Alina sacó un pequeño vial de su bolsillo, lleno de un líquido oscuro.
—Esto. Es un compuesto químico que desactiva las modificaciones genéticas por un corto periodo de tiempo. No los mata, pero los debilita lo suficiente para enfrentarlos.
Lucas la miró con incredulidad.
—¿Y de dónde sacaste eso?
Alina sostuvo su mirada sin pestañear.
—Lo robé antes de escapar, igual que el video.
Arturo tomó el vial, observándolo con desconfianza.
—¿Cuánto tiempo dura?
—Diez minutos, si se inyecta directamente. Más que suficiente si se usa estratégicamente.
Arturo guardó el vial en el bolsillo de su chaqueta.
—Bien. Entonces tenemos un plan. Salimos esta noche.
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Horas después
La instalación de Volco era un monstruo de acero y concreto escondido bajo una fábrica abandonada en las afueras de Moscú. Las paredes estaban cubiertas de cámaras y sensores, y un grupo de guardias patrullaba la entrada principal.
Alina lideró el camino, guiándolos hacia una entrada lateral menos vigilada.
—Manténganse cerca y no hagan ruido —susurró mientras desactivaba un panel eléctrico con un dispositivo que había traído consigo.
El grupo avanzó por un túnel oscuro que olía a humedad y metal oxidado. Lucas, detrás de Arturo, no pudo evitar murmurar:
—¿Y si esto es una trampa?
—Cállate y sigue avanzando —gruñó Arturo, aunque no podía negar que la misma duda rondaba su mente.
Finalmente, llegaron a un área más amplia iluminada por una tenue luz roja. Alina levantó una mano, deteniéndose.
—Aquí comienza el primer nivel de seguridad. Cámaras y sensores de movimiento.
Sacó un pequeño dispositivo del bolso, activándolo. Una onda azul se extendió por el área, apagando momentáneamente las cámaras.
—Tenemos tres minutos antes de que se restablezca el sistema. Muévanse.
El equipo cruzó el primer nivel con rapidez, evitando llamar la atención. Todo iba según el plan, hasta que un ruido metálico resonó en el pasillo.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lucas, levantando su arma.
Alina se tensó, sus ojos recorriendo la oscuridad.
—No era parte del plan.
Antes de que pudieran reaccionar, una figura masiva emergió de las sombras. Era un quimérico, con su cuerpo musculoso y ojos brillando como carbones encendidos. Rugió, lanzándose hacia ellos con una velocidad aterradora.
—¡Cuidado! —gritó Alina, lanzando una de las jeringas con el compuesto químico hacia el enemigo.
El líquido se inyectó en el cuello del quimérico, haciendo que este cayera de rodillas, pero no antes de lanzar un golpe que envió a Arturo contra una pared.
—¡Maldición! —gruñó Arturo, levantándose mientras Lucas disparaba al quimérico debilitado, terminando con él.
—Si esto es solo uno, ¿qué hacemos con los otros diecinueve? —preguntó Lucas, su voz cargada de pánico.
—Seguimos adelante —dijo Arturo, su tono decidido—. No vinimos hasta aquí para retroceder.
Alina lo miró por un momento, sus ojos grises brillando con una mezcla de respeto y preocupación.
—Vamos. Estamos cerca.
El grupo avanzó, pero Arturo no podía sacudirse la sensación de que algo estaba mal. Esta misión estaba saliendo demasiado "bien" para enfrentarse a un enemigo como Leo Volco. ¿Estaba siendo manipulado? ¿Era Alina realmente quien decía ser?
Una cosa era segura: pronto lo descubriría.
El grupo avanzaba con cautela por los pasillos, cada uno más estrecho y opresivo que el anterior. Las luces parpadeaban de manera irregular, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de metal. Aunque habían neutralizado al primer quimérico, Arturo no podía ignorar la sensación de que estaban siendo observados.
—Estamos a un nivel de la sala de control —dijo Alina, revisando el dispositivo que llevaba—. Desde allí, puedo desactivar el sistema de seguridad y abrir las puertas hacia el nivel inferior.
Lucas se detuvo, ajustando su rifle con nerviosismo.
—¿Y qué pasa si activan las alarmas antes de que lleguemos?
—Entonces estaremos muertos antes de poner un pie en la sala de control —respondió Alina con frialdad, sin mirarlo.
—Qué alentador —murmuró Lucas, apretando los labios.
Arturo, que había permanecido en silencio, alzó una mano para indicar que se detuvieran. Había algo en el aire, un cambio sutil que solo un alfa podía percibir.
—Algo no está bien —dijo en voz baja, su tono grave—. Puedo sentirlo.
—Es tu paranoia —replicó Alina, pero incluso ella parecía más alerta.
Antes de que alguien pudiera responder, un estruendo resonó por el pasillo. De las sombras emergieron tres quiméricos, sus cuerpos musculosos y deformes iluminados por las luces parpadeantes. Sus gruñidos llenaron el aire, y sus ojos ardían con una furia inhumana.
—¡A cubierto! —gritó Arturo, arrojándose contra una pared mientras uno de los quiméricos se lanzaba hacia él.
