Los días se volvían más densos. No solo por el calor que se pegaba a la piel como una tela húmeda, sino por esa sensación que empezaba a tomar forma dentro de mí.
Miguel no me tocaba. No me hablaba. Pero estaba ahí. Siempre ahí. Como si supiera que el tiempo estaba a su favor.
Una mañana decidí provocarlo.
Me levanté temprano. Me duché, pero no me sequé del todo. Me puse una camiseta blanca, sin sostén, y unos shorts diminutos que apenas me cubrían. Sabía que mi madre seguía durmiendo.
Miguel, en cambio, ya estaba despierto. Lo oí en la cocina, tosiendo, revolviendo la cafetera, leyendo el diario como hacía cada mañana.
Entré sin decir nada. Caminé hasta la cocina y me detuve junto a él. Le serví café. Le puse una cucharada de azúcar. Se lo dejé sobre la mesa con una sonrisa leve. La clase de sonrisa que apenas existe, pero que se clava como un alfiler.
Él ni me miró.
Tomó la taza. Bebió. Y siguió leyendo.
Yo me quedé ahí, inmóvil, sintiendo cómo algo dentro mío se encogía. No por vergüenza. No por culpa, sino por rabia. Lo odié por un segundo. Odié esa indiferencia. Odié que supiera exactamente lo que estaba haciendo y que aún así no se dignara a reaccionar.
-¿Todo bien? -le pregunté, fingiendo inocencia.
-¿Y por qué no lo estaría? -dijo, sin levantar la vista.
-No lo sé. Siento que no te caigo bien.
Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Levantó la vista. Me miró con una expresión tan neutra que me desarmó.
-¿Vas a buscar trabajo algún día o vas a seguir siendo una mantenida profesional?
Me tomó unos segundos procesar lo que acababa de decirme. Sentí el golpe como una bofetada. Me apreté el pecho con una mano, como si eso sirviera para contener la presión que me subía desde el estómago.
-¿Perdón? -alcancé a decir, apenas.
-Eso. Te la pasás acá. Sin hacer nada. Durmiendo hasta tarde. Viviendo del esfuerzo de tu madre. ¿No te da vergüenza?
-No soy tu hija -escupí-. No tenés derecho a hablarme así.
-Tenés razón. Sos peor. Porque ni siquiera fingís hacer algo. Sos una carga.
Las palabras me atravesaron. Sentí que me temblaban las rodillas. Me ardieron los ojos, pero no iba a llorar delante de él. Me giré para irme. Pero me detuve en seco cuando escuché su voz de nuevo.
-No estoy tratando de ofenderte. Solo estoy diciendo lo que tu madre no se atreve a decirte.
-¡Vos no sabés nada de mí! -le grité. La voz me salió quebrada-. No sabés nada de lo que me costó todo. No sabés lo que tuve que tragarme este último año...
-Tenés razón. No sé. Pero lo que veo es suficiente.
No dije nada. Solo me puse a llorar. Fue un llanto bajo, contenido, de esos que duelen más por lo que callan. No entendía por qué lloraba, pero tampoco quería detenerlo. Miguel me miró en silencio durante unos segundos.
-Perdón -dijo, apenas audible-. No quise incomodarte.
No respondí. Ni siquiera lo miré. Solo seguí llorando. Y entonces él se levantó, dejó el diario sobre la mesa y se acercó.
- ¿Y tú? ¿Tenés algún problema conmigo? -preguntó Miguel, sin agresividad, pero con firmeza.
No supe qué decir. Me limpié las mejillas con la mano, como si eso borrara todo.
-No... no es contigo -murmuré.
-Entonces, ¿qué es?
-No lo sé -mentí, bajando la vista-. Solo, me siento rara. Todo esto es raro.
Miguel me miró en silencio. Yo también lo miré. Y ahí fue cuando me quebré otra vez. Se me escapó el llanto, sin permiso.
Y él dio un paso. No uno brusco. Uno necesario.
Y me abrazó.
No fue un abrazo tierno. No fue un consuelo. Fue un abrazo torpe, rudimentario. Me rodeó con sus brazos ásperos, y mi cara terminó contra su pecho, caliente, fuerte, oliendo a café y a hombre.
El contacto fue breve. Apenas unos segundos. Pero yo me aferré. Lo odiaba, sí. Pero al mismo tiempo, deseaba que no me soltara nunca.
No sabía qué estaba haciendo. No sabía qué estaba sintiendo. Pero mis piernas dejaron de responderme. Me apoyé en él. Y entonces hablé.
-¿Sabés cuál es mi problema con vos?
-¿Cuál?
-No puedo dejar de pensar en vos.
Lo dije bajito. Apenas audible. Una confesión.
-Te vi con ella, Miguel. Te vi follarla. Vi tu cuerpo moverse encima, vi tus músculos tensarse, vi cómo gemías. Me quedé mojada desde entonces. No he podido dejar de tocarme pensando en ti, en esa verga tuya adentro mío, rompiéndome como a ella.
Él me sostuvo de los brazos. Me separó con un gesto leve. Me miró como si pesara mis palabras.
-¿Y qué se supone que debería hacer con eso? -preguntó-. ¿Aplaudirte?
-No estoy jugando.
-Y yo no estoy para niñitas confundidas.
-No soy una niña.
-No, no lo sos. Pero estás acostumbrada a que todo gire a tu alrededor.
-¿Y vos creés que esto es fácil para mí?
-Lo que sé -dijo, mientras desabrochaba su cinturón con una sola mano-, es que si vas a seguir provocando, tenés que bancarte las consecuencias.
El sonido del metal soltándose fue como un disparo.
Me quedé paralizada. Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que él podría escucharlo.
Él no se bajó los pantalones del todo. Solo lo suficiente para mostrarme lo que había detrás.
Ahí estaba.
Firme. Pesado. Descarado.
Yo no me moví. No dije nada.
Pero sentí que algo me arrastraba. No fue una decisión. Fue instinto.
Me arrodillé.
Lo tomé con la mano. Lo sentí palpitante, vivo, arrogante. Y después lo lamí. Primero con timidez. Luego con hambre. Mi lengua se movía sola, como si hubiese estado esperando ese momento desde siempre. Lo envolví con la boca. Lo sentí llenarme. Lo adoré como si cada movimiento fuese una confesión. Como si mi boca fuera el único lugar donde quería tenerlo.
Estaba absorta. Embriagada.
-Tienes la verga más rica que he probado en mi vida -le susurré con la boca llena, lamiéndolo como si fuera un postre caliente-. Me volvería adicta a esto si me dejas.
Miguel apretó los dientes, sin responder. Solo me miraba. Le brillaban los ojos. Estaba al borde.
Lo adoraba. Desde abajo, sentía el poder que tenía en mi garganta, la forma en que mi lengua lo hacía temblar. Estaba dura, gruesa, tibia. Perfecta. La quería entera, mía, tragármela hasta que me doliera la mandíbula.
Y justo cuando estaba a punto de correrse en mi boca, escuchamos el chirrido de la puerta del pasillo.
Mi madre.





