nuestro matrimonio, te dejé en claro que no anhelaras algo que nunca podrá ser verdaderamente tuyo. Para compensarte, me aseguraré de darte cualquier cosa que desees", respondió Noah, con el ceño fruncido y mirándola con evidente disgusto.
Esas duras palabras habían sido su promesa en su noche de bodas, una noche destinada únicamente a acallar los incesantes susurros de la junta directiva.
El corazón del hombre nunca había sido suyo.
Sin embargo, ella, por una esperanza tonta, se había arrojado sobre él, creyendo que, con el tiempo y amor, podría provocarle cualquier emoción.
"Todas esas noches que compartimos... ¿imaginabas que yo era Kyla?", preguntó Sadie, levantando la mirada; en sus ojos había una súplica silenciosa.
Noah se quedó estupefacto ante lo directa que fue esa pregunta. Con vacilación, abrió la boca, pero fue incapaz de articular cualquier sonido.
Su esposa interpretó su silencio como la cruda admisión que había temido, lo que terminó de destrozar su ya frágil corazón.
En el fondo, ella siempre había sabido que su amado nunca había estado involucrado realmente en su unión; no obstante, los fugaces momentos de felicidad durante sus noches de intimidad la habían cegado momentáneamente ante esa brutal realidad.
Ahora le quedaba claro que había estado trágicamente equivocada: confundió su cercanía física con aceptación emocional.
Durante todo su enredo amoroso, no había podido acercarse nunca a su corazón.
Sadie soltó un largo suspiro, cerró los ojos y se resignó a su destino. "De acuerdo, te daré el divorcio", declaró.
Acto seguido, se dio la media vuelta y agarró algunos de sus objetos personales, pues decidió que pasaría la noche en la habitación de invitados.
Noah se le quedó viendo, con el ceño fruncido en señal de frustración, mientras sentía una ligera molestia crecer en su interior. Cuando su esposa pasó a su lado, extendió la mano instintivamente y agarró la suya, con la intención de decir algo. Sin embargo, justo cuando abrió la boca, una llamada de Kyla lo interrumpió.
De mala gana, Noah soltó la mano de Sadie para responder; y ella aprovechó el momento para entrar en la habitación de invitados.
"Hola, Kyla... Realmente no es nada...".
Sadie no pudo escuchar el resto de las palabras de su marido. Todo lo que pudo discernir fue la inesperada suavidad en su voz, un marcado contraste con la frialdad que reservaba para ella.
Apenas llegó a la habitación de invitados, cerró la puerta, se aventó en la cama y se tapó la boca con la mano para amortiguar sus gritos. Incluso mientras luchaba con la dura realidad de su inminente divorcio, la dolorosa disparidad en el trato que Noah les daba a ambas la hirió profundamente; a ella la trataba con indiferencia, mientras que a Kyla con cariño.
¿Qué se suponía que hiciera ahora? ¿Y qué pasaría con su hijo no nacido?
Honestamente, Sadie lo desconocía; se sentía completamente perdida. Lo único que sabía era que ahora estaba agotada, herida y desesperada por huir de todo.
El sonido del agua cayendo en cascada resonó en el baño, mientras ella se quitaba la ropa distraídamente y se metía en la regadera. Aunque el agua tibia caía en cascada sobre su cuerpo, no la ayudó para alejar la fría tristeza que se instaló en su corazón.
Se acuclilló, se encogió sobre sí misma y escondió la cara entre las rodillas. El rugido incesante de la ducha amortiguó sus sollozos cuando finalmente dejó de contenerse. Las lágrimas fluían libremente por su rostro.
'¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser tan cruel?', se preguntó.
Cuando se cansó de llorar, se levantó y se vistió; sin embargo, dio un mal paso y se resbaló sobre la húmeda superficie.
"¡Ah!", gritó por la profunda punzada de dolor que le causó la caída. Instintivamente, se llevó las manos a la parte inferior de su abdomen, justo donde sintió el impacto.
El grito de angustia de Sadie llegó hasta la recámara principal, en la que Noah se encontraba. Inmediatamente, él corrió hacia la fuente del ruido. La puerta del baño estaba entreabierta, así que vio a su esposa tirada en el suelo.
La mujer estaba pálida como un fantasma, con una capa de sudor frío en la piel; su ropa estaba desordenada y se protegía fervientemente el abdomen con las manos, como si hubiera recibido un golpe.
Al verla así, Noah sintió la preocupación extendiéndose por su pecho. Sin dudarlo, corrió hacia ella y la levantó del frío y húmedo suelo.
"¿Qué te pasó? ¿Estás herida?", le preguntó, en un tono que evidenciaba su pánico.
Sadie sentía que la mente le daba vueltas y tenía la vista ligeramente borrosa, mientras intentaba enfocar al hombre que estaba frente a ella. Le tomó un momento sobreponerse a su confusión y articular una respuesta adecuada.
"Estoy bien...", susurró.
Luego, intentó zafarse del agarre de su esposo, pero él la apretó con más fuerza.
"Quédate quieta", le ordenó Noah con voz firme y teñida de urgencia, lo que hizo que ella dejara de luchar.
"Déjame asegurarme de que no estés herida", añadió él, en un tono más suave.
Acto seguido, la colocó con cuidado sobre la cama, se inclinó sobre ella y la examinó meticulosamente, para ver si tenía alguna herida; su expresión era una mezcla de preocupación y concentración.
Esa inesperada gentileza reavivó una vacilante chispa de esperanza dentro de Sadie, quien lo agarró abruptamente de la mano y, con la voz quebrada por el miedo y la desesperación, le preguntó: "Noah, ¿qué pasaría si te dijera que estoy embarazada? ¿Aún insistirías en que nos divorciáramos?".
La posibilidad de mantener intacto su matrimonio por el bien de un hijo flotaba en el aire. En ese momento, ella buscaba en los ojos de su cónyuge cualquier señal de que estuviera dispuesto a reconsiderar su decisión.
Noah hizo una pausa y su expresión se tornó ilegible. Después, respondió con frialdad: "Siempre hemos sido cuidadosos, así que es poco probable que lo estés. Pero incluso si ese fuera el caso, la situación no cambiaría, tendrías que interrumpir el embarazo".





