El Amuleto Manchado de Sangre

El viento de la Puna era helado y cortaba la piel. Soplaba sin piedad, levantando polvo rojizo del suelo árido.

Lina Dawson caminaba contra ese viento.

Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero no derramaba ni una sola lágrima más. Ya no le quedaban.

En sus brazos, sostenía con fuerza una urna de cerámica. Dentro estaban las cenizas de su hijo, Máximo.

Se dirigía a la base del regimiento de montaña. En su bolsillo, llevaba el acuerdo de divorcio.

Necesitaba que Roy Castillo, su esposo, lo viera. Necesitaba que supiera que todo había terminado.

Su amiga, Tessa Hewitt, la había alcanzado en la salida del pueblo.

"Lina, ¿estás segura? Tal vez deberías esperar. Hablar con él."

Tessa, una maestra rural como ella, era su única confidente. Siempre pragmática, pero hoy su voz sonaba preocupada.

"No hay nada que hablar, Tessa. Se acabó."

Lina recordó la conversación de hacía cuatro años, el día de su boda. Roy, ya Capitán, le había entregado un papel.

"Fírmalo. Es por si algún día las cosas no funcionan. Así nos ahorramos problemas."

Era un acuerdo de divorcio en blanco, solo con su firma. Ella, joven y enamorada, se había negado. Pero él insistió, con esa frialdad que a veces mostraba. Al final, ella no lo firmó, pero guardó el documento. Ahora, la firma de ella estaba estampada en el papel, clara y definitiva.

El camino hacia la base era largo y solitario. El regimiento se recortaba contra el cielo gris, una mole de concreto en medio de la nada.

Lo vio a lo lejos. Roy venía hacia ella, con su uniforme impecable y su paso firme de militar.

Cuando llegó a su lado, su mirada se posó en la urna que Lina abrazaba.

"¿Qué es eso? ¿Otra vasija del mercado? Te dije que no gastaras dinero en tonterías."

Su voz era dura, sin rastro de preocupación.

"¿Dónde estabas? Sasha me dijo que Anderson está herido. Que Máximo le pegó."

Lina sintió que el poco calor que le quedaba en el cuerpo se desvanecía. Sasha. Siempre Sasha. Su hermana mayor.

Anderson era el hijo de Sasha. Un niño mimado y agresivo.

"¿Sabes lo que le hice a Máximo por pegarle a su primo? Lo hice arrodillarse fuera. Bajo la llovizna. Para que aprenda a respetar."

Cada palabra de Roy era un golpe. La llovizna helada de la Puna. Horas. Un niño de tres años.

Lina levantó la vista. Sus ojos secos se encontraron con los de él.

"Máximo está muerto, Roy."

Su voz salió como un susurro roto.

"El castigo... le dio hipotermia. Una neumonía. Murió esta mañana en el dispensario."

Roy la interrumpió, su rostro una máscara de incredulidad y enojo.

"¿Qué estupidez estás diciendo ahora? ¿Inventas que tu hijo está muerto solo para llamar la atención? ¡Deja de mentir!"

Él no la creía. Estaba completamente cegado por la versión de Sasha.

"Ve a la casa. Sasha y Anderson están allí. Prepárales algo caliente. Y pídele disculpas a Sasha. Por el mal rato que le hiciste pasar."

La orden fue tajante, sin espacio para la discusión.

Lina se quedó inmóvil, abrazando la urna con los restos de su hijo. Roy se dio la vuelta y se alejó, sin mirar atrás, indiferente a su dolor.

Desde la casa cercana, la voz de Sasha se escuchó, melosa y dependiente.

"Roy, ¿ya vienes? Anderson tiene frío."

"Ya voy, Sasha. No te preocupes. Me encargo de todo."

Él siempre se encargaba de todo para Sasha. Usaba su posición de Capitán para conseguirle las mejores raciones, la leña más seca, cualquier cosa que ella pidiera.

Roy le ordenó de nuevo, esta vez desde la distancia.

"¡Lina! ¡Te dije que vayas a cocinar! ¿No me oyes?"

Humillación. Desprecio. Lina recordó toda su vida. Sus padres adoptivos siempre prefiriendo a la carismática Sasha. Ella, Lina, siempre en segundo plano, sacrificando todo por su hermana. Y ahora, su propio esposo hacía lo mismo. Sacrificaba la memoria de su hijo por ella.

Lina entró en la casa vacía. El aire estaba frío. Abrazó la urna con más fuerza, como si pudiera transmitirle el calor que le faltaba a su hijo.

"Máximo, mi amor... mamá te sacará de aquí. Lo prometo."

La puerta se abrió de golpe. Era Roy.

Su mirada recorrió la habitación, ignorándola a ella y a la urna.

"¿Dónde está el amuleto? El que le hiciste a Máximo. El de lana de vicuña."

Lina se quedó helada. Era un pequeño amuleto que ella misma había tejido y que un chamán local había bendecido para proteger al niño.

"Se lo voy a dar a Anderson. Como una compensación por el susto."

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