El amor después del divorcio

Madison se quedó paralizada.

Uno de los hombres se levantó y se acercó a ella, con la intención de rodearle la cintura con el brazo. "Ya que Lorenzo está de acuerdo, entonces...".

Mientras hablaba, empezó a acariciarle la mejilla.

Conteniendo su ira, Madison dio un paso atrás para alejarse del hombre y se apresuró al lado de Lorenzo. "Señor Edwards, yo soy su... Bueno, ¡diga algo!".

Él le lanzó una mirada de advertencia y con eso la silenció: "Te había dicho que tenías que hacer todo lo que te pidiera, ya que eres mi secretaria".

"¡Pero usted sabe muy bien lo que él quiere de mí!", gritó ella, apenas capaz de ocultar la rabia y el dolor en su voz.

"¿Y qué?", preguntó Lorenzo con indiferencia.

A Madison se le llenaron los ojos de lágrimas y se le hizo un nudo en la garganta. "Lorenzo, han pasado ya tres años. Nunca antes te había dicho que no, pero no puedes insultarme de esta manera".

Los ojos de Lorenzo se volvieron fríos.

"Oh, ¿me estás rechazando? Qué pena", refunfuñó el hombre.

"Olvídalo. Te gusta alguien más, así que ya no me interesas. ¿Qué te parece esto? Si te bebes esta botella, yo lo dejo pasar".

¡Pum! Una botella de licor sin abrir fue colocada frente a Madison.

Mirando la etiqueta, vio que en realidad era vodka.

Se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre. "No puedo beber eso".

Debido a su resfriado, había tomado unas pastillas.

Si bebía alcohol ahora, podría morir.

El hombre de actitud frívola estaba obviamente insatisfecho con su negativa. Al instante puso mala cara y le dijo a Lorenzo: "Tu secretaria está siendo grosera conmigo. ¿Vas a dejar que me rechace así?".

Frunciendo el ceño, Lorenzo se giró hacia Madison y le advirtió: "Deberías recordar tu lugar".

"Me tomé unas pastillas antes de venir aquí, así que no puedo beber".

Lorenzo se burló: "¿Ah, sí? Ya me has desobedecido dos veces hoy".

Secándose las lágrimas de la cara con el dorso de la mano, Madison respiró hondo y preguntó: "¿Y si insisto en no beber?".

"Entonces no deberías volver a aparecer frente a mí".

Madison no supo cómo condujo de vuelta a casa aquella noche.

Miró la hora. Ya eran más de las cuatro de la madrugada.

Tardó menos de treinta minutos en llegar al bar hace un rato, pero más de una hora en conducir de vuelta a casa. Probablemente recibiría una gran cantidad de multas por exceso de velocidad de antes.

Pero no importaba. De todas formas, eso había ocurrido incontables veces en los últimos tres años.

Sonrió con amargura y se hundió en la cama. Mirando el cielo estrellado por la ventana, se sintió muerta por dentro.

La verdad era que, siempre supo que nunca reemplazaría a la mujer en el corazón de su marido.

A veces, pensaba que, aunque había muchas personas en el mundo que se parecían a esa mujer, encontrar a alguien que se pareciera tanto a ella como lo hacía Madison era casi imposible.

Esperaba que, si se quedaba al lado de Lorenzo el tiempo necesario, él se acostumbraría poco a poco a ella y un día empezaría a verla de verdad.

Pero no esperaba tener que dejarlo después de solo tres años de matrimonio.

Porque apareció alguien que se parecía aún más que ella a la mujer que él amaba.

¿De qué sirvió aguantar los tres años anteriores?

En ese momento, la puerta se abrió con un chasquido.

Un fuerte y penetrante olor a alcohol la envolvió.

Lorenzo entró tambaleándose. Se quitó la corbata y la tiró a un lado con fastidio mientras se subía sobre ella. Sus manos estaban un poco frías, y ella se estremeció violentamente al sentir su tacto, pero sus labios eran cálidos y no pudo rechazarlo.

"Lorenzo...".

"Shhh. No digas nada".

Las lágrimas rodaron por las comisuras de sus ojos. Giró la cabeza para evitar su beso y refunfuñó: "¿La señorita Harris no logró satisfacerte?".

"¿Quién es la señorita Harris?".

Su respuesta la dejó desconcertada. Volvió a mirarlo y preguntó con sorpresa: "Zoe Harris. Estabas con ella en el bar hace un rato, ¿recuerdas?".

Él frunció el ceño y murmuró: "No sé de quién me hablas. Tú eres la única mujer que amo. ¿Cómo podría estar con otra?".

Luego bajó la cabeza y empezó a besarla de nuevo.

Desconcertada, Madison casi creyó que lo había oído mal. Lo empujó con todas sus fuerzas y preguntó: "¿Estás borracho?".

Si no, ¿cómo podía decirle algo tan dulce con un tono tan gentil?

"No estoy borracho, Elena. De verdad te echo de menos".

Madison se quedó paralizada.

Elena Clarke era la mujer a la que él amaba tan profundamente.

Al oírlo llamarla de esa manera, Madison sintió como si le hubieran echado un balde de agua fría por encima.

Encendió las luces del dormitorio.

La deslumbrante luz blanca iluminó todo lo que había en la habitación, incluido su rostro.

Pudo ver con claridad cómo la confusión en los ojos de Lorenzo se disipaba poco a poco, y su deseo por ella también moría.

"Oh, eres tú". Frunciendo el ceño, se levantó de la cama y se abotonó la camisa mientras le daba la espalda. "Vete".

Pero Madison no se movió. Sonriendo con amargura, dijo, con claridad: "Lorenzo, vamos a divorciarnos".

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