La alarma suena estrepitosamente desde la mesita de luz y me dispongo a levantarme a duras penas. Es sábado por la mañana, las 5 a.m. para ser exactos. Me gustaría poder dormir al menos 10 minutos más pero el deber llama.
Arrastro los pies hasta el baño, me ducho y ya limpia regreso a la habitación. Me pongo de pie frente al ropero y me quedo observando intentando decidir que ropa voy a ponerme. Si bien en el trabajo no me exigen uniforme, tampoco puedo ir tan desaliñada, y la verdad es que no sé qué ponerme.
Luego de rebuscar, opto por un jeans tiro alto color negro y una blusa color crema. Me pongo unas botas negras caño corto con tacones bajos. No pretendo ir tan formal ni muy informal. En la medida justa, supongo.
Agarro la cartera, las llaves y el celular. Salgo del apartamento y me dirijo a la calle.
Antes de salir del edifico me despido del recepcionista, quién me devuelve el saludo con una agradable sonrisa. El señor Michael trabaja aquí desde hace 15 años, al menos eso es lo que me han dicho, ya que bueno, yo apenas lo conozco desde hace 3 años. Es un señor muy amable y agradable, siempre que tengo la oportunidad le agradezco mucho que me haya ayudado a conseguir trabajo, ya que cuando me había mudado aquí, solo tenía un poco de ropa, y el apartamento que mi padre me había regalado, y mis miedos de no poder salir adelante.
El señor Michael ya está un poco avanzado en la edad, no puedo decir que es un viejo por completo, pero las canas hacen presencia en su cabeza. Es un señor robusto, de tez blanca, la barba blanca siempre acompaña su rostro ovalado, y ni hablar de la sonrisa cálida que le brinda a todos los que viven aquí. La verdad es que nunca entendí mucho la razón por la que en un edificio como este haya recepcionista, ya que en lo personal lo veo innecesario, pero tal vez el señor solo desempeña ese "puesto" para poder charlar al menos con los vecinos. Se ve un hombre muy solitario.
Al llegar a la acera el viento cálido me recibe. Levanto la vista y observo el cielo despejado. Por milagro, no hace tanto calor, teniendo en cuenta que estamos en verano.
Por suerte el lugar donde trabajo no queda lejos así que puedo ir caminando. Saco los auriculares de mi cartera y los coloco en mis oídos. La dulce voz de Adele inunda mis tímpanos. Camino tranquila ya que voy a buen tiempo y de vez en cuando me detengo a saludar a la gente o a acariciar perritos en la calle. Son pequeños placeres de la vida.
A lo lejos la entrada de la editorial donde trabajo aparece en mi vista. El señor Michael logró conseguirme un puesto aquí gracias a que un conocido suyo es maestro en la Universidad, y decidió contratarme por conocer mi nivel académico y la responsabilidad con la que hago las cosas. Desde que he entrado a trabajar aquí nunca he faltado ni he llegado tarde. A pesar de que solo trabajo sábados y domingos, por la carga horaria en la Universidad entre semana, trato siempre de evitar las fallas.
Nunca han recibido quejas de mi parte, hasta el momento.
El señor Antonio, mi jefe, me había dado la oportunidad de trabajar solo los fines de semana ya que soy rápida y tengo la posibilidad de hacer algunos trabajos desde mi apartamento. Así que eso me vino como anillo al dedo, y ni hablar de la ayuda económica que me brinda.
Entro a la editorial y saludo a los demás personales, quienes me saludan alegres. Desde que empecé a trabajar aquí he tratado de llevarme bien con todos, por cortesía. Me dirijo hasta mi oficina, que no es más que un cubículo que consta de un escritorio, una silla de oficina, la laptop y las repisas de libros que adornan las paredes blancas.
Dejo mi cartera sobre el escritorio y la rodeo para tomar asiento. Enciendo la laptop y comienzo con el trabajo antes de que llegue mi jefe. Aún es muy temprano, me adelanté media hora para poder terminar los trabajos a tiempo.
Lo que hago no es mucho. Me encargo de la edición de las publicidades, de los periódicos, y a veces de la traducción de libros, o de la corrección de las mismas, que es lo que más me gusta. Me siento muy a gusto con este trabajo; la gente aquí es muy amigable, al igual que el jefe, quién para muchos es un señor antipático, pero pienso que solo no se han dado el lujo de conocerlo mejor.
Tecleo en la laptop y comienzo con la edición de una revista de "celebridades" en la que hemos estado trabajando Mila, quien es mi secretaria, y yo.
—Buen día Paula.
Alzo la vista y el señor Antonio se encuentra frente a mí.
Lleva una camisa marrón, un jeans azul marino y unos tenis negros. Su cabello negro se encuentra pulcramente peinado hacia un costado. Sus facciones siempre se ven frescas. Deduzco que tendrá unos 40 años, ya que nunca le he preguntado la edad. Pero no se ve viejo ni nada por el estilo. Es un hombre atractivo para su edad.
—Buenos días, señor Antonio.— me levanto y le paso la mano en un cordial saludo. Sus ojos castaños se posan fijamente en mis ojos, cosa que me incomoda.
Siempre me ha incomodado que me miraran fijamente a los ojos.
Me da un apretón de mano y se aleja.
—¿Cómo vas con la edición de la revista?—se sienta en la silla frente al escritorio y juega con sus dedos, no sin antes observar mi oficina.—Tienes este lugar siempre ordenado, me agrada.
—Si, señor. De hecho estoy trabajando en ello.—Le sonrío amablemente.—Y gracias, me gusta mantenerlo así.
—Bien, te felicito por ser muy ordenada. —Se levanta y camina hasta la puerta.—Y en cuanto a la edición, antes de que termines necesito que agregues una entrevista reciente. Te enviaré la información por correo.
Sin más, sale de mi oficina y me deja sola. Ingreso a la bandeja de entrada de los emails y espero a que llegue el correo. No pasan ni 2 minutos cuando lo recibo. Lo reviso con cautela.
El trabajo es simple. La entrevista fue hecha a un cardiólogo que según relata aquí es muy buen médico. Acaba de presentar un proyecto innovador para la medicina y es una de las razones por la que su entrevista es relevante. La otra razón es que es un hombre guapo y muy codiciado. El título es firme y claro "El cardiólogo más codiciado está conquistando muchos corazones".
Ruedo los ojos.
Probablemente sea un tipo engreído de esos que saben que tienen a mujeres echando baba por ellos y se aprovechan de ello. Un típico donjuán.
Pero como no tengo de otra empiezo a reescribir la entrevista en la revista. No leo detenidamente la información pero el nombre del dichoso cardiólogo llama mi atención: Ethan Andersen.
Hasta el nombre me parece egocéntrico.





