Duende de mi alma

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Sofía se refugió en un pequeño hotel en el centro de Madrid, esperando a que su abogado terminara los trámites. Por las noches, soñaba con Alejandro. Soñaba con los primeros días, cuando él la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Se despertaba con las mejillas húmedas y un vacío en el pecho.

Su padre la llamó desde Sevilla.

"Hija, ¿estás bien? Tu voz suena rara".

"Estoy bien, papá. Solo un poco cansada".

"Vuelve a casa, Sofía. Sevilla te echa de menos".

"Pronto, papá. Muy pronto".

Colgó y miró por la ventana la vida ajetreada de Madrid. Ya no pertenecía a ese lugar.

Al tercer día, recibió un mensaje de un número desconocido. Era un vídeo. Dudó, pero la curiosidad fue más fuerte.

En la pantalla, Alejandro dormía en un sofá. Murmuraba en sueños.

"Isa... mi Isa...".

Debajo del vídeo, un texto.

"Soy Isabella. No sabía que Alejandro, incluso casado, conservara el tatuaje con mi inicial en la muñeca, o la primera edición de partituras que le regalé. Mira, hasta en sueños me nombra. Debe estar soñando con nuestro tiempo en Viena, sus años más felices".

Sofía sintió una náusea. Bloqueó el número sin responder. Pero la paz no duró.

Durante los cinco días siguientes, Alejandro no dio señales de vida. Estaba desaparecido para ella. Pero Isabella no.

Cada día, desde un número diferente, Isabella le enviaba fotos.

Una foto de Alejandro y ella paseando por el Retiro.

"Este era nuestro banco favorito", decía el texto.

Otra foto cenando en un restaurante exclusivo.

"Aquí tuvimos nuestra primera cita. Qué romántico que Alejandro se acuerde".

Otra visitando una exposición de arte.

"Le sigue gustando el impresionismo. Yo se lo enseñé".

Sofía recordó cada uno de esos lugares. Alejandro la había llevado a todos. Ella pensó que era su historia, sus recuerdos. Ahora entendía la horrible verdad. Él solo estaba usando su cuerpo, su presencia, para revivir momentos con otra mujer. Ella era un fantasma, un reemplazo.

El dolor era tan agudo que apenas podía respirar. Decidió que ya era suficiente.

Volvió a la mansión. No para esperarlo, sino para borrar sus huellas.

Empezó a empaquetar todo lo que era suyo. Los mantones de Manila que él le había regalado, los abanicos de nácar, los carteles de la Feria de Abril, sus vestidos de flamenca. Todo lo que había traído de Andalucía, todo lo que definía su identidad.

Cuando Alejandro regresó, la encontró en el salón, rodeada de cajas. La casa parecía extrañamente vacía y fría sin el color de sus cosas.

"¿Sofía? ¿Qué significa todo esto?", preguntó él, desconcertado. Su rostro mostraba cansancio, pero también una genuina confusión.

"Solo tiro lo que ya no sirve", respondió ella sin mirarlo. Su voz era un témpano de hielo.

Él no entendió la profundidad de sus palabras. Se acercó y le entregó una funda de guitarra.

"Un regalo. El mes pasado dijiste que te gustaría tener una guitarra de este luthier. La he conseguido para ti".

Intentó abrazarla, su mano buscando instintivamente su vientre.

"No te esfuerces", dijo ella, apartándose bruscamente. "Ya no hay nada que tocar".

La confusión en el rostro de Alejandro se convirtió en preocupación.

"Sofía, ¿qué te pasa? ¿Es por el bebé? ¿Estás enfadada porque no he estado aquí estos días? Lo siento, he tenido mucho trabajo".

Sofía lo miró. Por primera vez, no vio al marido devoto, sino a un hombre ajeno, a un mentiroso.

Las criadas cuchicheaban en la cocina. Una de ellas, la más mayor, le dijo a Sofía mientras le ofrecía un té.

"Señora, no se enfade con el señor. Es un buen hombre. Siempre tan atento con usted. Pocos maridos hay así".

Sofía sonrió con amargura. Un buen hombre. El mundo entero veía al buen hombre. Solo ella conocía al monstruo que se escondía detrás de la máscara.

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