Lucas abrió fuego, pero sus balas parecían apenas ralentizar a las criaturas. Alina, manteniéndose fría bajo la presión, sacó dos jeringas con el compuesto químico y las lanzó con precisión, impactando a dos de los quiméricos. Estas cayeron de rodillas, pero el tercero seguía avanzando, enfocado en Arturo.
Arturo esquivó un golpe que habría pulverizado su cráneo y respondió con un ataque directo, hundiendo su cuchillo en el costado de la criatura. El quimérico gruñó, intentando derribarlo, pero Arturo lo golpeó con un rodillazo, rompiendo sus costillas modificadas. Finalmente, con un giro rápido, terminó con él.
—¿Estás bien? —preguntó Alina, acercándose a Arturo.
—Estoy bien —respondió él, aunque su respiración era pesada. Miró los cuerpos de los quiméricos—. Esto no es normal. Están mejorados, más resistentes que el primero.
—Volco está perfeccionando su ejército —dijo Alina, su tono sombrío—. Esto es solo el principio.
—Pues que el principio termine rápido —interrumpió Lucas, mirando los cuerpos con desagrado—. Estamos perdiendo tiempo.
Arturo asintió, volviendo su atención al pasillo.
—Vamos. No podemos detenernos ahora.
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La sala de control estaba más protegida de lo que esperaban. Dos guardias humanos patrullaban la entrada, lo que indicaba que Volco no confiaba completamente en sus quiméricos. Arturo y Lucas los neutralizaron rápidamente, moviéndose con precisión letal.
Dentro, Alina se dirigió a un panel lleno de monitores y teclados. Comenzó a teclear con rapidez, sus dedos volando sobre las teclas.
—Dame un minuto —dijo, enfocada en su tarea.
—No tenemos un minuto —gruñó Lucas, mirando por la puerta—. Esto es una maldita ratonera.
Arturo se quedó junto a Alina, observándola con atención. Aunque sus movimientos eran hábiles, algo en su postura le pareció extraño.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo? —preguntó, su tono lleno de sospecha.
—Si no lo estuviera, ya estaríamos muertos —respondió ella, sin apartar la vista de los monitores.
De repente, una alarma estridente llenó el aire. Las luces rojas comenzaron a parpadear, y los monitores mostraron una sola palabra: "ALERTA".
—¡¿Qué hiciste?! —exclamó Lucas, volviéndose hacia Alina.
—No fui yo —respondió ella, maldiciendo entre dientes mientras continuaba tecleando—. Volco nos detectó. Está cerrando los accesos.
Arturo la agarró del brazo, obligándola a mirarlo.
—¿Esto era parte de tu plan?
—¡No! —gritó ella, liberándose de su agarre—. No esperaba que reaccionara tan rápido.
En ese momento, una voz profunda resonó desde los altavoces.
—Arturo... finalmente decidiste presentarte.
El rostro de Arturo se endureció al reconocer la voz de Leo Volco.
—Sabía que no podías resistirte. Te he estado esperando.
—¡Volco! —rugió Arturo, mirando a los monitores como si pudiera enfrentarlo a través de ellos—. ¡Sal de tu escondite y enfréntame como el alfa que dices ser!
Volco rió, un sonido frío y cruel.
—¿Crees que llegarás hasta mí? Has jugado bien tus cartas, pero este juego acaba de comenzar.
De repente, el sistema de seguridad se reinició. Las puertas de la sala de control se bloquearon, y un gas comenzó a filtrarse en la habitación.
—¡Es un gas paralizante! —gritó Alina, cubriéndose la boca.
—¡Salgan ahora! —ordenó Arturo, rompiendo una ventana lateral para escapar.
Mientras el grupo corría hacia los niveles inferiores, Arturo no podía ignorar la sensación de que Volco los estaba llevando justo donde quería.
Y el peor temor de Arturo comenzaba a hacerse realidad: tal vez, desde el principio, todo esto había sido una trampa.
El aire estaba cargado de tensión mientras Arturo, Alina y Lucas avanzaban por los oscuros pasillos de la instalación. Habían logrado escapar del gas paralizante, pero no sin consecuencias: la tos de Lucas y la respiración pesada de Alina indicaban que el químico había afectado parcialmente sus sistemas.
—No podemos seguir corriendo a ciegas —dijo Lucas, deteniéndose para apoyarse contra una pared—. Volco sabe dónde estamos.
—Lo sé —gruñó Arturo, observando los pasillos con una mezcla de frustración y desconfianza—. Pero si nos detenemos, somos presa fácil.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Alina, limpiándose el sudor de la frente.
Arturo se giró hacia ella, su mirada dura.
—¿Hay otra forma de llegar a los niveles inferiores? Una que Volco no espere.
Alina dudó por un momento, su rostro mostrando un conflicto interno. Finalmente, asintió.
—Hay una ruta secundaria. Pero es peligrosa.
—Todo aquí es peligroso —respondió Arturo, dando un paso adelante—. Llévanos.
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La ruta que Alina mencionó era un túnel estrecho que se adentraba en las profundidades de la instalación. El aire era denso, y el ruido de maquinaria distante resonaba como un latido constante.
—Esto nos llevará directamente al laboratorio central —dijo Alina mientras revisaba su dispositivo portátil—. Pero no sé qué tan protegida estará la entrada.
—No importa —respondió Arturo con firmeza—. Llegaremos.





