El aroma del engaño

Ricardo sirvió los tamales en dos platos, moviéndose por la pequeña cocina con una familiaridad reconfortante. Se sentó junto a Sofía en el sofá, pasándole un brazo por los hombros.

"Tenemos que empezar a ver cunas, mi amor," dijo entre bocados. "Y pintar el cuarto pequeño. Estaba pensando en un color amarillo, algo alegre. ¿Qué te parece?"

Hablaba del futuro con una facilidad que a Sofía le pareció, por un momento, casi ensayada. Cada palabra era un ladrillo más en la fortaleza de normalidad que él construía a su alrededor, una fortaleza diseñada para mantenerla a salvo, o quizás, para mantenerla engañada.

"Sí, amarillo suena bien," respondió ella, tratando de que su voz no temblara.

En ese momento, el celular de Ricardo, que estaba sobre la mesa de centro, vibró con insistencia. El nombre en la pantalla era "Camila".

El corazón de Sofía se detuvo. Camila. El mismo nombre.

Ricardo miró el teléfono y su rostro cambió, una fracción de segundo de pánico cruzó por sus ojos antes de que su máscara de calma volviera a su lugar. Ignoró la llamada, dejando que el teléfono siguiera vibrando.

"¿No vas a contestar?" preguntó Sofía, su voz peligrosamente tranquila.

"No es nada, solo una estudiante con dudas sobre un ensayo," dijo él con demasiada rapidez. "Puede esperar a mañana."

Pero el teléfono volvió a sonar de inmediato, esta vez con la terquedad de alguien que no acepta un no por respuesta.

"Contesta, Ricardo," insistió Sofía, sus ojos fijos en él. "Podría ser importante."

Él suspiró, como si ella fuera una molestia. "Está bien, está bien. Pero no quiero molestarte con mis cosas del trabajo."

Se levantó y caminó hacia el pequeño balcón que daba a la calle, cerrando la puerta de cristal tras de sí. Un movimiento tonto, porque las paredes del apartamento eran delgadas como el papel.

Sofía se quedó inmóvil, aguzando el oído. Al principio solo escuchó murmullos, pero luego la voz de Ricardo se alzó, teñida de una intimidad que la heló hasta los huesos.

"...Sí, mi amor, yo también te extraño... No, no sospecha nada, está aquí conmigo... Sí, claro que te veré mañana, busco cualquier pretexto... No digas eso, tú sabes que eres la única que me importa de verdad..."

Cada palabra era un golpe. Mi amor. Te extraño. Eres la única. La habitación comenzó a dar vueltas, y Sofía tuvo que agarrarse al borde del sofá para no caer. El tamal en su plato se revolvió en su estómago, una masa de traición y comida insípida.

Él volvió a entrar, con una sonrisa forzada en el rostro. "Listo. Pura lata con estos chicos de ahora, no pueden hacer nada solos."

Se sentó y trató de abrazarla de nuevo, pero Sofía se apartó.

"Tengo que salir," dijo él de repente, mirando su reloj. "Recordé que dejé unos exámenes importantes en mi oficina en la universidad. Tengo que ir por ellos, no puedo esperar a mañana."

La excusa era tan burda, tan transparente, que resultaba insultante. La universidad estaba al otro lado de la ciudad, un viaje de más de una hora a esas horas.

"Claro," dijo Sofía, su voz vacía de toda emoción.

"No tardo, mi vida. Descansa, te ves pálida. Te amo."

Le dio un beso rápido en la frente, un beso que le quemó la piel, y salió del apartamento casi corriendo.

En cuanto la puerta se cerró, Sofía se movió. La niebla de la conmoción se disipó, reemplazada por una claridad fría y cortante. Tomó su propio teléfono, sus dedos temblando ligeramente mientras abría la aplicación para compartir ubicación que habían instalado por seguridad hacía años.

El punto que representaba a Ricardo no se movía hacia la universidad. Se dirigía en dirección opuesta, hacia Polanco, uno de los barrios más caros y exclusivos de la ciudad.

Sin pensarlo dos veces, Sofía tomó las llaves de su viejo coche, se puso un suéter y salió. Condujo como una autómata, siguiendo el punto en el mapa. Su mente era un lienzo en blanco, no había pensamientos, solo un zumbido sordo y la necesidad de ver, de confirmar la pesadilla con sus propios ojos.

El punto se detuvo frente a un edificio de apartamentos de lujo, con un portero uniformado en la entrada. Sofía estacionó al otro lado de la calle, en la oscuridad, y esperó.

No tuvo que esperar mucho.

Ricardo salió de su coche. No estaba solo. Camila, la chica de la farmacia, salió del lado del copiloto y se colgó de su brazo, riendo de algo que él le decía. Se veían como una pareja, cómodos y felices bajo las luces de la calle.

Sofía sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. No había dolor, solo una sensación de vacío absoluto.

Se quedaron parados junto al coche, y aunque no podía oír lo que decían, sus gestos eran suficientes.

Camila hizo un puchero y señaló en dirección al barrio de Sofía. Probablemente se estaba quejando de ella. Ricardo le acarició la mejilla, una caricia que Sofía conocía muy bien, y le susurró algo al oído. Camila sonrió, una sonrisa triunfante.

Luego, él se inclinó y la besó. No fue un beso rápido, fue un beso largo, profundo, lleno de una pasión que Sofía no había visto en él en mucho tiempo. Sus manos recorrieron la espalda de Camila, apretándola contra él.

La escena se grabó en la mente de Sofía a fuego lento.

Cuando se separaron, Camila dijo algo y se rió. Ricardo sonrió y le respondió.

"No te preocupes por ella," dijo él, su voz lo suficientemente alta como para que el viento de la noche la llevara hasta el coche de Sofía. "Ella es simple. Nunca sospecharía nada."

"Simple."

Esa palabra resonó en el cráneo de Sofía, borrando todo lo demás. Todos los años de sacrificio, de amor, de sueños compartidos, reducidos a una sola palabra: simple.

Luego, él le abrió la puerta del edificio a Camila. Antes de entrar, ella se giró y le dijo algo a Ricardo, con una voz melosa y cargada de insinuación.

"¿Me vas a enseñar esa 'tesis' de la que tanto hablas, profesor?"

Ricardo soltó una carcajada. "Claro que sí, mi amor. Y te prometo que te daré la mejor calificación."

Entraron juntos al edificio, desapareciendo de su vista.

Sofía se quedó allí, en la oscuridad de su coche, mirando la puerta cerrada. El mundo que había conocido, el futuro que había planeado, todo se había derrumbado en el lapso de unas pocas horas. No lloró. Simplemente se quedó mirando, vacía, mientras el motor de su coche seguía funcionando, un latido monótono en medio del silencio de su vida rota.

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