Dos mil voltios

Haley Whitaker tenía doce años de casado, sin hijos; su esposa sufrió seis abortos espontáneos a lo largo de ese tiempo y cuando al fin llevó a término un embarazo, el bebé sobrevivió seis meses. Después de eso, su mujer ya no deseaba intentarlo más, no sólo la carcomía el fracaso de no procrear, sino la pérdida de quien fue su ser más amado y no podía exculpar a Haley por la muerte de su hijito, aunque lo quisiera tanto.

A raíz del fallecimiento de su bebé, la ansiedad de Haley desembocó en crisis de nervios y pánico que no lograba controlar a menos que estuviera casi borracho, dejó de auxiliar durante las ejecuciones de los reos por mandato de su capitán porque sus crisis lo sobrepasaban. Después comenzó a sufrir alucinaciones, casi todas sobre una espantosa mancha negra de material volátil que se aferraba a los pies de los condenados esperando su ejecución, al principio creía que sólo era una sombra que se formaba a contraluz, pero luego vio que la pequeña mancha, de quizá veinte centímetros, se les trepaba con diminutas y delgadas patas, como una cautelosa tarántula.

Conforme se agudizaban sus estados nerviosos, observaba que esa mancha patona se escurría por el uniforme de algún reo mientras dormía, en medio de la celda oscura, se le pegaba a la cara y se desvanecía. No en pocas ocasiones esa mácula deforme se le trepó a su propio cuerpo, otras veces escuchaba aterradores gritos de mujer, ahí en una cárcel donde sólo habitaban reos varones.

Aún tras abandonar la prisión de San Quintín, Haley seguía escuchando esos gritos femeninos desesperados.

En el segundo día, durante el último pase de lista antes de apagar las luces, Max guió a Haley entre los pasillos y le indicaba los presos a quienes debía tener en consideración o los catalogados como regularmente violentos. Los acompañaba otro celador, a quien Haley conoció tiempo atrás y fue, de hecho, el que le recomendó pedir su cambio a la prisión de Lacarosta.

—Oye, Freddy, ¿es cierto que aquí trasladaron a Diana Pep? —inquirió Haley, palmeándole el hombro amistosamente. Freddy asintió con una sonrisa taimada, pero Max respondió antes.

—Era la sorpresa de la noche y acabas de arruinarla, Whitaker —Haley adivinó de inmediato que quizá sería una broma de novatos—. Supongo que lo conociste en San Quintín.

—Precisamente. Diana Pep salió del corredor de la muerte hace dos años y escuché que lo enviaron aquí, capitán.

—¿Acaso pediste tu traslado a Lacarosta por Diana Pep? —Haley se negó, un poco apenado— De una vez te advierto que la perra ya tiene dueño. —aclaró Max, en tanto apuraba el paso por las escaleras para alcanzar el segundo piso.

—Es una buena persona, me alegra que le conmutaran la pena de muerte. —explicó Haley, en tanto veía de reojo que había dos hombres dentro de cada una de las cámaras.

—El caso de Diana Pep se oyó mucho en todo California desde el cincuenta y dos*, y no es una buena persona —aseguró el capitán y se detuvo frente a una de las celdas. Haley se quedó a su derecha y lo primero que atisbó fue al enorme nativo poniéndose en pie, sus gruesos músculos no le permitían pegar los brazos a los costados y sus manos gigantescas podían abarcar toda la cabeza de Haley—. ¿Qué tal, Moki?

—Buenas noches, capitán. —saludó y nuevamente le clavó la mirada a Haley, como si fuera su rival declarado—. ¿Quién es tu nuevo amigo?

—El duque de San Quintín, Haley Whitaker. —Lo presentó Max.

—¿Del pabellón de la muerte? —Haley miró a su capitán pensando que le había confiado la información, pero Max estaba igual de confundido.

—¿Ya te lo contó Diana Pep? —inquirió el del bigote.

—No, es que huele a carne quemada. —asestó el hombre, cuya cabeza debía mantenerla inclinada para no golpearse en el techo de la celda, aun sí éste se elevaba poco más de dos metros. Esas palabras y la fiera mirada del nativo le oprimieron el pecho a Haley, comenzó a agitarse, le temblaron las manos y sintió ganas de huir, pero intentó no mostrarse nervioso.

—Qué idiotez dices —farfulló Max—. ¡Diana!

