Tomás no era un hombre que se obsesionara con algo... o con alguien. Su mente estaba programada para resolver problemas, no para quedarse atrapada en la incertidumbre. Y, sin embargo, al día siguiente, en medio de reuniones interminables y decisiones que valían millones, su atención volvía constantemente a la servilleta doblada en su billetera.
Luna.
Un nombre, un misterio.
Había esperado que, después de una noche de sueño, su interés por ella se disipara. No fue así.
-Señor Del Valle, el equipo de Brasil espera su respuesta.
Tomás parpadeó, volviendo en sí. Camila lo miraba con paciencia, pero con el ceño apenas fruncido. No era común que él se distrajera.
-Diles que tendrán el informe final antes de la medianoche -respondió con su tono habitual.
Asintió y volvió a concentrarse en el documento en pantalla. Se obligó a leerlo, a enfocarse en los números, pero su mente no tardó en traicionarlo.
Sin pensarlo más, sacó su teléfono y marcó el número escrito en la servilleta.
Un tono. Dos. Tres.
-¿Sí? -su voz era tranquila, como si hubiera estado esperando su llamada.
-¿Cómo supiste que era yo?
-No tengo muchos desconocidos llamándome.
Sonrió, apoyándose contra su escritorio.
-Voy a cenar esta noche en el restaurante del Hilton. Vente conmigo.
-¿Siempre das órdenes en vez de hacer invitaciones?
-Funciona la mayoría del tiempo.
-Conmigo no.
Su sonrisa se ensanchó.
-Entonces dime tú cuándo y dónde.
-No lo sé, Tomás. Quizás prefiera mantener este misterio un poco más.
-No soy un hombre paciente, Luna.
-Me imagino. Es bueno para los negocios. Malo para otras cosas.
Un desafío. Un juego. Algo que él no había experimentado en mucho tiempo.
-Te veo a las ocho.
Ella rio.
-Veremos.
Colgó antes de que él pudiera decir algo más.
Tomás dejó el teléfono en el escritorio y exhaló, disfrutando de la sensación. No estaba acostumbrado a que alguien le pusiera límites. Menos aún, a que una mujer lo hiciera.
Pero con Luna, todo era diferente.
8:00 PM – Restaurante Hilton
Tomás no era un hombre que llegara antes a las citas. Siempre era el último en entrar, el que hacía que lo esperaran. Pero esa noche, se encontró sentado en una mesa privada quince minutos antes de la hora acordada.
Cada vez que la puerta del restaurante se abría, levantaba la mirada.
A las 8:05, se sirvió una copa de vino.
A las 8:10, comenzó a dudar.
A las 8:15, la vio entrar.
Iba vestida con un pantalón negro entallado y una blusa de seda azul marino que dejaba al descubierto la curva de su cuello. Sin joyas, sin artificios. Solo ella, natural y dueña de su espacio.
-Pensé que no vendrías -dijo él cuando se sentó frente a él.
-Pensé en no hacerlo -respondió con honestidad-. Pero tenía curiosidad por saber qué tan bueno eras en esto.
-¿En qué?
-En hacer que las personas crean que pueden controlarte, cuando en realidad eres tú quien las maneja.
Tomás enarcó una ceja.
-Eso suena manipulador.
-Porque lo es. Pero no te preocupes, lo hago también.
La mesera llegó y tomó sus órdenes. Luna pidió una copa de vino blanco y una ensalada. Él, un filete y otra copa de tinto.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era eléctrico.
-¿Por qué aceptaste venir? -preguntó él finalmente.
Luna jugó con el borde de su copa antes de responder:
-Porque quería saber qué se siente estar en una cita con el dueño del mundo.
-¿Y?
-Todavía no lo decido.
Por primera vez en mucho tiempo, Tomás se echó a reír. No por cortesía, no para agradar. Rió de verdad.
-Eres un caso aparte, Luna.
-Eso me dicen.
-No eres periodista, ¿cierto? ¿Ni modelo, ni alguien buscando un contrato millonario?
-No.
-Entonces, ¿a qué te dedicas?
Ella lo miró con una sonrisa enigmática.
-Si te lo dijera, se acabaría la magia.
El misterio.
Por alguna razón, Tomás no insistió.
Pasaron el resto de la cena hablando de todo y de nada. De libros, de viajes, de música. De lo que los hacía reír, de lo que los hacía enojar.
No hubo besos al final de la noche. No hubo promesas. Solo una despedida rápida y una última mirada antes de que ella se perdiera entre la multitud.
Tomás se quedó en su auto, observándola alejarse, con una sensación extraña en el pecho.
Algo le decía que Luna no era una mujer con la que pudiera jugar y olvidarse al día siguiente.
Y eso lo inquietaba más de lo que quería admitir.





