Ecos de amor: cariño, ya no te amo

Evelina apenas recordaba cómo había salido de la mansión de los Quinn. Su mente estaba envuelta en una densa niebla que no tenía interés en despejar. No deseaba saber nada de sus vidas, pero Tessa se las ingeniaba para restregarle su nueva realidad en la cara, exhibiendo su compromiso en cualquier ocasión.

Evelina encontró refugio en un pequeño apartamento cerca de su oficina: cuarenta metros cuadrados de soledad, con paredes blancas y desnudas, un baño dividido y muebles de segunda mano que crujían al menor contacto. Pero era su santuario, una frágil frontera que la familia Quinn no podía cruzar.

Una noche lluviosa, la avalancha de publicaciones de Tessa en Instagram agotó su paciencia. Intentaba bloquearla, pero su dedo resbaló y abrió la publicación más reciente.

Su hermana adoptiva, fiel a su costumbre de presumir, compartió una foto: el resplandeciente salón de los Quinn, donde un despliegue de joyas y un fajo de escrituras de propiedad cubrían la mesa de centro.

El texto que acompañaba la imagen no pasaba desapercibido. "Esto es lo que me han dado mis padres: ¡regalos de boda adelantados, valorados en más de diez millones!".

Navegar por el perfil de Tessa era como sumergirse en un delirio de opulencia: deportivos relucientes alineados como trofeos, bolsos de diseñador esparcidos sobre camas suntuosas, hileras de vestidos de alta costura y diamantes que centelleaban bajo la luz. Incluso las capturas de pantalla del chat familiar eran dolorosas. En ellas, Albin, normalmente tan distante, se mostraba bromista y afectuoso; Joanna, que jamás le había dedicado una palabra amable a Evelina, se deshacía en atenciones con Tessa.

Ante el mundo, parecían la familia perfecta: unida, glamurosa y desbordante de amor. ¿Quién no sentiría envidia?

Una sonrisa amarga torció los labios de Evelina. El chat familiar tenía solo tres miembros; a ella ni siquiera la habían incluido.

La última vez que Albin y Joanna le enviaron un mensaje fue para presionarla a aceptar el matrimonio concertado, fingiendo una preocupación que sus propias palabras sobre los regalos de boda desmentían.

"Guardaremos aquí los regalos de boda para ti", insistieron. "De lo contrario, la familia Dawson se quedará con todo en cuanto te mudes. Pero no te preocupes; hemos encargado unas preciosas mantas de seda solo para ti".

Al recordarlo, casi le daba risa lo ingenua que fue al sentir siquiera un atisbo de gratitud.

A Tessa, que ni siquiera era pariente de sangre, le regalaban casas y autos de lujo, llenaban la mansión de joyas deslumbrantes y regalos suntuosos, aterrados de que a su niña preciosa pudiera faltarle algo al casarse con los Dawson. Para Evelina, en cambio, su única preocupación era si tendría suficientes mantas.

Con un toque firme, ella bloqueó a sus padres y a su hermana adoptiva. Su reputación ya estaba por los suelos; probablemente deseaban que desapareciera para siempre y así librarse de más vergüenza.

Respiró hondo para calmar los nervios antes de la jornada laboral que le esperaba. Se puso una camiseta de cuello alto bajo el uniforme para ocultar las marcas recientes que salpicaban su piel, en especial los oscuros e inconfundibles chupetones en el cuello.

Evelina ocupaba un puesto clave en Banco Rise, uno de los principales bancos privados del país, con sucursales en las ciudades más importantes.

Se especializaba en operaciones de crédito: examinaba y aprobaba cada solicitud de préstamo antes de que llegara a manos del director del departamento, Jordy Bailey. El departamento no podía procesar un solo caso sin su visto bueno.

Sin embargo, su afasia le suponía un obstáculo constante. No podía usar el lenguaje de señas en las reuniones con clientes, pues nadie más en la sala la entendería.

Aun así, su impresionante currículum, con una doble titulación en finanzas y gestión empresarial, llevó al banco a hacer una excepción en sus políticas para contratarla.

Por supuesto, su entrada en ese lugar no se debió únicamente a sus credenciales. Su antiguo compañero de estudios, Jordy, intercedió por ella en el momento justo.

