El teléfono sonó, rompiendo el silencio opresivo de mi habitación en Sevilla. Durante tres años, cada llamada había sido una fuente de ansiedad, una posible mala noticia sobre el negocio familiar o mi propia salud frágil.
Pero esta vez, la voz al otro lado era una que no esperaba volver a oír.
«¿Elena? Soy Patrick, del escuadrón de Máximo».
Mi corazón, ese músculo traicionero y débil, dio un vuelco doloroso. Patrick. El mejor amigo de Máximo, el que estuvo con él en esa última misión en el extranjero, la que supuestamente le costó la vida.
«Patrick...», logré susurrar, mi garganta seca.
«Elena, tienes que escucharme. No hay tiempo para explicaciones largas. Lo encontramos».
El mundo se detuvo. Las paredes de mi cuarto parecieron encogerse.
«¿Qué dices?».
«Máximo. Está vivo, Elena. Vivo».
Me agarré al borde de la cama, mis nudillos blancos. Vivo. Una palabra que había borrado de mi vocabulario en relación a él.
«¿Dónde? ¿Cómo?», pregunté, las palabras atropellándose.
«Es complicado. Tuvo un accidente grave. Perdió la memoria. No recuerda nada, ni a ti, ni a su familia, ni siquiera su propio nombre. Ha estado viviendo en un pequeño pueblo de La Rioja estos tres años».
Amnesia. La palabra flotó en el aire, pesada y extraña. No me importaba. Estaba vivo. Eso era lo único que mi cerebro podía procesar. El dolor en mi pecho, una constante desde su "muerte", pareció aliviarse por un instante.
«Voy para allá», dije, mi voz firme por primera vez en años.
«Elena, espera. Tienes que saber algo más. Él... no está solo. Ha construido una nueva vida».
Ignoré su advertencia. ¿Qué importaba una nueva vida? Yo era su vida. Nosotros éramos su vida. Teníamos planes, un futuro, una boda que nunca llegó a celebrarse.
Mi hermano mayor, Javier, entró en la habitación al oír mi tono alterado. Su rostro, siempre severo cuando se trataba de mi bienestar, se contrajo en una mueca de preocupación.
«¿Qué pasa, Elena? ¿Te sientes mal?».
Colgué el teléfono, ignorando las protestas de Patrick. Miré a mi hermano, y por primera vez en tres años, mis ojos no estaban vacíos.
«Está vivo, Javier. Máximo está vivo».
La expresión de Javier no fue de alegría, sino de una ira contenida. El sufrimiento que la desaparición de Máximo me había causado era algo que él nunca le perdonaría.
«¿Y ahora aparece? ¿Después de dejarte medio muerta?».
«No lo entiendes. Tiene amnesia. No es su culpa. Tengo que ir a buscarlo».
«No irás a ninguna parte en tu estado. Tu corazón no lo soportará».
«Mi corazón ya está roto», le contesté, levantándome con una determinación que no sabía que poseía. «Tal vez esto es lo único que puede arreglarlo. O romperlo del todo. Pero tengo que saberlo».
A pesar de sus protestas y las advertencias del médico, hice mi maleta. En mi joyero, encontré el relicario de plata que él me había devuelto antes de irse, idéntico al que yo le regalé con una "G" grabada. Lo apreté en mi puño. Era mi única conexión tangible con el hombre que amaba.
El viaje hacia el norte fue una tortura de esperanza y miedo. Cada kilómetro me acercaba al hombre que había llorado como muerto, y cada kilómetro me aterraba más lo que podría encontrar.





