El Amor Detrás de la Amnesia

Los días en el Hospital San Martín se volvieron una tortura.

Mateo y yo compartíamos pasillos, quirófanos a veces, pero el espacio entre nosotros era un abismo.

Su profesionalismo era impecable, su distancia, un muro.

"Doctora Larraín", decía con formalidad, si necesitaba consultarme algo.

"Doctor Valdivieso", respondía yo, tragándome el nudo en la garganta.

Isabella Rossi no tardó en hacer acto de presencia.

Enviaba almuerzos costosos para el personal "de parte de Mateo y mía". Flores. Detalles.

Los comentarios no se hicieron esperar. "Qué pareja perfecta". "Se nota que lo adora".

Y yo, para algunos, era la "ex resentida" que no superaba el pasado.

Cami intentaba protegerme, pero el ambiente era denso.

Un día, en la sala de médicos, Javi Morales, antiguo compañero de residencia de Mateo, le preguntó con curiosidad.

"Che, Mateo, ¿vos conocías a Sofía de antes? Digo, de la facultad".

Yo estaba cerca, tomando un café, y escuché la respuesta de Mateo, clara y fría.

"No. No tengo el placer".

El café casi se me cae de las manos. La negación pública. La humillación.

Salí de allí sintiendo que me ahogaba.

El Dr. Alvear nos llamó a su despacho.

"Larraín, Valdivieso. Son mis mejores cirujanos. Pero esta tensión entre ustedes es palpable y afecta al equipo. Necesito que lo resuelvan. Sean profesionales".

Presión. Injusticia. Como si yo fuera la única culpable.

Intenté hablar con Mateo una vez más, en un pasillo vacío.

"Mateo, necesitamos hablar del pasado. De por qué hice lo que hice".

Él ni siquiera me miró. "No tengo ningún interés en revivir el pasado, Sofía. Está muerto y enterrado. Como debería estarlo cualquier cosa que haya habido entre nosotros".

Su indiferencia era un golpe directo.

Los chismes seguían.

"Pobre Isabella, tener que lidiar con la ex de su prometido todos los días".

"Dicen que Sofía sigue enamorada de él, por eso está tan amargada".

Me sentía aislada, juzgada.

Una tarde, escuché sin querer una conversación entre Mateo y Javi.

Javi: "Pero, ¿ella no sabe que vos sabías lo de la beca desde el principio? ¿Que Müller te lo contó todo antes de que te fueras?".

Mateo: "Eso no es asunto tuyo, Javi. Ni de ella".

Un rayo me partió. Él siempre lo supo. Sabía de la presión, de mi supuesto sacrificio. Y aun así, me había dejado cargar con toda la culpa durante seis años.

La traición era más profunda de lo que jamás imaginé.

Lo confronté esa misma tarde, en el estacionamiento.

"Lo sabías. Siempre supiste lo de la beca, lo que pasó con Müller".

Él apenas se inmutó, guardando su maletín en el coche.

"No sé de qué me hablas, Sofía".

"¡No me mientas más, Mateo! ¡Te escuché hablando con Javi!".

Me miró, sus ojos oscuros e indescifrables. "Algunas cosas es mejor dejarlas como están".

Se subió al coche y se fue, dejándome allí, temblando de ira y dolor.

Días después, una emergencia. Un paciente con un aneurisma cerebral complicado.

El único que podía manejarlo con la precisión necesaria era Mateo. Y yo era la cardiotorácica de guardia para el soporte.

Trabajamos juntos en el quirófano durante horas, en un silencio tenso, solo roto por las indicaciones médicas.

Salvamos al paciente. Un éxito.

Al salir del quirófano, exhaustos, le dije: "Buen trabajo, Mateo".

Él asintió, sin mirarme. "Igualmente, Dra. Larraín".

Ningún cambio. Ninguna tregua.

La resignación comenzó a instalarse. Quizás tenía razón. Quizás lo nuestro estaba muerto y enterrado.

Fue entonces cuando vi el anuncio de la misión de Médicos Sin Fronteras en San Juan, tras el terremoto.

Necesitaban cirujanos con urgencia.

Era mi oportunidad de escapar, de poner distancia. De respirar.

Presenté mi solicitud esa misma tarde.

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