El mismo mes que el médico me entregó la sentencia de muerte, Patrick Castillo regresó a Medellín.
Fibrosis pulmonar idiopática. Terminal.
Esas palabras resonaban en mi cabeza mientras miraba por la ventana de mi apartamento, observando la ciudad que se encendía con las luces de la noche.
Patrick, mi primer y único amor, volvía después de cinco años en Europa. No volvía por mí. Volvía para casarse con Tessa Bennet, la heredera de una familia tan influyente como la suya. Un matrimonio arreglado para consolidar su imperio cafetero.
La ironía era cruel. Mientras yo contaba los días que me quedaban, él planeaba una vida entera.
Mi teléfono vibró con una notificación. Era una revista de sociedad. En la pantalla, Patrick y Tessa sonreían, la imagen perfecta de la felicidad y el poder. Él, más guapo y serio que nunca. Ella, elegante y conservadora. El polo opuesto a mí.
Yo era Luciana Salazar, la gestora cultural con reputación de llevar una vida despreocupada, de relaciones fugaces y noches de fiesta. Una fachada que había construido con esmero para ocultar el vacío que me consumía.
Sabía que verlo sería inevitable, pero no podía esperar a que el destino nos cruzara. No tenía tiempo.
Tenía que forzar el encuentro.
Y solo había un lugar donde podía garantizarlo.
La clínica de salud mental era un edificio blanco y austero, un lugar de silencios y dolores ocultos. Al entrar en el vestíbulo, el olor a antiséptico me golpeó.
Lo vi de inmediato. Estaba de espaldas, hablando con un médico. Su traje a medida se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos. Se giró, y nuestros ojos se encontraron.
Su rostro, antes lleno de calidez cuando me miraba, ahora era una máscara de hielo.
Caminé hacia él, mis tacones resonando en el suelo de mármol.
"Patrick", dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
Él ni siquiera parpadeó. "¿Qué haces aquí, Luciana?"
"Vine a visitar a Elena. ¿Cómo está tu madre?"
Su mandíbula se tensó. Elena, su madre, estaba internada aquí desde que su padre, Víctor Castillo, la abandonó. La abandonó para casarse con mi madre, Sasha. Ese acto nos convirtió, a Patrick y a mí, en hermanastros. Una tragedia familiar que nos separó para siempre.
"Te pedí que no te acercaras a ella. Borré todo contacto contigo hace cinco años por una razón", su voz era un susurro peligroso.
Actué con la audacia que me daba la desesperación. "Ahora soy tu hermanastra. Técnicamente, también es mi familia".
Su mano se cerró en mi brazo, su agarre era fuerte, doloroso. Me arrastró hacia un rincón apartado del vestíbulo.
"No juegues conmigo, Luciana. No hoy".
"No estoy jugando", lo miré directamente a los ojos, dejando que viera un destello del dolor que escondía. "Solo quería verte".
Mi confesión pareció desarmarlo por un segundo. Su agarre se aflojó. Aproveché ese instante de debilidad. Levanté la mano y, con un gesto que solía ser nuestro, le quité una pelusa invisible de la solapa de su chaqueta.
Él se quedó quieto, sorprendido por el gesto familiar. Por un momento, vi un atisbo del chico que había amado.
Pero desapareció tan rápido como llegó.
"Vete de aquí", siseó, y se dio la vuelta, dejándome sola en el frío vestíbulo.
Esa noche, busqué refugio en un bar de salsa, uno de esos lugares ruidosos donde la música alta ahogaba los pensamientos. Pedí un ron doble y me lo bebí de un trago. El alcohol quemó mi garganta, pero no alivió el dolor en mi pecho.
"¿Siempre bebiendo sola, Luciana?"
La voz arrastrada me hizo girar en el taburete. Ivan Hewitt. Un chico problemático al que había ayudado a salir de la calle hacía unos años, principalmente porque su perfil se parecía inquietantemente al de un joven Patrick. Un error que ahora lamentaba.
"¿Qué quieres, Ivan?"
"Solo saludar", sonrió, mostrando unos dientes manchados. "Oí que te quedaste sin tu último novio. Dicen que no te duran ni un mes".
"Lárgate".
"Vamos, nena. Sabes que me debes una. Te he cubierto muchas veces".
Lo ignoré y pedí otra copa. Él se acercó más.
"La gente habla, Luciana. Dicen que eres fácil. Que coleccionas hombres como trofeos".
"Y a ti qué te importa lo que diga la gente". Le lancé una mirada de desprecio, pero las palabras me dolieron. Era la reputación que me había ganado, la que yo misma había fomentado para que nadie viera lo rota que estaba por dentro.
"A mí no me importa", dijo, su voz volviéndose insinuante. "Pero quizás a otros sí".
Vertí el resto de mi trago sobre su camisa barata. "Ahora lárgate antes de que llame a seguridad".
Él retrocedió, furioso, pero se fue murmurando maldiciones.
El bar entero parecía observarme. Escuché susurros. "Esa es Luciana Salazar". "Siempre metida en líos". "Pobre chica, dicen que busca a cualquiera que se parezca a su hermanastro".
La última frase me golpeó. Levanté la vista y lo vi. Patrick estaba en un reservado en el piso de arriba, mirándome fijamente. Su rostro era una mezcla de desprecio y algo más, algo que no pude descifrar.
Así que esa era mi reputación. La mujer obsesionada con su amor perdido, buscando copias baratas para llenar su cama.
Una verdad dolorosa, pero una verdad al fin y al cabo.





