Divorcio: Mi Regreso a Casa

La muerte de mi padre, un charro de los de antes, de palabra y de honor, fue la única sacudida que necesité para abrir los ojos. Me obligó a ver mi vida por lo que era: un reflejo pálido de los deseos de mi esposo, el Capitán Ricardo. Así que tomé una decisión. Una que llevaba cinco años gestándose en silencio. Me divorciaría y regresaría a San Miguel, mi pueblo, para no irme nunca más.

El funeral fue hace tres días. Tres días en los que la ausencia de Ricardo pesó más que la tierra sobre el ataúd de mi padre. Ni una llamada. Ni un mensaje. Nada.

Empacaba mis pocas cosas en una maleta vieja, el único sonido era el roce de la tela y el tictac del reloj de bolsillo de mi padre sobre la cómoda. Era mi herencia, el recordatorio de un tiempo en el que yo sabía quién era.

"Comisario, ya lo pensé bien", le dije con una firmeza que no sabía que tenía. "Quiero quedarme. Cumplir el último deseo de mi padre y dar clases a los niños de aquí".

El comisario, un hombre bueno que me había visto crecer, me miró con sorpresa genuina. Dejó su café sobre el escritorio de madera.

"Mi niña, ¿estás segura? Te costó un mundo seguirle el paso a tu marido hasta el cuartel. ¿De verdad quieres volver a este ranchito, a pasar fatigas?".

Negué con la cabeza. La fatiga ya la conocía. Era fría y silenciosa, y vivía conmigo en una casa demasiado grande en el cuartel militar.

"No le tengo miedo a la humildad, comisario. Lo que me da miedo es seguir viviendo como hasta ahora. Deme solo siete días. En siete días, solicitaré el divorcio".

Esa misma noche, a las siete en punto, llegué a la casa del cuartel. La cena que había dejado preparada antes de irme de urgencia al pueblo seguía en la mesa, fría y cubierta por un paño. El polvo ya se había asentado sobre los platos.

Apenas dejé la maleta en el suelo, la puerta se abrió. Era Ricardo, impecable en su uniforme verde, alto y con esa aura de autoridad que tanto impresionaba a todos. Menos a mí. Ya no.

"¿Quedó algo de cenar?", preguntó, su voz tan fría como la casa. "La cantina está cerrada. Caliéntalo y ponlo en un termo. Se lo voy a llevar a Ximena. Ha estado mala estos días, la pobre, y no tiene quién le cocine".

Me di la vuelta para que viera mi cara. Los pómulos marcados, las ojeras profundas, los ojos hinchados de tanto llorar en secreto.

"Acabo de llegar del pueblo", dije, mi voz un hilo. "No he cocinado nada".

Ricardo frunció el ceño. Pero no preguntó a qué había ido. No preguntó por qué mi cara era un mapa de agotamiento. Su única preocupación era la cena de otra mujer. Al ver que no obtendría comida de mí, se fue directo a la cocina sin decir más.

Su mente, su mundo entero, giraba alrededor de Ximena.

Me quedé de pie, inmóvil, viéndolo moverse con torpeza entre los sartenes. Abrió el refrigerador, sacó unos huevos, unas tortillas. En los cinco años que llevábamos casados, jamás lo había visto freír ni un huevo. Ni para él, ni mucho menos para mí. Pero por Ximena, aprendía sobre la marcha.

Desde que ella se divorció y regresó a la ciudad, todo había cambiado. Él había cambiado.

Terminó de hacer unos tacos improvisados, los metió con cuidado en un termo de metal y se dispuso a salir. Fue entonces cuando lo detuve.

"Ricardo, espera".

Se giró, impaciente.

"En unos días tengo que volver al pueblo por unos trámites. Necesito que me firmes esta solicitud para que me den permiso en el trabajo".

Saqué de mi bolso un formulario. Era una solicitud de divorcio, pero la doblé de tal manera que solo se veía el espacio en blanco para la firma, debajo de un texto genérico. Le señalé con el dedo.

"Firma aquí, por favor".

Dudó un segundo, mirándome. Quizás notó algo extraño en mi calma. Pero la prisa por ir con Ximena era más fuerte. Tomó la pluma y firmó sin leer una sola palabra.

"Ximena ha estado muy delicada estos días, por eso no he tenido tiempo para nada", se excusó, como si eso justificara su ausencia en mi vida. "En cuanto se ponga mejor, te acompaño al pueblo, ¿sí?".

Bajé la mirada para que no viera el brillo húmedo en mis ojos.

"Está bien".

Pasó a mi lado y el olor de su colonia me golpeó. Era un perfume caro, uno que yo jamás me habría atrevido a comprar. El mismo que usaba Ximena.

La puerta del patio se cerró con un clic definitivo. Me acerqué a la mesa con pasos rígidos y doblé con sumo cuidado el papel que contenía mi libertad.

Una semana antes, esa misma libertad parecía imposible. Fue el comisario quien me llamó. "Sofía, tu padre tuvo un derrame. Está en el hospital del pueblo, grave".

El pánico me paralizó. Corrí a casa como loca. Encontré a Ricardo a punto de salir, con las llaves del coche en la mano.

"Ricardo, acompáñame al pueblo, por favor. Mi padre... mi padre está muy mal".

No pude terminar la frase. La voz cantarina de Ximena sonó desde la puerta del patio.

"¡Ricardo, apúrate! ¡Me prometiste que iríamos de compras!".

Al oírla, la cara de Ricardo se transformó. La preocupación que había asomado por un segundo se borró, reemplazada por la impaciencia. Me apartó la mano del brazo con brusquedad.

"Ahora tengo cosas importantes que hacer. Vete tú primero. Cuando tenga un hueco, te alcanzo allá".

Y esperé. Esperé siete días. Esperé hasta que enterramos a mi padre. Ricardo nunca tuvo un hueco.

Solo mi padre, justo antes de cerrar los ojos para siempre, me tomó la mano. Su piel era de papel. Su voz, un susurro. "Hija, Ricardo es un buen hombre. Defiende la patria, es normal que esté ocupado. No lo culpes. Cuando vuelvas, no discutas con él".

Pero, papá, no estaba ocupado con la patria. Estaba ocupado con Ximena.

Me sequé una lágrima terca que se escapó. Fui al fregadero y empecé a lavar los platos sucios que llevaban días esperando. La cuenta atrás había comenzado.

Quedaban seis días para irme para siempre.

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