Una tarde, este entró en su oficina con su habitual simpatía y dejó una gruesa carpeta sobre el escritorio. "Son los documentos de crédito del Grupo Wright. Revísalos en cuanto puedas", dijo. "La dirección quiere que consigamos a este cliente. Su flujo de caja anual es de miles de millones. Si cerramos este acuerdo, nuestras primas de fin de año se van a disparar".

Su trato afable y su sonrisa radiante lo convertían en el favorito de las empleadas más jóvenes de la oficina, aunque él parecía no darse cuenta de su propia popularidad.

Evelina asintió en silencio, con una compostura profesional que no delataba el menor nerviosismo. Había gestionado tantos casos de crédito que el proceso era para ella algo tan natural como respirar.

Jordy se inclinó hacia ella, con tono casual pero con una mirada atenta. "El día tres estaré fuera de la ciudad, viajo a Otresh por unas reuniones. Tendrás que ir tú en mi lugar al banquete de cumpleaños de Harold Wright".

Dicho esto, deslizó sobre el escritorio una invitación carmesí con un elaborado diseño.

El rostro de la joven reflejó una profunda confusión mientras la miraba.

"Ya me he encargado de tu vestido", continuó él con una sonrisa tranquilizadora. Y extendió la mano para revolverle el pelo en un gesto que se prolongó un instante más de lo necesario. "Solo tienes que entregar el regalo que he elegido y hacer acto de presencia".

Ese breve y afectuoso contacto la perturbó, pero decidió ignorarlo. Levantó las manos con rapidez y, con el ceño fruncido por la preocupación, articuló en lenguaje de señas una sola palabra: "¿Yo?".

Al percibir la vacilación en sus ojos, la expresión del hombre se suavizó, teñida de una genuina preocupación. "Solo tienes que presentarte, usar mi invitación y entregar el regalo. No es necesario que te relaciones con nadie", dijo en voz baja y tranquilizadora.

Un nudo de ansiedad oprimió el pecho de Evelina. Le aterraba la idea de meter la pata o hacer el ridículo, cualquier cosa que pudiera avergonzar a Jordy o poner en riesgo la confianza que había depositado en ella.

Al notar su inquietud, él se inclinó de nuevo, con un tono suave pero insistente. "Cerrar este trato con el Grupo Wright es crucial para nosotros. Mi padre movió algunos hilos para conseguir esta invitación, y no fue nada fácil. Por favor, Evelina, solo por esta vez".

Le había abierto incontables puertas a lo largo de los años. Elle le debía más de lo que jamás podría pagarle, por lo que asistir a un banquete con la élite de la ciudad era un precio pequeño en comparación. Mucha gente mataría por la oportunidad de codearse con la familia Wright; sería una necia si la rechazaba.

La chica entonces respiró hondo, se armó de valor y, con una sonrisa de gratitud iluminando su rostro, signó su asentimiento: "De acuerdo, iré".

Un mes después, la residencia de los Wright bullía de actividad. Los valet parking se movían con diligencia entre un desfile de autos de lujo que se alineaban a lo largo del borde del camino.

Evelina se bajó de un taxi en la acera, acunando una caja de madera labrada contra su costado. En lugar de unirse a la fila de vehículos de lujo, se deslizó discretamente por la acera, prefiriendo acercarse a pie para pasar desapercibida.

Aun así, su figura esbelta y su porte sereno atrajeron más de una mirada furtiva entre la multitud.

Cuando la fila de carros de alta gama se detuvo, varias cabezas se giraron desde los lujosos interiores para seguirla con la vista.

El vestido de color albaricoque que Jordy había elegido se ceñía a su silueta con líneas sutiles y depuradas, y el escote y la cintura se realzaban con un corte intrincado. Llevaba el pelo recogido en una sencilla coleta baja, sin joyas en el cuello o en las orejas. Sin embargo, había algo en su aire que la hacía imposible de ignorar.

Un empleado que esperaba junto a la puerta la condujo rápidamente al interior.

Justo cuando ella cruzaba el umbral, un Bentley negro azabache se detuvo frente a la entrada, reclamando con calma el mejor lugar mientras la multitud se apartaba en un silencio reverente.

