El silencio en el pasillo se hizo denso, pesado. Los ojos de Ricardo pasaron de mi rostro pálido a la mancha de café en el suelo y luego de vuelta a mí. Una fracción de segundo de pánico cruzó por su mirada antes de que la máscara de preocupación se asentara en su lugar.
"Luna, mi amor, ¿qué pasa? ¿Te sientes bien? Estás pálida como un fantasma," dijo, acercándose con cautela.
Su voz, que antes era música para mis oídos, ahora sonaba como el siseo de una serpiente. Tragué saliva, forzando a mi cuerpo a relajarse. No podía derrumbarme. No ahora. Tenía que ser más lista que él.
"No es nada," mentí, mi voz un susurro tembloroso. "Solo... un mareo. Creo que no he comido bien." Era una excusa débil, pero era lo único que se me ocurrió.
Él pareció dudar, escrutando mi cara en busca de alguna señal de que había escuchado. "¿Estás segura? ¿Escuchaste algo? La puerta estaba abierta." Su pregunta era una trampa, una red lanzada para ver si yo caía.
Negué con la cabeza, bajando la mirada para que no viera el odio que ardía en mis ojos. "No, acabo de llegar. Se me resbaló el café, eso es todo. Soy una tonta."
Ricardo exhaló, un suspiro casi imperceptible de alivio. Me rodeó con sus brazos, atrayéndome hacia él en un abrazo que me provocó náuseas. Su olor, la sensación de sus manos en mi espalda, todo era una mentira. Sentí mi piel erizarse con repulsión, pero me obligué a quedarme quieta, a representar mi papel.
"Pobre de mi niña," susurró contra mi cabello. "Has pasado por tanto. Te prometo que todo va a mejorar. Yo cuidaré de ti."
Cuidar de mí, pensé con una amargura que me quemaba la garganta. Me cuidarás hasta que ya no te sirva para nada.
En ese preciso instante, una voz chillona rompió la escena.
"¡Ricardito!"
Sofía apareció al final del pasillo, caminando con el contoneo de alguien que se sabe dueña del mundo. Llevaba un vestido rojo tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo. Pasó por mi lado sin siquiera mirarme y se colgó del cuello de Ricardo, plantándole un beso ruidoso en la boca.
"Te estaba esperando, mi amor. ¿Ya te deshiciste de tus pendientes?", preguntó, lanzándome una mirada de puro desprecio por encima del hombro de Ricardo.
Mi prometido, el hombre que supuestamente me amaba, no la apartó. Simplemente sonrió, una sonrisa cómplice que me heló la sangre.
"Casi termino, preciosa. Dale un minuto," respondió él.
Sofía hizo un mohín y luego su mirada se posó en mi mano, que aún sostenía los restos del asa de la taza rota. "¿Y esta qué? ¿Interrumpiendo como siempre?"
Antes de que pudiera reaccionar, Sofía dio un paso hacia mí y "tropezó". El café que llevaba en su propia taza, un americano hirviendo, se derramó sobre mi mano y mi antebrazo. El dolor fue agudo, quemante. Ahogué un grito, retrocediendo instintivamente.
"¡Ay, qué torpe soy!", exclamó Sofía con una sonrisa maliciosa. "Lo siento tanto, Lunita."
Miré a Ricardo, esperando, suplicando con la mirada que hiciera algo, que dijera algo. Pero él permaneció en silencio, con una expresión de leve fastidio, como si yo fuera una molestia que había interrumpido su día.
En ese momento, don Emilio salió de la oficina. Observó la escena con sus ojos fríos y calculadores: mi mano enrojecida, la sonrisa triunfante de Sofía, el silencio culpable de Ricardo.
"¿Qué es este alboroto?", preguntó con voz gélida. No esperó una respuesta. Su mirada se posó en mí. "Luna, espero que te recuperes pronto. Esta noche es la gala anual de la constructora. Ricardo y tú deben estar presentes. Es importante para la imagen de la empresa."
No era una invitación, era una orden. No me dio la opción de negarme. Simplemente dio por hecho que yo obedecería, como una pieza más en su tablero.
"Por supuesto, don Emilio. Allí estaremos," respondió Ricardo por mí, tomando el control de la situación.
Don Emilio asintió, satisfecho, y se marchó con Sofía pegada a su brazo, quien me lanzó una última mirada de victoria.
Cuando nos quedamos solos, Ricardo finalmente reaccionó. Me tomó del brazo y me llevó al baño de la oficina. Abrió el grifo de agua fría y puso mi mano quemada debajo del chorro.
"Tienes que tener más cuidado," dijo, su tono una mezcla de reproche y falsa preocupación. "Sofía puede ser... impulsiva. No le des motivos."
Me estaba culpando a mí. La rabia me subió por la garganta, pero la contuve. Mantuve mi rostro inexpresivo mientras él aplicaba una pomada y vendaba mi mano con una delicadeza que era obscena. Cada toque suyo era una tortura, un recordatorio de su traición.
"Gracias," musité, la palabra se sentía como veneno en mi boca.
"Haría cualquier cosa por ti," respondió él, besando mi frente.
Esa noche, mientras me preparaba para la gala, me encerré en el baño de nuestro apartamento. Miré mi reflejo en el espejo: una mujer con los ojos llenos de una tristeza que ahora entendía. La quemadura en mi mano palpitaba, un dolor físico que no era nada comparado con el dolor que sentía por dentro.
Fui al viejo baúl donde guardaba las pocas cosas que había logrado salvar de mi casa familiar. En el fondo, envueltas en un paño de terciopelo, estaban las herramientas de arquitectura de mi padre: su escalímetro de marfil, sus compases de precisión, sus lápices de grafito. Las tomé en mis manos, sintiendo el frío del metal. Eran una extensión de él, de su mente brillante, de su integridad.
Apreté con fuerza uno de los portaminas, la punta afilada se clavó en la palma de mi mano sana. El dolor agudo me ancló a la realidad, enfocó mi mente. No era un acto de autodestrucción, sino un juramento. Esta herida, este dolor auto infligido, era un recordatorio. Un recordatorio de lo que me habían hecho y de lo que yo les haría a ellos.
Guardé el portaminas en mi bolso. Era mi única arma por ahora. Un símbolo de que la hija del arquitecto que destruyeron iba a usar la precisión y la paciencia que él le enseñó, no para construir, sino para demoler. Iba a demoler su imperio de mentiras, ladrillo por ladrillo.