Moki se sentó a la orilla de la cama, encorvado, sin perder de vista a Haley. Al fondo de la celda había un retrete roto y un lavamanos, en este último estaba inclinado el reo que Haley miró antes, el del cabello negro y largo en una coleta, sólo que esta vez lo llevaba suelto sobre los hombros y se lavaba la cara. Parecía una mujer, podía vérsele el rostro finísimo de rasgos latinos enarbolando un gesto misterioso, mientras caminaba a la puerta. Haley sonrió como respondiendo a la presentación.

—Whitaker, no creí volver a verte.

—Hola, Diana, me alegra que estés bien.

—Luego lo cortejas, Whitaker. —Se burló Max. Diana se acercó despacio a la reja, ya a distancia corta y con la luz de las lámparas se le veían las manos grandes y la manzana en la garganta.

—Bienvenido a Lacarosta. —susurró. Haley se alejó de la puerta, con esos extraños sentimientos encontrados: la mirada del joven era cálida e interesante, la de Moki lo cortaba como si le lanzara dardos afilados.

—Vamos, duque —Lo llamó Max aun riéndose—, la mayoría de los funcionarios de la prisión que recién llegan, duran todo el turno pensando que Diana es mujer, te perdiste de un gran chiste.

Se apartaron cuando llegaron los otros celadores para el pase de lista, Haley oyó que los nombraron y saludaron al capitán antes de continuar la ronda. Max jaló hacia sí a Haley para seguir la explicación sobre los Bloques, contando algunos otros chascarrillos. Aun si se retiraron, el joven latino se quedó un poco más tomando los barrotes entre los delgados dedos, como si esperara algo.

—Es Haley Whitaker, el guardia del corredor de la muerte del que te hablé. —Soltó las rejas por fin y se quitó la camisa del uniforme, ya en camiseta interior se notaban los pectorales en lugar de senos, aun si su cuerpo seguía siendo demasiado enjuto.

—De verdad, él desprende olor a carne quemada.

—Huele más a licor —Como notó que Moki se quedó serio, el joven hizo una mueca—. Oye, no bromees así, papaíto**, sabes que soy supersticioso. —Se sentó junto a él y cruzó los brazos, algo amedrentado.

—No bromeo, Diego, cada vez que me lo topo puedo percibirlo, no es casualidad, ese tipo trajo algo de la prisión de San Quintín. —El joven agitó las manos y se levantó de un brinco.

—Se me congela la piel, no digas más —Moki le restó importancia y se acostó en el camastro de hierro, dándole la espalda—. Te juro que si tengo pesadillas, no te dejaré dormir en toda la noche a ti tampoco —Y se apagaron las luces—. ¡Oye, papaíto! ¡Muévete!

Y se escurrió por encima de Moki hasta el pequeño espacio entre el enorme cuerpo del nativo y la pared, quedó ahí hecho un ovillo.

Mientras Max dormitaba en la oficina con la música del tocadiscos, Haley aprovechó para beberse casi todo el licor del pomo y revisar los expedientes de los presos considerados problemáticos que le facilitó el capitán, pero no halló el de Moki ni Diana, así que buscó sus registros entre los archiveros.

Moki Hasheket estaba condenado a tres años de prisión por homicidio culposo, aparentemente discutía con el ingeniero en jefe del edificio donde trabajaba como constructor, terminaron liándose y en un intercambio de golpes, el ingeniero cayó del décimo piso. Moki se declaró culpable y en dos años, en efecto, concluiría su condena.

Su compañero de celda era Diego Rey, un latino sentenciado a la pena de muerte por asesinar de dieciséis balazos a un médico cirujano; luego de dos años se le conmutó la pena de muerte por un fallo en su proceso penal y se le dictó cadena perpetua. Fue un caso muy resonado debido a que en la escena del crimen arrestaron a Diego vestido de mujer y se identificó como Diana Pep, por lo que se concluyó que fue un crimen pasional, aun si el procesado lo negó.

Cuando llegó a la prisión de San Quintín, Diego entró directo al corredor de la muerte, donde conoció a Haley; luego, su abogado apeló y finalmente cambiaron la sentencia. Se solicitó el traslado del reo al penal de Lacarosta alegando que en las inmediaciones estaban sus familiares.

Diego duró dos años en el corredor de la muerte y hacía dos que cumplía su sentencia en esa olvidada prisión de California.

°*°*°*°

Notas

* Año 1952.

**Diminutivo de papá, usado frecuentemente en España y países latinoamericanos.

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