El teléfono vibró sobre la mesa de metal, el sonido agudo cortando el silencio del pasillo de la clínica. Era Sofía. Por un momento, Ricardo consideró no contestar, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. Deslizó el dedo por la pantalla con su mano izquierda, la única que podía usar sin sentir un dolor insoportable.
"Ricardo, ¿estás loco o qué? ¿Se puede saber qué demonios significa tu comentario?"
La voz de Sofía, usualmente melosa para sus seguidores, sonaba dura y fría a través del altavoz. Se refería al comentario que él había dejado en la última publicación de Alejandro, el exnovio de Sofía. Una foto de un reloj carísimo, un regalo de ella, con una leyenda pretenciosa. Y la respuesta de Ricardo, simple y cargada de un hartazgo que ya no podía contener: "Qué bien, ojalá así se queden para siempre".
Antes, una llamada así habría desatado una discusión. Ricardo se habría defendido, habría levantado la voz, y habrían terminado gritándose hasta que él, como siempre, cediera.
Pero esta vez no.
"Hola, Sofía", respondió Ricardo, y su propia voz le sonó extraña, calmada, distante.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Sofía no esperaba esa calma. Estaba preparada para una pelea, no para esa indiferencia.
"¿'Hola, Sofía'? ¿Es todo lo que vas a decir? ¡Estás arruinando mi imagen! La gente está especulando, mis patrocinadores me están escribiendo. ¿Sabes lo que esto le hace a mi marca?"
La marca. Siempre la marca. La marca que él había construido para ella desde cero, editando sus videos hasta la madrugada, manejando sus redes, tomando cada una de sus fotos. La marca que se alimentaba de su talento y su sacrificio, mientras él vivía con el dinero que ella le daba, siempre contado, siempre justo lo necesario para que no se muriera de hambre.
"Estoy un poco ocupado ahora, Sofía", dijo Ricardo, mirando su mano derecha, vendada y apoyada sobre su regazo.
El tono de Sofía cambió de inmediato. La ira se convirtió en una condescendencia calculada.
"Ay, mi amor, ¿por qué no me dijiste que estabas ocupado? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?"
"En una clínica".
La palabra pareció alertarla. Su voz se volvió cautelosa, llena de sospecha.
"¿Una clínica? ¿Qué pasó? ¿Necesitas dinero, verdad? Sabes que el presupuesto de este mes está muy ajustado, con la nueva campaña..."
Ricardo no pudo evitar una risa seca, sin humor. Incluso ahora, su primera suposición era que él estaba buscando dinero.
"Tuve un accidente de moto", la interrumpió. "Necesito una cirugía".
"¿Un accidente? ¿Estás bien? ¿Es grave?", preguntó ella, pero su preocupación sonaba superficial, como un guion aprendido para una de sus historias de Instagram.
"Mi mano derecha está bastante mal. El doctor dice que si no se opera pronto, podría tener secuelas permanentes".
"¿Y cuánto cuesta esa cirugía?", preguntó Sofía, yendo al grano.
Ricardo le dijo la cantidad. No era una fortuna, especialmente no para ella, que acababa de firmar un contrato de seis cifras con una marca de lujo. Era menos de lo que costaba el reloj que le había regalado a Alejandro.
Se hizo un largo silencio. Ricardo podía casi escucharla hacer los cálculos en su cabeza, sopesando el costo de su mano contra los gastos de "la marca".
"Ricardo, ese dinero es para la marca", dijo finalmente, su voz firme y decidida. "No podemos gastarlo en tus caprichos. Ya veré si te puedo conseguir una cita en un hospital público, pero ahora mismo no puedo".
Caprichos. Su mano destrozada era un capricho.
De repente, Ricardo escuchó otra voz a través del teléfono, una voz masculina, lejana pero clara. Era Alejandro.
"Sofía, ¿todo bien? Te noto rara. ¿Pasa algo con tu asistente?"
Asistente. Así se refería a él.
Sofía bajó la voz, dirigiéndose a Alejandro. "No es nada, Ale, solo un problemita. Dame un segundo". Volvió al teléfono. "Mira, Ricardo, ahora no puedo ir por ti. Alejandro no se siente bien, creo que el viaje desde Miami lo agotó. Necesita que lo cuide".
"Dijiste que vendrías a recogerme", recordó Ricardo, aunque la frase salió sin fuerza, sin la esperanza que habría tenido antes.
"Lo sé, mi amor, pero esto es una emergencia. Te mando un Uber, ¿sí? Pórtate bien".
Y antes de que Ricardo pudiera responder, ella colgó.
Él se quedó mirando el teléfono, la pantalla ahora negra. Esperó sentir la rabia, la tristeza, las lágrimas que siempre llegaban cuando Sofía lo decepcionaba. Pero no sintió nada. Absolutamente nada. Solo un vacío inmenso y una extraña sensación de lástima, no por lo que Sofía le había hecho, sino por sí mismo. Por el hombre en el que se había convertido.
El pasillo de la clínica estaba oscuro y helado. La única luz venía de la ventana al final del pasillo, que daba a una de las avenidas principales de la Ciudad de México. Afuera, la ciudad celebraba la víspera de Año Nuevo. Las luces de los edificios parpadeaban, los coches formaban ríos de colores y, a lo lejos, se escuchaba el estallido de los primeros fuegos artificiales.
Era una noche de fiesta para todos, menos para él. Estaba solo, en un pasillo frío, con una mano rota y el corazón hecho pedazos, aunque, por primera vez, ya no dolía. Simplemente estaba ahí, roto.
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