Ethan Montgomery siempre había sido un hombre metódico. Cada decisión estaba calculada, cada movimiento planeado. Sin embargo, en los últimos días, su mente no había dejado de regresar al aula de su hijo y a la peculiar conexión entre Liam y su mejor amigo, Noah. Por alguna razón, aquella maestra, Isabella Hart, también parecía ocupar más espacio en sus pensamientos del que estaba dispuesto a admitir.
Aquella mañana, después de un desayuno apresurado, Liam volvió a insistir.
-Papá, ¿puedes llevarme a la escuela otra vez?
Ethan alzó una ceja mientras ajustaba el nudo de su corbata.
-¿Otra vez? ¿Qué tiene de especial que yo te lleve?
-Es divertido. Además, Noah quiere enseñarte un dibujo que hicimos juntos.
Ethan miró a su hijo y suspiró. Había aprendido que las pequeñas cosas significaban mucho para Liam, y no podía negarle un momento como ese.
-De acuerdo. Pero que no se vuelva una costumbre.
Liam sonrió, radiante, y corrió a buscar su mochila.
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Cuando llegaron a la escuela, Liam agarró la mano de Ethan y lo llevó directo al aula. Al entrar, Ethan notó que Isabella estaba sentada detrás de su escritorio, revisando una pila de cuadernos. Levantó la vista cuando los vio entrar, y una sonrisa cortés apareció en su rostro.
-Buenos días, señor Montgomery. Liam parece emocionado de que lo haya acompañado.
-Buenos días, señorita Hart. Parece que esta es la segunda vez que me "invitan" -respondió con un leve tono de humor, algo poco común en él.
Isabella dejó el bolígrafo que tenía en la mano y se levantó. Había algo en Ethan que siempre la hacía sentirse un poco nerviosa, aunque no sabía por qué. Quizás era su porte imponente o la intensidad de su mirada.
-Es agradable ver que los padres se involucran en la vida escolar de sus hijos -comentó ella, intentando sonar relajada.
Ethan sonrió levemente, aunque su atención se desvió momentáneamente hacia el aula, donde Liam y Noah estaban sentados juntos. Era sorprendente lo bien que se llevaban.
-Liam me habla mucho de Noah. Parece que son inseparables.
-Lo son. Es interesante cómo los niños pueden formar lazos tan fuertes en tan poco tiempo.
Ethan asintió, pero sus ojos seguían fijos en los dos niños. Había algo en la forma en que interactuaban, en su energía conjunta, que lo intrigaba.
Noah, al notar la presencia de Ethan, se levantó y se acercó corriendo con un dibujo en la mano.
-¡Señor Montgomery, mire lo que hicimos Liam y yo!
Ethan tomó el papel y examinó el dibujo. Era una colorida representación de dos niños jugando en el parque bajo un gran árbol.
-Buen trabajo, Noah. Parece que tú y Liam son un gran equipo.
-¡Sí! -exclamó Noah con entusiasmo antes de regresar corriendo a su asiento junto a Liam.
Isabella observó la interacción con una sonrisa. Era evidente que Ethan era un padre comprometido, aunque su actitud distante pudiera sugerir lo contrario.
-Tiene un hijo maravilloso, señor Montgomery. Liam es muy amable y siempre está dispuesto a ayudar a los demás.
Ethan volvió a mirarla, captando el tono genuino en sus palabras.
-Gracias. Usted también parece tener un impacto positivo en ellos.
Antes de que la conversación pudiera profundizarse, sonó el timbre, indicando el inicio de la jornada escolar.
-Bueno, será mejor que los deje en sus manos, señorita Hart. Que tenga un buen día.
-Igualmente, señor Montgomery.
Ethan salió del aula, pero mientras caminaba hacia su auto, su mente seguía regresando a aquella escena: los dos niños, tan similares, y la maestra que parecía tener un aire de misterio a su alrededor.
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Esa tarde, en su oficina, Ethan recibió la visita de Richard Kane. Llevaba un sobre en la mano y una expresión profesional en el rostro.
-Aquí tiene la información que pidió sobre Isabella Hart, señor Montgomery.
Ethan tomó el sobre y lo abrió lentamente. Dentro encontró un informe detallado de su vida: su educación, su trabajo como maestra y su situación familiar.
-Madre soltera de un niño, Noah Hart, nacido el mismo año que Liam -dijo Ethan en voz baja mientras leía.
Richard, que había aprendido a leer las expresiones de su jefe, habló con cautela.
-No encontré nada fuera de lo común. Según los registros, fue un parto único. No hay indicios de que haya tenido más hijos.
Ethan cerró el sobre y lo dejó sobre su escritorio. Aunque el informe no revelaba nada inusual, seguía sintiendo una inquietud inexplicable.
-Gracias, Richard. Eso será todo por ahora.
Cuando se quedó solo, Ethan se apoyó en su silla y cerró los ojos por un momento. Quizás todo eran coincidencias: la semejanza entre los niños, la conexión entre Liam y Noah. Pero había algo en Isabella que seguía tirando de él, algo que no podía ignorar.
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Esa noche, en el pequeño apartamento de Isabella, Noah estaba sentado en el suelo jugando con sus bloques de construcción mientras ella revisaba las tareas de sus estudiantes.
-Mamá, ¿podemos invitar a Liam a cenar algún día? -preguntó Noah de repente.
Isabella levantó la vista, sorprendida por la pregunta.
-¿Cenar?
-Sí. Le dije que me gustan tus espaguetis. Él quiere probarlos.
Isabella rió suavemente y dejó el bolígrafo a un lado.
-Quizás. Pero tendría que hablar con su papá primero.
Noah asintió, contento con la respuesta, y volvió a concentrarse en sus bloques. Isabella, por otro lado, no pudo evitar pensar en Ethan Montgomery. Había algo en él que la desconcertaba. Era reservado, casi frío, pero cuando hablaba de Liam, su tono cambiaba, se volvía más suave.
Sin embargo, lo que más le llamaba la atención era cómo la miraba. Era como si intentara descifrar algo, como si buscara una respuesta que ella no tenía.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos. Su vida era lo suficientemente complicada como para añadir algo más.
-Vamos, Noah, es hora de dormir.
Mientras lo ayudaba a acostarse, no podía evitar preguntarse qué tan diferentes habrían sido sus vidas si no hubiera tomado aquella decisión seis años atrás.
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Ethan, desde su penthouse, estaba sentado en su despacho mirando un portarretratos de Liam. Aunque trataba de convencerse de que todo estaba en orden, no podía evitar sentir que algo faltaba en el rompecabezas.
-Mañana lo averiguaré -murmuró para sí mismo, decidido a entender por qué esa mujer y su hijo lo hacían sentir tan fuera de control.





