Doce Años en Barro

Conduje hasta la finca de mis suegros. La casa principal, blanca y rodeada de olivos centenarios, siempre me había parecido un refugio. Hoy, sentía que caminaba hacia un juicio.

Carmen, mi suegra, me recibió con un abrazo.

"Hija, ¿qué pasa? Tienes la cara pálida como la cera."

Me derrumbé en sus brazos, sollozando.

"Es Javier. Ha vuelto a hacerlo. Ha destrozado la figura."

Manuel, mi suegro, salió al porche, secándose las manos en un trapo. Su rostro serio se endureció al oír mis palabras.

"Ese muchacho no tiene remedio," dijo Carmen, furiosa. "Voy a hablar con él. Esto no puede seguir así. Es una crueldad, un pecado."

Me sentí aliviada. Por fin, alguien me creía. Por fin, alguien se ponía de mi lado.

Pero entonces llegó Javier. Aparcó su todoterreno y caminó hacia nosotros. No parecía sorprendido de verme allí. Su mirada era tranquila, casi triste.

"Mamá," dijo, ignorándome. "No es lo que parece."

"¿Ah, no? ¿Qué es entonces, hijo? ¿Un juego?" espetó Carmen.

Javier no respondió con palabras. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de trabajo y sacó un viejo rosario de madera. No era especial, uno de esos que venden a los turistas, con las cuentas gastadas por el uso.

Se lo mostró a Carmen.

El rostro de mi suegra cambió. La rabia se desvaneció, reemplazada por una expresión que no pude descifrar. Era una mezcla de horror y... comprensión. Miró el rosario, luego a Javier, y finalmente a mí.

"Haces lo correcto, hijo," dijo en un susurro.

Se giró hacia mí, y sus ojos, que momentos antes me ofrecían consuelo, ahora estaban fríos.

"Esa arcilla está maldita, Isabela. Es una ofensa a Dios. Debes parar."

No podía creer lo que oía. Miré a Manuel, buscando apoyo. Javier le mostró el rosario a él también. La misma transformación. El hombre que me había tratado como a una hija durante más de una década ahora me miraba con una mezcla de pena y miedo.

"Tu marido te protege, niña. Escúchale," dijo, y entró en la casa, seguido por Carmen.

Me dejaron sola en el porche con Javier.

"¿Ves, Isabela?" dijo él suavemente. "Ellos lo entienden. Es por tu bien. Por nuestro bien."

Cogió mi mano y me llevó de vuelta al coche.

"Vamos a casa. Tienes que descansar para empezar la próxima figura."

En el camino de vuelta, el silencio era denso. Yo miraba por la ventanilla, viendo pasar los olivos, los mismos árboles que habían sido testigos de nuestro amor. Ahora parecían los barrotes de una celda.

¿Qué tenía ese rosario? ¿Qué secreto guardaba que podía convertir el amor en traición en un abrir y cerrar de ojos?

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