Recostado en el asiento trasero, Andreas descansaba enfundado en un traje de corte perfecto, con las largas piernas cruzadas con indiferencia. Observaba el alboroto a través de la ventanilla tintada con una expresión de absoluto tedio.

Sin moverse, dirigió la mirada al mayordomo que esperaba junto al auto. "¿Así que la abuela por fin ha vuelto de su retiro espiritual?".

El otro, siempre imperturbable, respondió: "Su abuela nos avisó hace dos meses. Quería que usted empezara a involucrarse en los negocios de la empresa. Su plan era regresar justo antes del cumpleaños de su abuelo, a tiempo para la reunión familiar".

Sin esperar a que avanzara el resto de la fila, el mayordomo abrió la puerta de Andreas con pericia, ignorando a los impacientes conductores de los vehículos de lujo que aguardaban detrás, todos ansiosos por asistir al banquete del octogésimo cumpleaños de Harold.

Para Andreas, sin embargo, esto no era más que un regreso a casa a regañadientes.

Después de cinco años fuera, la residencia de los Wright le resultaba a la vez familiar y extraña. El personal se afanaba en el patio, montando una suntuosa mesa de postres mientras elegantes invitados conversaban junto a la fuente, cuyo murmullo se mezclaba con la música. Andreas entró con paso firme y una compostura inquebrantable. Su sola presencia atraía la atención sin necesidad de pronunciar palabra.

Su figura era imponente con aquel traje impecable, y su mandíbula angulosa y sus ojos fríos y cautivadores atraían las miradas insistentes de cuantos se cruzaban con él. No obstante, su actitud era distante, ajena a la celebración que lo rodeaba.

Su llamativo atractivo provocaba una oleada de miradas furtivas por parte de las jóvenes privilegiadas de la ciudad, pero ninguna se atrevía a acercarse. Su presencia irradiaba una confianza gélida que mantenía a todo el mundo a distancia.

Abrumada por el bullicio y las luces brillantes, Evelina entregó discretamente el regalo para Harold a un empleado y se escabulló hacia el borde de la multitud. Se llevó una mano a la sien, sintiendo una oleada de náuseas mientras el dulce aroma de los postres se mezclaba con el penetrante olor del champán.

Llevaba días con el estómago revuelto, y las náuseas la asaltaban sin previo aviso.

De pronto, una voz familiar atravesó el murmullo. "Evelina, ¿qué te trae por aquí?".

Tessa había conseguido de alguna manera una invitación y se pavoneaba entre la multitud con un vestido deslumbrante. Cada uno de sus gestos estaba calculado para impresionar: la forma en que hacía girar su copa de vino, la inclinación de su barbilla y el destello del anillo de diamantes en su mano derecha.

Evelina se dio cuenta de que el mismo anillo que la familia Dawson había elegido para su propia fiesta de compromiso ahora brillaba ostentosamente en el dedo de su hermana adoptiva, apenas dos meses después.

Su paciencia se agotó. No tenía ningún deseo de montar una escena, por lo que se dispuso a marcharse, pero Tessa, con un giro ensayado, le bloqueó el paso, negándose a dejarla escapar.

La voz de esa mujer rezumaba burla. "Todo el mundo habla de tu pequeño escándalo. Si yo fuera tú, tendría la decencia de quedarme en casa en lugar de seguir manchando el apellido de nuestra familia".

Evelina apenas le dedicó una mirada, pero el rabillo del ojo reflejaba un desprecio frío y afilado. Observó la teatralidad de Tessa y adivinó su plan: provocarla, montar un escándalo y luego culparla a ella para que toda la familia Wright lo presenciara.

Se negó a caer en una trampa tan obvia. Con una compostura gélida, se dio la vuelta para marcharse, ignorándola por completo.

Pero justo cuando daba un paso, un pie le enganchó el elaborado vestido. La pesada falda tiró de Evelina, haciéndola tropezar y caer hacia delante, incapaz de mantener el equilibrio.

Una pirámide entera de copas de champán se desplomó con la joven, y el estrépito de los cristales al hacerse añicos contra el cuidado césped silenció la fiesta al instante; todas las miradas se clavaron en ella.

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